MARCELA MORETTI
Lo peor que le puede pasar a una madre es que se le muera un hijo. Dicen que es antinatural, que va contra "la ley de la vida". Pero siempre puede ser peor. Seis mujeres de la cárcel de Canelones lo saben bien: están allí por asesinar a sus hijos.
Una de ellas es Daniela, la joven de 23 años procesada por el homicidio de su hija recién nacida. La madrugada del 16 de julio parió en el baño de su casa de Toledo. Poco rato después, la beba murió en el hospital Pereira Rossell. Tenía nueve cuchilladas, tres de ellas fatales. Cuando la acusan de asesinato, la madre se declara inocente.
Ahora que está presa, Daniela se anima a contar su versión, que es distinta a la que le dio al juez y es muy confusa. Admite que ocultó su embarazo y que esa noche lastimó a la beba cuando cortó el cordón umbilical con un cuchillo de cocina. Pero dice que no la mató y culpa a su esposo, Aldo. Daniela dice cosas como "el destino me jugó chueco, porque yo pensaba que él no iba a estar y fue todo más o menos a la hora que se tenía que levantar para irse" o "estaba tan ensañado con que esa niña no era de él…". Y cuando las dice, llora.
Lo único seguro es que fue una muerte brutal pero la historia es compleja y la verdad sobre lo que ocurrió esa madrugada en la pequeña casa del complejo militar de Toledo es un secreto compartido por Daniela y Aldo. El juez, Gonzalo Silva, sólo encontró pruebas contra ella pero la fiscal, Nancy Hagopián, apeló porque está convencida de que el esposo también es responsable. El juicio empezará después que el Tribunal de Apelaciones mantenga o rectifique el auto de procesamiento (ver recuadro). Mientras tanto, las sospechas de infidelidad, las mentiras, las denuncias de violencia doméstica y psicológica, los llantos y las acusaciones cruzadas, sobreviven a lo que alguna vez unió a una pareja.
Demasiadas heridas abiertas pueden matar. Quizás eso explique (si fuera posible hacerlo) la noche de horror que terminó con una madre presa por matar a una de sus hijas. Lo seguro es que entre Daniela y Aldo había pasado algo muy grave que nunca cicatrizó. Tan grave que terminaron acusándose mutuamente de asesinos.
Aldo está libre y su parte de la historia es más conocida. No sabía del embarazo, la noche del homicidio no vio nada y cree que fue "algo que le pasó a ella por la cabeza" y que él no lo entiende, según dijo a El País. Salió del juzgado gritando "soy inocente", se abrazó, aliviado, con su madre y al otro día, entre llanto y llanto, dijo: "A pesar de todo la amo. Es la primera mujer con la que hice el amor y la mamá de mis hijas"; "cuando la vea mejor le voy a preguntar el por qué de todo esto. Esto no se lo voy a perdonar. Pero nunca la voy a odiar"; "la voy a esperar y voy a hablar con ella". Su versión ante el juez está llena de contradicciones (ver recuadro).
Daniela está presa hace dos meses y ya empezó los trámites de divorcio. No lo quiere ver. No quiere ni hablar con Aldo. Al menos eso dice. El tiempo, sus padres, su abogado y el encierro la hicieron cambiar de actitud. Vivir en una cárcel es difícil. Y más si se trata de una mujer que está ahí por matar a un hijo, un crimen que para las presas, es el peor. Por eso la "bienvenida" fue a los golpes. Una de las policías que custodia la cárcel opina que no fue tan grave, "menos si se compara con lo que hizo ella". Culpable o no, Daniela tiene una historia que contar. Dice que hizo todo por sus hijas Aldana y Mayra que ahora viven con el padre.
"Es muy difícil aguantar que te digan asesina. Me dicen infanticida. Es muy difícil. A veces estoy sentada en el patio y empiezan a decir: `esta infanticida no tendría que estar sentada acá, tendría que estar encerrada adentro`. Son cosas muy duras. Yo no digo nada, me aguanto. Tampoco me levanto y me voy. Hago de cuenta que no escucho", cuenta Daniela y llora.
