César Bianchi
Con un paro general organizado por el Pit-Cnt como contexto, los gremios de la educación pararon el miércoles 9. Se concentraron en la explanada de la Universidad de la República y desde ahí marcharon.
La plataforma reivindicativa de la Coordinadora de Sindicatos de la Enseñanza (Cseu) incluyó el incremento salarial a media canasta familiar (16.000 pesos), el recibo de los 734.400.000 de pesos votados en la Rendición de Cuentas 2007 para la Anep y la Universidad (y por ende, no aceptar los 567 millones de pesos que anunció el gobierno), el tan mentado presupuesto de 4,5% del Producto Bruto Interno para Anep y la Universidad, la incorporación urgente al Fondo Nacional de Salud, mejores jubilaciones, "condiciones de aprendizaje y laborales dignas", así como "respetar al proyecto de reforma de la educación acordado".
La enseñanza privada reclamó un incremento salarial del 50% en los consejos de salarios.
El sueldo de un docente de colegio privado que trabaja 20 horas semanales es de 4.451 pesos, frente a los 8.082 pesos del sector público, informó El País.
El miércoles hubo paro todo el día en escuelas, liceos públicos y privados y la ex UTU.
En la Universidad no hubo clases de 10 a 14 horas, aunque los funcionarios pararon las 24 horas.
Los profesores de secundaria están prisioneros de una situación incómoda. Son conscientes que el nivel de exigencia para los estudiantes ha bajado, que a una parte de sus alumnos no les interesa aprender, pero qué hacer. Después de todo si se ponen firmes terminan con la mayoría de la clase repitiendo el año y un nivel de deserción importante.
Además, la exigencia académica no parece ser uno de las obligaciones que se transmiten desde las autoridades de la enseñanza. Se ha bajado la nota mínima para pasar una materia, se quitaron los exámenes obligatorios en el bachillerato y hasta pueden tener más faltas.
Los profesores de Historia, Antonio Miraldi y Mario Dotta, por ejemplo, les tienen prohibido a los alumnos las "x" en lugar de "por", "xq" por "porque" o "krés" en vez de "querés". Ni que hablar de oraciones que sólo tienen los signos de interrogación o exclamación al final. Pero ese es un problema con el que han aprendido a convivir: es mejor tolerar esos "horrores" idiomáticos que darle vía libre al estudiante para que se sientas superado y no vaya más.
Esta carencia en el manejo del idioma español es una de las tantas alarmas que ha sonado para profesores, directores de liceos y de carreras universitarias e incluso la directora general del Consejo de Educación Secundaria, Alex Mazzei. Los jóvenes egresan del secundario sin redactar bien y con faltas de ortografía, entre otras cosas.
Esa carencia de herramientas idiomáticas además escandalizó al docente de idioma español Oscar Yáñez -"tenemos un sistema educativo con unas pocas horas de lengua materna en el ciclo básico y un hueco enorme en segundo ciclo"-, y a Miraldi, que lo notó como profesor liceal de historia y como docente de la carrera de Comunicación Social de la Universidad de la República.
Pero después de todo que se comuniquen de la misma forma que lo hacen por celular o que no sepan las reglas ortográficas y de sintaxis sólo parece ser la punta del iceberg.
El problema de fondo es otro: los liceales ni siquiera tienen ganas de aprender y están desmotivados y sin expectativas. El desafío docente es conquistarlos. No es fácil.
La presidenta del gremio de profesores (Ades Montevideo), Mónica Magnabosco, puso el tema arriba de la mesa: "Está bajando cada vez más el nivel educativo. Cada vez se enseñan menos contenidos porque lo que importa, desde la reforma de (1996, de Germán) Rama es el egreso, que un chiquilín esté como máximo seis años en el liceo, que salgan tipo fábrica", dijo a El País. "Hay más permisividad".
Al igual que en materia económica, muchos docentes sindicalizados acusan al actual gobierno de tener una política continuista en materia de educación. Dicen que se ha mantenido la matriz de la reforma tan criticada por la izquierda (que decía respondía a los lineamientos de los organismos internacionales) aunque con retoques mínimos.
