SAMI YOUSAFZAI-RON MOREAUM, NEWSWEEK
Cómo se persigue a un enemigo que no tiene rostro? Ese el desafío que plantea Baitullah Mehsud, el hombre que bien podría calificar como el próximo enemigo número uno en la guerra contra el terrorismo.
Desde que emergió como un joven guerrero de la Jihad hace tres años, el barbado líder tribal, de hablar pausado, transformó los áridos y montañosos terrenos de su clan, al noroeste de Pakistán, en un refugio para combatientes de Al Qaeda, talibanes de Afganistán y yihadistas paquistaníes.
Aunque no tiene educación formal y todavía no cumplió 40, Baitullah ya engatusó al presidente paquistaní Pervez Musharraf para que éste aceptara una tregua hace dos años. Hasta consiguió hacerse de unos cientos de miles de dólares en esa negociación.
Tan importante como sus logros militares y políticos es que Baitullah aprendió una importante lección: enamorarse de la atención que prodigan los medios de comunicación puede ser perjudicial para un yihadista.
Según varios talibanes afganos que lo conocen, Baitullah viaja escoltado por un convoy de vehículos lleno de guardaespaldas fuertemente armados, nunca duerme dos noches seguidas en el mismo lugar y nunca dejó que su rostro fuera fotografiado. Esas mismas personas señalan que la referencia de Baitullah es el mullah Mohammed Omar, el igualmente enigmático líder talibán que se esfumó en el año 2001.
Las autoridades estadounidenses se distanciaron de la rápida conclusión -tal vez demasiado rápida- del gobierno de Pakistán de que Baitullah estuvo tras el asesinato de Benazir Bhutto el 27 de diciembre. El partido de la ex primera ministra, el Partido Popular de Pakistán, también cuestionó esa conclusión, dirigiendo el dedo acusatorio hacia adentro del actual gobierno de ese país. Hasta el propio Musharraf matizó las afirmaciones de algunos de los funcionarios del gobierno que daban por segura la participación de Baitullah en el complot, y convocó a la Scotland Yard a contribuir con la investigación.
Aún así, la mayor parte de los analistas y expertos en Estados Unidos coinciden en que Baitullah es el más probable culpable. Musharraf dijo en una conferencia de prensa que el líder tribal estuvo tras la mayoría, sino todos, los ataques suicidas en Pakistán, incluyendo los dos contra Bhutto en los pasados tres meses. "Es el único que tuvo la capacidad de hacerlo", dijo otro talibán afgano, con conexiones al clan Meshud y militantes paquistaníes y miembros de Al Qaeda (la fuente, que ha sido confiable en el pasado, sólo accedió hablar para este artículo bajo condición de anonimato).
La semana pasada, el gobierno de Pakistán presentó una conversación interceptada en la cual se afirma que se escucha a Baitullah decirle a un clérigo radical: "Muy buen trabajo. Son muchachos muy valientes los que la mataron". Tanto las autoridades de Estados Unidos como las de Pakistán temen que Baitullah, envalentonado por el caos que siguió al asesinato de Bhutto, esté planeando causar más estragos antes de las nuevas elecciones nacionales, fijadas para pasado mañana.
La fuente entre los talibanes afganos afirma que Baitullah y sus aliados de Al Qaeda habían diseñado intricados planes para asesinar a Bhutto, defensora de una democracia laica y declarada enemiga de los yihadistas. De acuerdo a esta misma fuente, Baitullah y el número dos de Al Qaeda, Ayman Al-Zawahiri -quien junto a Mustafa Abu al-Yazid es el nuevo comandante militar de Al Qaeda en Afganistán y Pakistán- habían despachado escuadrones de hombres-bomba a cinco ciudades: Karachi, Peshawar, Lahore, Islamabad y Rawalpindi, donde Bhutto fue asesinada.
Una grupo que muta
Las órdenes de estos hombres-bomba eran seguir a Bhutto con el objetivo de asesinarla en cuanto la posibilidad se presentase. Baitullah y sus hombres tienen planes aún más ambiciosos, dice esta fuente. El asesinato de Bhutto fue tan solo una parte de un objetivo mayor de Zawahiri: desestabilizar al gobierno de Musharraf y a Pakistán, seguir haciendo la guerra en Afganistán y destruir la democracia en otros países islámicos como Turquía e Indonesia.
La supuesta participación de Baitullah en el complot, y su reciente estatus como nuevo "pistolero" de Al Qaeda, ilustra la capacidad de la organización yihadista de mutar desde el 11 de Septiembre. Hasta hace tan poco como junio del 2004, se decía que el principal campo de batalla de Al Qaeda era Irak, y Abu Mussab al-Zarqawi era el cacique terrorista que más preocupaba a las autoridades de Estados Unidos.