Así empieza a hablar. Entrecortada. Llora muchas veces durante la charla de una hora y media. Llora cada vez que recuerda cómo la recibieron en la cárcel y piensa que le queda mucho tiempo ahí. Llora cuando dice que está lejos de sus dos hijas y no está segura de poder verlas. Llora en los momentos que revive la noche fatal. Y llora mientras trata de explicar por qué ocultó su embarazo, incluso a su madre. Y cuando nombra a Aldo para hablar de la "vida de perros" que le dio.
Llora casi tanto como habla de sus hijas.
Inocencia perdida
Daniela es delgada, de ojos marrones y pelo castaño oscuro. Tiene puesto un jean, una blusa blanca y negra, un broche en el pelo y usa lentes. Es amable, tranquila y nunca sube el tono de voz. Responde las preguntas pero no habla de más. Se entrevera bastante cuando cuenta las cosas. No aceptó que le tomaran fotos que la identifiquen.
Es una de las 53 presas de la cárcel de mujeres de Canelones, una casona con tantas rejas a la calle como cualquier casa de vecino. La entrevista es en una habitación que da al frente; los pabellones donde duermen las presas y el patio diminuto en el que pasan casi todo el día están en el fondo.
Más de una vez alguien toca la puerta como pidiendo pasar. El sonido llega de atrás. En realidad son las presas que golpean una ventana que da al despacho de la oficial a cargo de la prisión. Le piden de todo. Quieren llamar al almacén para hacer un pedido. Reclaman que les habiliten un teléfono que tienen para hablar todo lo que quieran y que se lo bloquearon por no ordenar ni limpiar. Cosas de la convivencia.
Algunas de las voces que llegan desde el patiecito son de reclusas que le pegaron a Daniela apenas llegó. "Al principio fue muy duro por el tema de que todo el mundo me trataba de asesina, infanticida, todas esas cosas que son horribles. Nadie te pregunta nada, te juzgan por la causa y ta". Después de la primera semana aislada, pasó al pabellón que comparte con otras 21 reclusas. Pasó un mes para que se animara a salir al patio. "Apenas iba al baño. Ni siquiera levantaba la comida, nada. Estaba siempre sentada o acostada en mi cama para evitar problemas".
"No son personas abiertas a pensar por qué habrá pasado todo lo que pasó", reflexiona Daniela. "Se basaron en lo que vieron por televisión, que me procesaron como presunta autora de homicidio muy especialmente agravado. A medida que pasan los días se van dando cuenta que no soy una persona agresiva. Mi comportamiento me ayuda muchísimo porque no soy una persona revolucionaria. Si se están matando al lado mío no me meto, las dejo".
Ya se hizo algunas amigas, pero hay otras que todavía sólo le hablan para atacarla. "A esas las ignoro porque me van a volver loca". Pero lo que más rabia le da es que una de las presas que la juzga es otra de las seis que está ahí por matar a un hijo. "Hay casos que ya están comprobados y esas personas andan así nomás ahí adentro. Y las demás les hablan".
Quizás ellas también digan que son inocentes si tienen la oportunidad de hablar. "Sí, claro, las 53 son inocentes", ironiza una de las policías al final de la visita. "Están todas presas acá por nada". La inocencia es el síndrome de todo preso. Pero Daniela se siente distinta a las demás.
"La mayoría de las que están acá son personas que no han tenido una buena vida. Vidas de calle y todo eso. Y yo no estoy acostumbrada", dice. Y llora. "No es mi nivel de vida, nunca llevé una vida así, ni de calle ni de joda".
Y quiere demostrarlo. Empezó un curso de marketing, trabaja en la biblioteca y toma clases de órgano. Pretende que el juez le permita terminar el liceo con exámenes libres. Le quedan dos materias de cuarto. Hace años dejó el liceo para estudiar secretariado comercial pero tampoco lo terminó.
Mientras usa los beneficios de la prisión para estar ocupada, Daniela espera que "se haga justicia".
- ¿Qué sería justo para usted?
- Que se aclare todo de una vez por todas porque yo acá no aguanto más. Yo acá no aguanto más. No quiero estar lejos de mis hijas.
- ¿Lo justo sería que usted quede libre y Aldo preso?
- Tiene que ser así. Yo sé que no voy a salir mañana, ni pasado. El abogado me dijo que por más que se aclare todo, no voy a salir en dos días. Pero estoy totalmente segura que voy a salir de acá y voy a poder disfrutar a mis hijas como ellas se lo merecen.
