BRIAN LATELL
Arnaldo Ochoa era quizás el mejor amigo de Raúl. Raúl lo llamaba cariñosamente el "Negro" a este general de dos estrellas y piel bronceada. Por más de treinta años habían trabajado juntos en el Ministerio de Defensa y habían tenido éxitos espectaculares. La amistad entre estos dos hombres había llegado a un punto que podríamos llamar de cordial informalidad, de la que sólo unos pocos oficiales de alto rango podían disfrutar en la rígida jerarquía de las Fuerzas Armadas. La primera esposa de Ochoa y Vilma, la esposa de Raúl, eran buenas amigas. Los cuatro formaban una especie de familia.
En la noche del cumpleaños de Ochoa, Raúl se había presentado con otro par de amigos en su casa, para una celebración íntima de sorpresa. Como era usual, abundaban las bebidas y reinaba la camaradería. Era el tipo de reunión social que Fidel aborrecía pero Raúl disfrutaba. Raúl podía conocer a las familias de sus colegas mientras bebía con los hombres. Se contaban historias de guerra y, ocasionalmente, compartía con ellos hasta sus secretos del pasado o sus demonios personales.
Raúl se sentía atraído por la cálida personalidad de Ochoa y su espontáneo carisma. El general era un ser modesto y sociable. De origen guajiro, era un poco más alto que Fidel -medía uno ochenta y uno-, era fuerte y parecía no tener enemigos. Por el contrario, era admirado a todo lo largo de la cadena de comando militar, tanto por los soldados rasos como por los curtidos veteranos y por los líderes y homólogos de cada país donde había prestado alguna clase de apoyo militar.
Tenía más condecoraciones que cualquier otro oficial, incluso la tan apreciada de Héroe de la República. Sus hazañas y comportamiento fanfarrón cuando estuvo al mando de las tropas cubanas en Angola, Etiopía y Nicaragua le habían valido una fama internacional solo superada por la de los hermanos Castro. De adolescente había luchado contra Batista y en los sesenta con las guerrillas en Venezuela. Había pasado la mayor parte de su vida de adulto en el extranjero, en pos de los sueños de gloria de Fidel. Era la encarnación del internacionalismo cubano y el epítome del "nuevo hombre revolucionario", sin pretensiones ni interés por el lujo o beneficios personales.
Como muchos cubanos, Ochoa era irrefrenablemente exuberante, y hacía tiempo que venía irritando a Fidel. En 1971, durante una excursión en Chile, había hecho enfurecer a su comandante en jefe al burlarse de su ropa interior.
"Jefe, ¡se ve realmente sexy con esa ropa interior!". Nadie más hubiera osado meterse de este modo con la vanidad de Fidel pero, bajo el ala de Raúl, Ochoa parecía ser intocable. Incluso presumía de poder hablar con Fidel de "tú", sin tener que hacer esfuerzos -como los demás- por mostrarse deferente. Siempre estaba bromeando, burlándose de todas las vacas sagradas.
Alcibíades Hidalgo, antiguo jefe del Estado Mayor de Raúl, quien fue miembro de Comité Central del Partido Comunista, me contó durante una extensa entrevista en Miami que estaba convencido que la creciente irritación de Fidel con Ochoa llegó a su punto de ebullición a mediados y fines de los 80 cuando se hizo consciente de que el general ya no sentía el mismo respeto por él.
Según Hidalgo, Ochoa había descubierto que Fidel no era, después de todo, "un gran hombre". Para el paranoico y orgulloso comandante en jefe lo de Ochoa equivalía a una traición.
(...) Según se rumorea, la gota que desbordó el vaso para Fidel, y probablemente la que selló la suerte del general, fue el fruto de una conversación privada y secretamente grabada que sostuvieron Ochoa y Raúl en la oficina de éste en el Ministerio de Defensa. Fue una sesión tensa. Para entonces, el general ya sabía que su carrera estaba por terminar y perdió los estribos. Protestó airadamente porque Fidel había estado enviando muchachos cubanos a morir heroicamente en distantes campos de batalla en países del Tercer Mundo, a veces con la consigna de no rendirse nunca jamás, mientras Fidel se las arreglaba para evitar personalmente toda situación en que pudiera peligrar su vida. Era evidente que el general había llegado a considerar a Fidel como un cobarde y un matón.
Pero Raúl continuó "queriendo a Ochoa como a ningún otro amigo". Hidalgo me contó que Raúl siguió siendo un "amigo muy cercano de Ochoa".
Los desacuerdos entre los hermanos Castro acerca del más emérito de sus generales cubanos llegaron a su punto más álgido en el verano de 1989. Para Raúl, estos días fueron de angustia y bíblico calvario. Se sentía como Abraham bajo la instrucción divina de sacrificar a su hijo Isaac para probar la fortaleza de su fe. Raúl debía escoger entre su mejor amigo y su hermano. No había término medio, ni terreno neutral alguno. Fidel había decidido lo que tenía que hacerse y era responsabilidad de Raúl explicar al resto de la milicia lo que era virtualmente inexplicable.