En ese entonces, Baitullah era un poco conocido subcomandante en el sur de Waziristán. Pero ese mismo mes, un misil Hellfire mató a Nek Mohammed, el joven, precipitado y hambriento de publicidad y atención líder tribal de Waziristán. Al Qaeda y otros líderes tribales promovieron a Baitullah a posición de comando. Su compañero del clan Mehsud, Abdullah Mehsud, tan joven como él -un yihadista con una sola pierna que estuvo en prisión dos años en Guantánamo- también parece una estrella en ascenso.
Pero luego de un chapucero intento de secuestro de dos trabajadores chinos que trabajaban en una represa de la zona, un consejo local apoyado por Al Qaeda desplazó a Abdullah y puso en su lugar al relativamente ignoto Baitullah (Abdullah fue posteriormente acribillado en un enfrentamiento armado).
Desde entonces, Zarqawi fue eliminado por fuerzas estadounidenses, Irak ya no es el refugio de Al Qaeda que solía ser y Baitullah se ha ganado por derecho propio un lugar como líder terrorista en un Pakistán cada vez menos estable.
El mes pasado, un consejo de líderes militantes de las zonas cercanas a Waziristán designaron a Baitullah como el líder del Movimiento Talibán de Pakistán, una alianza poco firme de organizaciones tribales. De acuerdo a fuentes entre los talibanes, Baitullah es descrito como una figura clave en la red de yihadistas: los miembros de su clan protegen los precarios centros de entrenamiento en la zona, y también proporcionan soldados para los ataques que diseña Al Qaeda.
Con una larga tradición de contrabando, los integrantes del clan (la mayoría de los cuales, como Baitullah, se hace apellidar Mehsud) dirigen una extensa red de transporte que abarca desde las zonas fronterizas de Pakistán a las populosas ciudades como Karachi, lo que le permite al líder mover hombres y armas en todo el territorio nacional.
Baitullah, además, ha demostrado ser un astuto negociador. Hace dos años, cuando el ejército de Pakistán sufría numerosas pérdidas en las zonas dominadas por clanes como los de Baitullah, Musharraf decidió acordar una tregua. Los rebeldes se comprometieron a no atacar a las fuerzas gubernamentales, a no proporcionar refugio para insurgentes extranjeros ni apoyar acciones militares desde Pakistán a Afganistán. A cambio, el gobierno le pagaría a los yihadistas 540.000 dólares. Ese dinero fue una inyección que reforzó la caja de los yihadistas y los reafirmó anímicamente. Gracias al pacto de alto al fuego, el territorio dominado por Baitullah fue un refugio aún más seguro para los rebeldes. Tanto él como otros yihadistas asesinaron a casi 200 líderes tribales que osaron oponerse a sus planes.
En sus escasos pronunciamientos a la prensa, Baitullah no ha dejado lugar a dudas en cuanto a sus fines políticos y militares. En enero del año pasado juró continuar la Yihad contra las fuerzas de "infieles de Estados Unidos y Gran Bretaña" y "seguir en nuestra lucha hasta que expulsar a todas las tropas extranjeras" de Afganistán.
Baitullah sabe que es un hombre marcado: "El Ángel de la Muerte vuela sobre nuestras cabezas todo el tiempo", le dijo al ya fallecido líder talibán, el Mullah Akhund Dadullah en una cena, según otra fuente. Pero seguro desde su rincón en Pakistán -un país dirigido por un despreciado autócrata que luego de la muerte de Bhutto tiene escasos sucesores auténticamente democráticos- Baitullah puede seguir combatiendo por mucho tiempo más. (Traducción: Fabián Muro)
Sin educación formal y antes de cumplir 40, ya es un formidable adversario
Feroz negociador
Uno de los mayores éxitos de Baitullah ocurrió en agosto del año pasado y demuestra no sólo su capacidad como líder militar, sino también la determinación con la que persigue sus objetivos. Entonces, sus hombres capturaron a más de 200 soldados e integrantes de tropas paramilitares, que se rindieron sin haber disparado un solo tiro.
Con esa victoria bajo el brazo, exigió que el gobierno de Pakistán liberara a 30 yihadistas y que los militares paquistaníes cesaran sus operaciones en la zona que él domina. Para que no quedaran dudas acerca de la seriedad de sus propósitos, ordenó que tres de los rehenes fueran decapitados. Una vez más, el presidente Pervez Musharraf cedió a las presiones de Baitullah.
El mismo día que el presidente de Pakistán declaró estado de emergencia en el país -una medida que, según Musharraf, fortalecería la posición de su gobierno en el enfrentamiento con los guerreros de la Yihad- Baitullah logró que fueran liberados 25 insurgentes, inclusive varios que habían fracasado en sus ataques suicidas. El mes pasado, las fuerzas de Baitullah capturaron a varios paramilitares, en operaciones militares tan descaradas como exitosas: el insurgente sigue teniendo varios ases en la manga en sus negociaciones con el régimen pakistaní.