Aníbal Merino, titular de la Federación Nacional de Profesores de Secundaria (Fenapes), ilustró la mentalidad que -sostiene- inculcó Rama, siguiendo un ejemplo que él mismo puso en su momento. Rama apostaba a formar alumnos como si el sistema fuera una industria de copas y que "cada tanto" podía salir algún vaso. "Pero, en realidad, si ese vaso es de plástico, mejor, porque abaratamos costos y ganamos tiempo", concluyó con sorna Merino.
Graciela Almeida, integrante de la comisión permanente de las Asambleas Técnico Docentes (ATD), dijo, como se viene diciendo desde hace 10 años, que Rama siguió una preocupación de, por ejemplo, el Banco Mundial: que los chicos pasen de año y los números cierren.
Igual, algunos cambios que parecen ir en esa dirección fueron producto de este gobierno. Magnabosco, por ejemplo, ilustró su idea del empobrecimiento de la educación al evaluar los cambios programáticos de 2006: se bajó la nota de promoción de 7 a 6, ahora los chicos pueden egresar sin haber rendido exámenes -en quinto y sexto todas las materias son exonerables- y pueden llegar a aprobar hasta con 27 faltas, 54 si son justificadas, independientemente de las clases dictadas.
Mazzei no piensa igual. Dijo que hasta la reformulación 2006 no había una nota estándar para aprobar y que las materias sean exonerables para ella es una garantía, dado que el alumno ya no se juega el pasaje de grado en una instancia puntual, sino que puede pasar si tiene buen rendimiento en el aula y salva con nota los parciales. Y lo de las inasistencias no es un problema: "si tienen faltas, pero aprobaron los parciales con notas excelentes y rindieron durante el año, está bien", razonó.
De todas formas, concedió que "puede haber menor exigencia" pero, dijo, no lo atribuye a los cambios en el programa así como tampoco a la reforma educativa de Rama.
Tampoco Luis Yarzábal, presidente del Codicen, aprueba eso de que se está bajando desde las políticas oficiales el rigor en la enseñanza. Sólo se cambió la concepción de la evaluación, le dijo a El País.
otros liceales. Los principales protagonistas de la educación secundaria coinciden en algo: la merma en la calidad de la enseñanza de ciclo básico se da, en parte, por el cambio de perfil del alumnado. Con liceales que no quieren aprender, que están desmotivados, sin aspiraciones y en algunos casos hasta tienen hambre, así es muy difícil enseñar. Y ahí es cuando el sistema baja sus pretensiones y termina egresándolos, aún cuando objetivamente deberían seguir adquiriendo conocimiento.
La matrícula creció exponencialmente en los últimos 30 años. A mediados de la década de 1960 había nueve liceos en Montevideo; hoy hay 69. En todo el país son 270 con 220.000 alumnos, cuando hace 40 años eran 60.000. La crisis trajo aparejada un cambio en el nivel socioeconómico mayoritario de los liceales. Antes en los públicos predominaba la clase media, ahora la mayoría es clase media-baja, con necesidades básicas insatisfechas y el diagnóstico de moda: déficit atencional.
"Se rompió un contrato social, son chicos que no quieren aprender lo que le queremos enseñar", opinó Mauro Rodi Barboza, director del liceo 1 en el centro de Montevideo. "¿Cuál es la alternativa: mantener un nivel de exigencia para alumnos de clase media cuando no lo son o expulsarlos y hacerlos repetir?". Para él es cuestión de adecuarse al medio. Antes, los radiados iban a trabajar, pero hoy tienen prohibido emplearse si son menores. Entonces, terminan en situación de calle.
Barboza entiende que sus colegas que se quejan porque entienden que se los obliga a reducir las ambiciones pedagógicas son "puristas" y "simplistas". "La educación secundaria, desde siempre en nuestro país, no prepara para la integración, prepara para una especie de trabajo intelectual que no tiene fundamento social", agregó.
