FABIÁN MURO
Su cara aparece y reaparece. Al lado de una estrella de Hollywood, en un estrado o junto a la de algún prominente político. Hace 49 años que vive así, yendo de acá para allá para explicar los conceptos del budismo y pedir por la autonomía del Tíbet. En 1959, el mismo año que Fidel Castro entraba en La Habana, Tenzin Gyatso salía, huyendo, de Lhasa. Fue elegido, como venía ocurriendo desde hace siglos, por una comisión de monjes. Tenía dos años y vivía en el campo. El Dalai Lama número 13 había muerto y él era su reencarnación. Por eso se lo llevaron a Lhasa, para que se internara en los caminos místicos desde pequeño. Y él aprendió. Entre las primeras tareas que tuvo, fue conocer los secretos de la caligrafía. Tuvo que copiar a mano el testamento de su antecesor, que en 1932, décadas antes de la invasión china, escribió: "Nuestras tradiciones espirituales y culturales serán completamente erradicadas...Seremos esclavos de nuestros conquistadores...y las días y las noches pasarán lentamente y con gran sufrimiento y terror".
Antes que Tenzin Gyatso cumpliera la mayoría de edad, la profecía se había cumplido. Pero el testamento era tanto un augurio como un llamado a los tibetanos a ingresar al Siglo XX. Tenzin Gyatso supo interpretar esas oscuras palabras. Tan diligente como pragmático, pregona para su país una democracia moderna y representativa, en la que el Dalai sea elegido por voto popular y no por una secta de monjes. Y dice que sus compatriotas jamás alcanzarán independencia, que deben contentarse con una genuina autonomía. Eso le ha valido no pocas críticas, pero él está convencido: China no dejará al Tíbet en paz hasta estar seguros que los tibetanos renuncien a sus aspiraciones de total independencia.