Raúl tuvo que informar a los oficiales de más alto rango que su colega más respetado había caído en desgracia y que estaba bajo arresto porque se sospechaba que era un traidor. Raúl debía ser lo suficientemente persuasivo para garantizar que la lealtad de los oficiales al régimen no vacilara. Los hermanos estaban tan inquietos ante la posibilidad de una reacción violenta que durante días se parapetaron en las oficinas de Raúl, durmiendo muy poco y monitoreando de cerca la actividad de algunos oficiales y unidades.
(...) Tal y como siempre había sucedido desde que asumió el cargo de ministro de Defensa, Raúl no tenía elección. Debía acatar la cruel orden de Fidel. De haber estado en sus manos, el asunto de Ochoa se habría resuelto calladamente, se habría enterrado en el olvido. Las indiscreciones de su amigo no parecían tan graves. Ochoa no era culpable de otra cosa que de hablar de más, de presumir según era su estilo. No había prueba de que hubiera conspirado contra el régimen y para Raúl, la sola idea era inconcebible.
Aún más, purgarlo sólo provocaría una revuelta entre los oficiales. Según Raúl, a Ochoa podría habérsele forzado el retiro. Podría haberse convertido en uno más de los oficiales que caían en desgracia dentro de lo que con humor en Cuba se le llamaba el "plan pijama". En este caso se le hubiera condenado a un exilio doméstico, a lo que metafóricamente sería pasar el resto de sus días en casa, en pijama. Pero Fidel no quiso. Quería la pena de muerte para el general.
Hidalgo recuerda que Raúl "parecía estar destrozado". Las ejecuciones le eran perfectamente naturales, pero las ocurridas en el pasado no habían sido de personas cercanas a él.
Sometido a tal presión, Raúl empezó a desvariar. Ese extraño discurso ante los oficiales del ejército, a mediados de junio de 1989, y en el cual se refirió a Fidel diciendo "él es nuestro padre", sería la primera de dos actuaciones de esta clase sumamente emocionales. En cada una de ellas Raúl implícitamente admitió a la audiencia que se había sentido dolido y traumatizado por lo que había tenido que hacer.
Hidalgo no cree que Raúl hubiera estado embriagado cuando habló a los oficiales, cosa que algunos sospecharon, sino que su errático y torturado comportamiento fue producto de la tensión nerviosa. Hidalgo también está convencido de que Raúl no intentó seriamente disuadir a Fidel para salvar la vida de su amigo.
"Yo creo que Raúl siempre se sometía a las decisiones de Fidel".
Raúl sabía que Fidel ya estaba decidido y, al igual que el Abraham de la Biblia, se sometió cabalmente a la orden; pero esta vez, a diferencia del caso bíblico, a Ochoa no se le perdonó la vida. Muchos fueron los que intercedieron con Fidel para intentar persuadirlo. Varios líderes sandinistas en Nicaragua, el jefe de la misión militar soviética en Cuba, y otros, hicieron todo lo posible para lograr que se le perdonara la vida al general Ochoa, pero a pesar de lo que realmente sentía, parece que Raúl no se unió al grupo.
La noche anterior a la ejecución se produjo otra de las extrañas actuaciones de Raúl. En un discurso nacional, admitió que su conducta no había beneficiado al veterano oficial cubano. Reveló que había llorado en su oficina del ministerio, mientras se lamentaba de la suerte que podría esperar a la familia y a los amigos de Ochoa, y que cuando se miró en el espejo de su cuarto de baño, "las lágrimas rodaban por mis mejillas".
La mayoría de quienes lo conocían sabían que Raúl libraba una batalla interna. Sufría y se debatía en una forma que estaba más allá de la capacidad emocional de su hermano. Es incluso posible que cuando públicamente mencionó su llanto, lo que realmente quería era que sus dudas se hicieran evidentes ante sus colegas de las Fuerzas Armadas. Hidalgo, quien probablemente conocer al Raúl adulto mejor que cualquier otro cubano en el exilio, opina que Raúl era dado a ocasionales escenas de melodrama.
Ese sentimiento de compasión está en conflicto con la imagen de "Raúl, el Terrible", término que él mismo usó para describirse. En enero de 1957, durante los primeros días de la insurgencia y cuando la derrota parecía posible, garrapateó su última voluntad y testamento en su diario de campo. Si moría en combate, escribió, quería que la mayor parte de su patrimonio pasara a manos de la hija de uno de sus colegas muertos en el ataque al cuartel Moncada. También deseaba -revelando un sentimiento ajeno al marxismo o a un rudo revolucionario- que otra parte de su herencia fuera destinada a la construcción de una casa para la madre y la hermana de un expedicionario del Granma ya fallecido.
Una mujer que conoció bien a Raúl en La Habana durante los cincuenta, me dijo visiblemente emocionada que Raúl era un "asesino en serie". Pero a renglón seguido añadió, "pero es un asesino en serie amable", expresando, como tantos otros que lo conocieron, impresiones contradictorias.