Dice que todo lo que hizo o lo que no hizo -que en su historia es más importante- tiene que ver con un miedo a Aldo, que supuestamente la amenazaba con quitarle a sus dos hijas. Por miedo ocultó su embarazo. Por miedo no se separó de Aldo. Y por miedo no denunció que la golpeaba.
Su madre, Araceli, tampoco lo denunció, aunque sabía que le pegaba. Más de una vez vio a Daniela con marcas de golpes. También asegura que descubrió el embarazo de su hija y le preguntó, pero prefirió creerle cuando ella se lo negó. Araceli visita a su hija todos los días permitidos: martes, jueves y domingos. "Yo después de los hechos le pregunté por qué me lo ocultó, qué hice yo, en qué le fallé como madre para que me lo ocultara. Si ella sabe que de mis nietos siempre me ocupé. Siempre les hice el ajuar, siempre estuve pendiente de los embarazos. Y ella me dijo que tenía miedo porque él la amenazó. Él quería que abortara".
Araceli contó su versión de la historia en su casa de Toledo. Su esposo, Juan, saludó y se fue, no quiso hablar y sólo apareció una vez a pedir un mate. En la casa hay una sola foto de Daniela cuando estaba en el liceo pero ninguna de su hermana de 27 años, que vive en Treinta y Tres. Pegado a la casa está el apartamento en el que Daniela y Aldo vivieron apenas se casaron hace dos años. Está deshabitado. Él se fue cuando estuvieron separados, hace más o menos un año. Y cuando se arreglaron no volvieron a ocuparla, quizás porque Aldo y su suegro nunca congeniaron.
En una habitación de la casa principal todavía quedan cosas de Daniela y de sus hijas. Allí se estaban quedando entre semana para no estar solas, porque Aldo trabajaba en Maldonado. "Sabía que no me iba a faltar nada, estaba muy tranquila", cuenta Daniela. Y dice que su plan era quedarse en lo de sus padres para siempre cuando naciera su tercera hija. "Hace tiempo que me di cuenta que no estaba enamorada. Pero me callé todo el tiempo por mis hijas". Otra vez está llorando.
Las cosas le salieron mal. Hasta esta charla en la cárcel, el 7 de setiembre, sus hijas la habían visitado sólo dos veces.
La muerte de Mariangel
Mariangel es la hija muerta de Daniela. Así la bautizó Araceli, la abuela, antes de dejarla en el cementerio de Sauce. Mayra y Aldana son sus hermanas, de dos y cinco años. Daniela dice ahora (no se lo dijo al juez) que la noche que Mariangel fue asesinada, Aldana se despertó y ella fue al cuarto a tranquilizarla. Ese sería el único momento en el que Aldo estuvo solo con la beba. Por eso, Daniela lo describe al detalle. Sugiere, pero no acusa. "No lo vi, no lo vi. Pero estoy segura que yo no fui. Demasiado tendría que ser para matar a mi propia hija".
Cuando Aldana se despertó, Daniela ya había parido, sola, en el baño. Y estaba discutiendo con su esposo. Siempre según la versión de Daniela. "Él estaba durmiendo y lo llamé. Le dije (del parto) y las primeras palabras que me dijo fueron: `esa beba no es mi hija, vos me engañaste`. No se despertó en ningún momento, yo lo llamé. Discutimos porque no me quería dar el celular, hizo una llamada, no sé a quién llamó. Yo quería llamar a mi madre pero él no me dio el celular. Ahí empezamos a discutir, él se fue para la cocina donde estaba la beba. Yo me quedé en el cuarto con Aldana que se había despertado llorando porque nosotros estábamos discutiendo. Después, cuando fui para la cocina, él salió para la casa de la madre". Cristina, la madre de Aldo, fue quien avisó a la Policía.
Hay muchas cosas difíciles de creer en la escena. El rol de los protagonistas para empezar. La que discute por una llamada de celular es una mujer que acaba de tener una hija en el baño, ayudada por un cuchillo de cocina. Y el hombre, que dormía en el cuarto de al lado, no escuchó quejidos, nada. Todo en una casa chica. Además, la pareja compartía la cama pero él no sabía que ella estaba embarazada.
