Lleno de juventud y de energías, cargado de una gloria que más parece soportar que otra cosa, Ghiggia comenzó a correr desde muy joven desde muy pibe en su "Barrio de Flores", pasando a velocidad por sus cuadritos barriada y por Sud América, para continuar ahora, luego de su paso por Brasil, quién sabe hasta donde...
Y ha de ser siempre con esa velocidad fantástica que nadie ha podido medir porque nadie ha podido igualar; con esa velocidad siempre en aumento a la que nunca le hemos visto límite por la sencilla razón que se le termina antes la cancha. Y es así nomás: cuando "El Ardilla" embala sobre el césped empieza a estirarse de manera progresiva e ininterrumpida, saliendo el tiro o el centro de sus pies con una fuerza áquel y con una exactitud éste que nos convencen a todos de que su autor no ha realizado el esfuerzo mayor del que es posible. Y cada vez que le vemos hacer ésto, sólo atinamos a pensar lo que sería, como espectáculo inigualado y maravilloso, que a Ghiggia le soltaran un half a marcarlo en la carretera a Colonia para verlo -¡por fin!- disparar a su gusto.
Los designos de la Naturaleza, o el Destino... o lo que sea, hicieron que Alcides Eduardo Ghiggia sea hoy nuestro más grande jugador en su puesto. Fiel exponente del fútbol uruguayo, diferente y mejor que todos hasta el momento, por lo menos, Ghiggia maravilló a las doscientas mil personas que le vieron hacer en Maracaná lo que nuestros jugadores saben hacer sin que se les enseñe; lo que únicamente ellos pueden hacer.
(De El País del 24 de julio de 1950)