También me contó que a través de una de las hermanas de Raúl se había enterado de que justo después de la victoria guerrillera en 1959, Raúl se había encargado de traer a La Habana a muchos niños que habían quedado huérfanos en el campo por la guerra. Los hospedó en una base militar que estaba bajo su mando.
Estas anécdotas sobre una faceta más amable de Raúl coexisten con otras tantas sobre su crueldad e implacabilidad. Se cuenta que es un hombre generoso y capaz de perdonar incluso a quienes su hermano despiadadamente habría enviado sin pestañear al exilio, a la prisión o a la muerte. No hay duda de que si sucediera a Fidel en el poder, estas facetas opuestas de la personalidad de Raúl seguirían oponiéndose como sucedió desde la época de la insurgencia cuando cometió sus primeros actos de brutalidad.
(...) Por lo tanto, ¿cómo intentará Raúl liderar a Cuba en medio del peligroso vacío que dejará Fidel? ¿Predominará el compasivo Raúl o "Raúl el Terrible"? La mayoría del pueblo cree que será este último. Por tantos años la voz de "Raúl el Terrible" ha sido la más estridente cuando se ha tratado de reprimir brutalmente cualquier desviación, bien sea cultural o intelectual, del régimen. El respetado poeta cubano Herberto Padilla (...) cita a un intelectual estadounidense, quien desprecia y teme a Raúl, a pesar de que se siente embriagado por la revolución. "Hay una profunda anormalidad en Raúl. Es frío, cruel y capaz de cualquier crimen".
Fue el implacable Raúl que actuó como el "puntero del régimen cuando se llevaron a cabo las purgas masivas. Un desertor declaró en 1969 ante un comité del Congreso en Washington, que un año antes Raúl personalmente había estado a cargo de reinstaurar la seguridad y era el responsable de las duras medidas adoptadas cuando la llamada "microfacción" fue expulsada del Partido Comunista.
Unos años antes se ejecutaron con precisión militar una serie de campañas salvajes que obligaban a los homosexuales hombres a realizar trabajos forzados. Trabajadores de cuello blanco, a quienes se les acusó de ser amanerados o de no ser suficientemente revolucionarios, fueron víctimas en masa de la purga.
(...) Pero, por otra parte, el lado más blando de Raúl se hace progresivamente más evidente a medida que se acerca el inevitable momento de la sucesión. Apartándose de la imagen de hombre de línea dura, desde 1996 había evitado identificarse con ciertos actos y medidas de Fidel, tales como la salvaje supresión en dos grandes ocasiones del activismo en pro de la democracia y los derechos humanos. En otra época Raúl hubiera liderado la carga contra esos grupos.
Es también una creencia difundida que, dentro del régimen, y después del colapso de la Unión Soviética, Raúl ha sido el defensor más constante de una reforma para liberalizar la economía. Y, a pesar de la obstinada oposición de Fidel, éste le dio a Raúl más mano libre para que establezca empresas que devenguen en moneda dura, bajo la gerencia de funcionarios veteranos.
El estilo de gestión de Fidel es completamente diferente del de Raúl. Con regularidad, Fidel realiza purgas y termina relegando al "plan pijama" a muchos funcionarios civiles que han tenido una trayectoria importante. (..) Ciertamente Raúl también impone una disciplina férrea, pero es un hombre paciente, dispuesto a perdonar los errores honestamente cometidos. El general Colomé Ibarra contó que Raúl no duda en reprender a sus subordinados, pero una vez pasado el incidente, no vuelve a traerlo a colación. En cambio, Fidel jamás olvida ni el más ligero error.
(...) Es apropiado especular acerca de cómo manejará Raúl, las crisis que inevitablemente enfrentará al subir al poder. ¿Cuán decidido será cuando esté sometido a presión externa? ¿Será tan implacable como Fidel o, por el contrario, saldrá a flote su lado más compasivo, dando pie para que sus enemigos maniobren en su contra?
Probablemente las respuestas a éstas y otras preguntas no se sabrán hasta que Fidel realmente se haya ido. Sólo entonces su hermano menor comenzará a surgir por derecho propio. Su desconcertante juego de máscaras llegará finalmente a su fin y podrá expresarse sin temor a desilusionar a Fidel.
Perfil
Fue analista para la CIA sobre Cuba desde 1964, cuando Washington comenzó a considerar a Fidel Castro como una de sus peores amenazas y una de sus principales obsesiones. Después de Fidel (Grupo Editorial Norma, distribuye América Latina) editado en inglés en 2005 es, entonces, el análisis sobre lo que le deparará a Cuba sin el mayor de los Castro en el poder. Ante la asunción de Raúl como presidente, algunos datos del libro permiten aventurar un poco el futuro de la isla. Latell presenta a Fidel como un impiadoso tirano y a Raúl como un hombre de dos temperamentos enfrentados. El verdadero Raúl Castro, dice, sólo se verá cuando no esté más el hermano mayor opinando. Este fragmento habla de esas diferencias.