A partir de lo que dicen los protagonistas, sus familiares y la Justicia, el asesinato tiene algunas causas posibles. Que la hija no era de él y ella quiso ocultarlo. Que él sabía del embarazo y sospechaba que la hija no era de él. Que él le había pedido que abortara porque habían decidido no tener más hijos por problemas económicos. Que ella no abortó porque cuando se enteró del embarazo fue tarde.
- ¿Nunca pensó en abortar?
- Yo estaba totalmente segura que iba a tener esa niña. Si hubiera sabido que me iba a pasar todo esto…
Llora otra vez. Habla de su miedo, de las amenazas de Aldo y llega un punto en el que no se entiende lo que dice, por qué la amenazaba. Si era porque creía que la hija no era de él o sólo porque no quería tener más hijos. "En diciembre, más o menos, yo supe que estaba embarazada (la beba nació a término el 16 de julio). Al faltarme el período me di cuenta enseguida. Con las otras dos me había pasado lo mismo. Yo le dije a él. Cuando estaba de un mes y poquito, le dije que estaba embarazada y me dijo que me lo sacara. Yo quise seguir, no sabía cómo se lo iba a decir más adelante. Hasta que empezó con la presión de que si yo volvía a quedar embarazada me mataba. Se venían arrastrando pila de problemas porque él ya estaba trabajando afuera. Nos veíamos poco".
- ¿Por qué te iba a matar si estabas embarazada?
- No sé. Porque no quería tener otro hijo. La situación económica no está como para tener muchos hijos. Cuando Mayra nació habíamos hablado de no tener más hijos porque no íbamos a poder. Pero yo sabía que si venía otra criatura, iba a ser bienvenida. Así como para mí, pensaba que para él también. Pero él pensaba que yo lo había perdido. Cuando le dije empezamos a discutir y él me dio una patada en el vientre, por eso pensó que lo había perdido. Y después lo oculté, no se lo dije a nadie, ni siquiera a mi madre. Sólo le conté a una amiga".
En la Justicia declaró otra cosa. La fiscal está muy sorprendida con el caso y recuerda algunos detalles del expediente que está en el Tribunal de Apelaciones. "Contó que cuando se dio cuenta del embarazo ya no podía abortar", dice Hagopián. Para ella, la clave del caso está en el "dominio psicológico muy fuerte que él ejerce sobre ella". "Él la mira y ya está. Ella había empezado a contar algo en el hospital y cuando él entró se terminó todo". Parece que en un momento del careo ella le empezó a decir: "te juro que era hija tuya, te juro que era hija tuya". Y él le preguntó: "¿Por qué no me lo dijiste antes si era mía?". Hagopián cree que él es coautor del hecho y apeló para que los dos estén presos por homicidio muy especialmente agravado, con brutal ferocidad.
Los nueve cortes de cuchillo de cocina son el gran misterio. Lo único que dijo el médico de Salud Pública que fue a la casa de Daniela y Aldo la noche del parto fue que la beba tenía dificultades para respirar. Nunca la revisó debajo de la frazada que la cubría y no vio las heridas. La fiscal Hagopián pidió una Junta Médica para evaluar la responsabilidad administrativa del profesional.
La madre de Daniela tampoco vio sangre.
"Entro al cuarto y Daniela estaba acostada. Había un policía al lado de ella y tenía a la beba envuelta en una sabanita. La tenía prendida al pecho. Estaba tomando teta cuando yo la vi. Serían las 3:45", recuerda Araceli. Después se fue al Pereira Rossell con su hija y su nieta. "Hasta ese momento yo no sabía si era niña o varón. Habrán pasado 45 minutos y viene el doctor y dice que la beba falleció. Cuando dijo que era una niña y que falleció nunca se me cruzó por la mente lo que iba a venir después".
Araceli vio a su nieta en la morgue, eligió un nombre, lo consultó con Daniela y se encargó de enterrarla. "Fui a la morgue porque la quería ver. Me dicen que no sabían si la podía ver por las condiciones en que la dejó el forense. Yo contesté que no me importaba. Yo quería ver a mi nieta, no quería que me entregaran un gato o algo en el cajón. Lo que fuera, yo lo quería ver. Entró la funcionaria, entró el de la empresa funeraria y después nos hicieron pasar a nosotros (estaba con la cuñada). Le vimos la cara y el resto estaba toda tapada con algodones".