Para el docente, la educación hace lo que puede con lo que las familias le envían desde sus hogares. Critica por hipócrita el mito de profesores que dejan pasar a sus alumnos con la idea que se los cruzarán en una mutualista con túnica de médicos, pero tampoco cree que el sistema los empuje a tirar de carritos. "Cuando salen de tercer año, la sociedad les tiene que ofrecer salidas".
El nuevo estudiante, según el perfil que trazó el docente, es el de un chico "díscolo, difícil, que no quiere aprender y desordenado". Y no todos los profesores tienen la habilidad para saber lidiar con ellos. En algún momento del año -dijo- precisan uno o dos días libres para reponerse. Y, entonces, faltan a clases. Uno de los aspectos que incide notoriamente en la mala calidad de la enseñanza son los índices de ausentismo docente. El porcentaje en 2007 se aproxima al 15%, similar a 2006. Un informe realizado por la Inspección de Institutos y Liceos del Consejo de Secundaria reveló que de un total de 300.000 horas mensuales, 43.800 (14,6%) no fueron dictadas, unas seis horas semanales. Considerando los 220.000 liceales, las clases no dadas alcanzan al 5% del alumnado.
Las licencias médicas constituyen el principal motivo de inasistencia docente con 29,78%, seguido por los cinco días que tienen permitido faltar sin justificar por el estatuto docente (20,57%) y en tercer lugar aparece el motivo de faltas sin aviso (19,6%) y 10,77% por estar rindiendo exámenes o estar en reuniones.
En esto tampoco se ponen de acuerdo gremio y consejeros. Éstos últimos hablan de ausentismo refiriéndose a las horas no dictadas. Los profesores quieren que se interprete por ausentismo lo que define la Organización Internacional del Trabajo: cuando se espera que el trabajador vaya a su lugar de trabajo y no lo hace. Por ende, no aceptan que se tome como ausentismo cuando un docente falta por licencia médica, cuando el cargo no ha sido asignado o está dando clase en otro liceo. Lo cierto es que no van a clase y los que pierden son los alumnos. Mazzei cree que el sistema de certificación médica, en este caso, es benévolo con los docentes porque les da muchas facilidades para conseguir un aval para faltar. "Eso es permisivo".
Qué Pasa se enteró de un caso particular. Un profesor de educación física trabaja en un liceo público de mañana y un colegio privado, de tarde. Para no ir al liceo público utiliza dos estrategias: o llama para comunicar que tiene reunión de profesores en el colegio (y un colega amigo no le pasa la falta) o espera el primer cambio de clima, se va hasta su emergencia médica y consigue fácilmente la recomendación de 48 horas de reposo.
El diputado de Asamblea Uruguay, José Carlos Mahía, ironizó con que sentía curiosidad por saber qué virus ataca viernes, sábado y lunes, pero nunca de martes a jueves. Y nunca ataca a los docentes de centros privados.
El gremio de profesores quiere cruzar datos entre Secundaria y BPS para controlar qué profesores faltan a la educación pública por enfermedad pero mientras están "enfermos" van a la privada.
Mazzei dijo que recientemente detectaron un caso similar y a la docente se le inició un sumario. Estos casos pueden ser investigados pidiéndole información a los privados o bien hallarlos cuando se abonan los premios por presentismo o les descuentan ingresos por inasistencias. "No le puedo dar un número preciso, pero han habido varios casos así y los hemos detectado".
Barboza, el director del liceo 1, relativizó la cantidad de docentes ausentes crónicos aunque reconoció: "todos sabemos quiénes son en cada liceo, son tres o cuatro por centro educativo".
Se excusó diciendo que no es tan sencillo denunciarlos, que los directores tienen "las manos atadas" por su débil influencia en el escalafón de Secundaria. "No somos empresarios, no estamos acostumbrados a tomar decisiones del tipo: `Fulano no sirve, para afuera`. Hay gran sensibilidad..."
Profesor de literatura al fin, bajó los ánimos con una cita del Cándido de Voltaire: "Aunque se venga el mundo abajo tenemos que trabajar nuestra huerta".