Ni Daniela ni Aldo estuvieron en el entierro, el 18 de julio a las 10 de la mañana. Daniela estaba internada y Aldo detenido. Araceli, su esposo, sus cuñados y Cristina, la madre de Aldo, y algunos otros familiares sí fueron. Aldo quedó libre después y Daniela fue directo del hospital a la cárcel. No pensó que la historia podía terminar tan mal.
Así lo resumió en una carta para su prima que vive en Estados Unidos: "Lo que no me explico es cómo una persona es capaz de hacer tanto mal y tanto daño como Aldo, yo pensé que lo conocía, nunca me imaginé que sería capaz de hacer algo así. Bueno, pero por algo Dios quiso a mi hijita con él. Quién te dice que de aquí en más sea ella quien me guíe y sea mi ángel de la guarda porque una personita tan pura y sin pecados algún propósito tenga el Señor para ella y sé que por más que no la tenga en cuerpo conmigo sé que su alma nunca me va a dejar sola". Igual parece un poco perdida.
Secretos de Toledo
Nadie creía que Daniela y Aldo podían terminar así. En Toledo muchos dicen que no parecían una pareja en problemas. Cuidaban muy bien sus apariencias. Aunque, al final, Aldo estaba poco en su casa porque trabajaba en Pan de Azúcar y Daniela se encargaba de Mayra y Aldana. Todos en el vecindario coinciden que son "dos niñas preciosas" y "muy bien cuidadas".
Ahora que están separados y enfrentados, hay quienes empiezan a contar en secreto cosas típicas del infierno grande de un pueblo chico. Los que quieren más a Daniela dicen que cuando Aldo estaba en Toledo se pasaba de "joda" con sus amigos y solía volver borracho a casa. Cuentan que sabía del embarazo y que le pegaba. Y recuerdan, como antecedente, que su padre era violento con su madre.
Los que están más cerca de Aldo dicen que Daniela le era infiel. Incluso están los que cuentan que no era tan buena madre como parecía. Que sus hijas tenían las vacunas vencidas y que debía una o más cuotas de la escuela privada a la que va Aldana, su hija mayor. Y recuerdan, a modo de antecedente, que un día su hermana se fue de Toledo y abandonó a dos hijos. El hijo se quedó con el padre, y la niña vive con Araceli y Juan.
Daniela y Aldo vivieron en Toledo desde siempre.
Como muchos otros que viven en la ciudad del Batallón de Infantería Paracaidista número 14 y la Escuela Militar, Aldo ingresó al Ejército. Pero no duró mucho. En agosto del año pasado no se sometió a disciplina y se negó a cumplir una sanción. Fue dado de baja y comenzó a trabajar en la construcción.
Daniela fue a escuela y liceo privados y trabajó en Droguería Industrial Uruguaya hasta poco después que nació su hija menor. Le convenía más dejar de trabajar que pagarle a alguien que cuidara a sus hijas, y Aldo estaba ganando mejor en la construcción. Pasaba los días en unas pocas manzanas, entre su casa en el complejo militar de Toledo y la casa de sus padres.
La casa de Daniela y Aldo se llama El Desafío. Es pequeña y humilde pero no pobre. Está pintada de verde y tiene un cartel con el nombre al lado de la puerta. En el complejo hay otras viviendas amarillas, naranjas, rosadas y celestes. Ellos pudieron comprar la suya, con un préstamo, cuando Aldo era soldado. La familia vivió allí desde principios de este año. Daniela dice que no les faltó nada porque recibieron ayuda de las dos familias cuando la plata que Aldo mandaba no alcanzaba. Su madre, y hasta la prima que vive en Estados Unidos, le daban dinero para comprarle cosas a las niñas.
"Es una historia muy complicada, bajo amenaza y violencia doméstica. Esto se viene arrastrando desde hace mucho tiempo. Quizás mi error fue haberlo callado durante tanto tiempo. Yo no se lo había confiado ni siquiera a mi madre", se anima a contar Daniela recién ahora que está presa. Llora y dice que aguantó por sus hijas.
"Al principio, como todo el mundo, problemas económicos. Después se quedaba siempre en el trabajo (en la Escuela Militar) para irse de joda con los amigos. Como que no le importaban mucho sus hijas o yo, él hacía su vida. Nunca me faltó nada porque mi madre siempre estaba pendiente de si a la niña le faltaba calzado o ropa. Yo muchas veces no tenía para comer pero ni siquiera se lo decía a mi madre. Como que me daba vergüenza".
Daniela se calló muchas cosas. Dice que lo hizo por sus hijas. "El 18 de julio del año pasado él me golpeó y yo perdí la visión del ojo izquierdo. Estuve internada 15 días y me hicieron una resonancia magnética, que demostró que me había pasado a razón de un golpe. El neurólogo me preguntó si yo era víctima de violencia doméstica y como él era militar, y yo estaba en el hospital militar, sabía que si yo decía que él me pegaba iba a perder el trabajo".
- ¿Por qué no se separó?
- Él muchas veces se iba a las manos. Yo no me había ido de mi casa porque siempre me tenía bajo amenaza de que me iba a sacar las niñas y no las iba a ver nunca más. Ahora sé que el derecho de madre no me lo sacan nunca, pero el miedo me venció.
Puede que ese sea el tipo de cosas que le pasa por la cabeza a una mujer que dormía con un hombre que, según ella, le decía que si quedaba embarazada la mataba.
- ¿Él era el padre de su hija?
- Llegó a pensar que esa criatura no era suya. Yo como mujer estoy totalmente segura que sí. Una mujer se da cuenta y estoy consciente de que nunca estuve con otra persona como para que él piense eso. Tal vez como hacía un tiempo que estaba trabajando afuera y nos veíamos sólo los fines de semana le daba para pensar que yo andaba con otras personas, ¿no?
- ¿Usted mató a su beba?
- No.
- Entonces la mató él…
- No sé. Estábamos nosotros dos nada más así que… Digo, yo no te puedo decir… No lo vi. Ponete en el lugar de una madre y me parece que… Un hijo es lo que más queremos en la vida. Yo tengo mis dos hijas, vivía por ellas, las tenía siempre bien. Jamás las maltraté, jamás. Porque nunca fui una madre de golpear. Aldana tiene cinco años y si te digo que le di dos palmadas es mucho.
Dicen que lo más lindo que le puede pasar a una mujer es tener un hijo. Pero Daniela ocultó su último embarazo y es difícil entender por qué. Ahora está presa y desesperada. "Mi conciencia está muy tranquila", dice ella. Por ahora es culpable.
"Cuando estaba de un mes y poquito le dije que estaba embarazada y me dijo que me lo sacara. Yo quise seguir,
Mujeres filicidas
El 4,2% DE LAS MUJERES presas en Uruguay mataron a sus propios hijos. Son 16 casos en 383 mujeres encarceladas, según un relevamiento realizado por el Observatorio de Violencia y Criminalidad del Ministerio del Interior para este artículo. El director de esa oficina, Rafael Paternain, explicó que si el trabajo abarcara a toda la población carcelaria femenina, 453 mujeres, la cifra aumentaría en dos o tres casos y la representatividad sería similar.
El departamento con más filicidas es Canelones, con seis casos en 53 presas, pero el mayor peso relativo se constata en Flores, donde una de las dos mujeres presas mató a su hijo. En Montevideo hay 285 mujeres presas, cuatro por el homicidio de sus hijos. Todos los departamentos con cárcel femenina registran casos.
Los números dicen que el filicidio, cuando un padre o una madre mata a su hijo, es más impactante que frecuente.
El estudio Mujeres Homicidas en Uruguay de Milagros Rodríguez e Inés Carlesi -presentado el 12 de septiembre en las VI Jornadas de Investigación Científica de la Facultad de Ciencias Sociales- constató que entre 1989 y 1997 los hombres cometieron 1.580 homicidios y las mujeres 121. Del total de los casos estudiados -en base a 71 expedientes judiciales de mujeres- el 39% mató a sus esposos y/o concubinos, 17% mató a sus hijos, 14% mató a una persona con la que tenía vínculo social y 11% no tenía ningún tipo de relación con sus víctimas.
"Las más jóvenes (entre 18 y 25 años) son las que matan en mayor número a sus hijos recién nacidos -más que en otros tramos etarios-, lo que se podría asociar con una etapa de la vida en la que pueden ocurrir más embarazos no deseados", explica el informe. El estudio aclara que, en un porcentaje importante, las filicidas estudiadas fueron declaradas inimputables.
Los delitos mayoritarios entre las mujeres son "contra la propiedad" (40%) y "contra la vida e integridad física" (36%), según otra investigación, Mujeres privadas de libertad en el Uruguay, realizada por la Mesa de Trabajo sobre las condiciones de las mujeres privadas de libertad y presentado en septiembre de 2006. Dice que las mujeres "ocupan una posición secundaria y se ven marginadas respecto a las actividades laborales, educativas, culturales, deportivas" en un "ambiente penitenciario concebido esencialmente para hombres".
no sabía cómo se lo iba a decir. Hasta que empezó con la presión de que si volvía a quedar embarazada me mataba"
No vio nada
Mi señora me dice que había dado a luz y me muestra a la bebé de costado, ella se encontraba en la cama y la bebé estaba envuelta en la frazada". Así se enteró Aldo Murúa que su esposa, Daniela, había tenido una hija en el baño de su casa mientras él dormía, según declaró en la Policía. Es el padre de la niña recién nacida que fue acuchillada en Toledo la madrugada del 16 de julio.
"Luego que salgo del baño, mi señora me dijo que había dado a luz, viendo al bebé sobre su pecho desnudo, limpio, ...", continuó Murúa de acuerdo a las declaraciones transcriptas en la apelación de la fiscal de Pando, Nancy Hagopián. También dijo que vio "todo normal" en el cuerpo de la beba.
La apelación de la fiscal -que cree que el padre es coautor- se basa también en algo que dijo Daniela en su declaración. Le preguntaron cómo reaccionó él cuando vio a la niña y respondió: "Le vi la cara que tenía estaba muy asustado y dice `viste lo que hiciste, ahora vamos a ir los dos presos` y ahí fue cuando salió para casa de la madre".
En una entrevista con El País después que la Justicia lo dejó libre, Aldo dijo: "lo único que yo sé es que soy inocente, que no sé lo que pasó, que no vi ni escuché nada".
"Cuando llegué al hospital el pediatra me explicó que la beba había fallecido y que tenía unos cortes. Le pedí para verla, yo no la había visto porque, cuando pasó todo, ni siquiera pensé en eso. Yo vi a una beba que nació y sólo necesitaba un médico urgente. Por eso no vi que estaba lastimada".
Ni Daniela ni Aldo estuvieron en el entierro de su hija asesinada, Mariangel, el 18 de julio a las 10 de la mañana en Sauce. Daniela estaba internada y Aldo detenido.
Apelaciones pendientes
El expediente del HOMICIDIO de la beba acuchillada en Toledo está en el Tribunal de Apelaciones. Llegó el 27 de julio y se puede quedar por lo menos tres meses. El caso alcanzó esa instancia porque la fiscal, Nancy Hagopián, y Daniel Ron, el abogado defensor de Daniela, la madre de la beba procesada por el homicidio especialmente agravado, apelaron el auto de procesamiento del juez, Gonzalo Silva.
El abogado de Daniela considera que la pena de su clienta podría ser por "lesiones gravísimas o tentativa de homicidio" porque existe "semiplena prueba de que la única lesión que cometió fue al cortar el cordón". Para Ron, su clienta declaró bajo los efectos de sedantes y eso le jugó en contra y benefició a su esposo, Aldo, quien fue dejado en libertad por el juez.
La fiscal pidió el procesamiento de los dos. El de Daniela por homicidio muy especialmente agravado por brutal ferocidad y de Aldo como coautor. Hagopián considera imposible que él no supiera que su mujer estaba embarazada y está convencida que "presenció el acto de brutal ferocidad con el cual su señora le daba muerte a su hija recién nacida", según la apelación. El delito por el que Daniela está procesada tiene una pena de 10 a 20 años. La fiscal pide de 15 a 30, la máxima sentencia posible.