SUSANA MANGANA (*)
Hoy, 1º de setiembre, se cumplen 38 años de la revolución de los oficiales libres liderada por el ahora coronel Muamar Gadafi en contra de la monarquía libia. En este tiempo, Libia, un país árabe del norte de África y de confesión islámica, ha sorprendido a la comunidad internacional por sus continuos cambios políticos y la excentricidad de su líder máximo que ingeniosamente superó una imagen de defensor del terrorismo para convertirse en aliado útil de Europa y Estados Unidos.
La alarma internacional generada por los atentados del 11 de setiembre de 2001 y la guerra contra el terrorismo global lanzada por la actual administración estadounidense propiciaron un giro inesperado en la actitud del presidente libio, otrora bestia negra del terrorismo internacional, que decidió mostrarse como colaborador de Occidente en su lucha contra el integrismo islámico y la carrera armamentística nuclear en Medio Oriente. En mayo de 2006 los esfuerzos de rehabilitación del régimen libio obtuvieron su primer gran logro al conseguir que Estados Unidos eliminase a Libia de la lista de países integrantes del famoso Eje del Mal, y ello sin un cambio de régimen. Asimismo Washington y Trípoli reanudaron sus relaciones diplomáticas tras décadas de mutua desconfianza y enfrentamiento.
Sin embargo, son muchos en Europa los que se preguntan si el régimen libio ha concretado cambios sustanciales o si, por el contrario, se trata de una nueva estratagema propagandística de Gadafi, quien ha demostrado tener excelentes dotes de supervivencia.
El último revolucionario
Libia, con una población de 5,5 millones de personas, cuenta con una bajísima densidad de población, apenas 2,5 habitantes por kilómetro cuadrado y posee importantes reservas petrolíferas y de gas, lo que le ha permitido garantizar un bienestar social que, por ahora, mantiene alejado el fantasma del integrismo islámico.
El coronel Gadafi, que llegó al poder mediante un golpe de Estado, es junto con Fidel Castro uno de los últimos revolucionarios además de un astuto líder que desde 2001 ha sabido jugar la baza de líder árabe moderado para sacar a su país del ostracismo internacional, superando así décadas de embargo económico y de armas y de rechazo en el bloque de países árabes y la comunidad internacional.
Hijo de beduinos nómades, Muamar al-Gadafi se formó en el ejército de la entonces monarquía libia y destacó como joven nacionalista, siguiendo la estela del carismático presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, a quien admiraba profundamente. Cursando estudios militares en Londres, fundó en 1966 la Unión de Oficiales Libres. De regreso a Trípoli, privilegió la militancia política en el Ejército. El 1º de setiembre de 1969 inició en Sabha la insurrección que derrocó a la monarquía de Idris al-Sanusi.
El Consejo de la Revolución, dirigido por Gadafi se proclamó musulmán, nasserista y socialista. De inmediato, impulsó un ambicioso proyecto de modernización, con énfasis en el desarrollo agrícola. En 1973, a partir de la publicación de El Libro Verde, en el que expone sus fundamentos éticos y políticos que niegan el capitalismo y el marxismo, creó una estructura de participación, a través de comités populares y del Congreso General del Pueblo. Si bien en sus comienzos persiguió el mito de la nación árabe, intentando varias fórmulas de asociación con países vecinos como Túnez y Egipto, acabó sintiéndose defraudado. Desde hace ya unos años el presidente libio se distanció del resto de países del Magreb, incluso de la Liga de Estados Árabe, para centrar su política exterior en la Unión Africana (ex-OUA), destacándose como mediador en conflictos como el de Sudán o Chad.
Recientes declaraciones de su hijo mayor y firme candidato a su sucesión, Seif al Islam, reavivaron las especulaciones sobre posibles cambios en Libia, que a pesar de su peculiar sistema de "democracia directa", aún tiene grandes fallas para poder encarar un proceso de liberalización política acorde con parámetros occidentales. Seif al Islam (literalmente "sable del Islam") pronunció un encendido discurso el 20 de agosto ante 40.000 personas en Benghazi, en el que inisistió en la necesidad de que Libia se dote de una constitución.
"Nuestro próximo reto es poner en marcha un conjunto de leyes, que podemos denominar Constitución, contrato social, u otra cosa. Lo importante es tener un contrato que organice la vida de los libios", declaró. Sin embargo, Seif al Islam, también se refirió a algunas líneas rojas que no se podrán cruzar, a saber, el Islam y la implementación de la sharia o ley islámica como base del derecho; la seguridad y estabilidad de Libia; la unidad del territorio nacional y la continuidad de su padre, Muamar Gadafi al frente de la nación.
Seif al Islam, de 35 años y educado en Europa, expresó su opinión de que las leyes libias deben, además, garantizar la independencia del banco central libio, de la Corte Suprema, de los medios de comunicación y de la sociedad civil.
Hasta el momento las reformas realizadas en Libia han sido siempre limitadas y centradas en el ámbito económico con el objetivo de incrementar la llegada de inversión extranjera directa (IED) a los sectores petrolero y gasífero. En la actualidad y pese a ser el segundo productor de crudo en África, se necesita un flujo importante y constante de IED para que Libia pueda diversificar su economía y superar las secuelas de más de 20 años de embargo y sanciones, y -tal vez lo más importante- conseguir que inversores y hombres de negocios olviden la mala imagen que el gobierno de Gadafi se granjeó desde la década de 1980, acusado de financiar y participar en numerosos atentados terroristas y asesinatos de opositores libios en Europa.
Limpiando la foja
En 1988 y 1989 los servicios secretos libios hicieron estallar en el aire dos aviones comerciales en un atentado en el que murieron 440 personas. El primero de ellos, el vuelo 103 de Pan Am, cayó sobre la localidad escocesa de Lockerbie y el segundo, un aparato de la compañía francesa UTA se estrelló en Níger. Aunque el régimen libio nunca reconoció oficialmente la autoría de los atentados, aceptó, gracias a la mediación de Seif al Islam, el pago de indemnizaciones a las familias de las víctimas, en un intento por mitigar el aislamiento internacional de Libia.
Aún existen obstáculos que impiden la normalización plena de las relaciones internacionales de Libia, ligados a la naturaleza del régimen y a la desconfianza mutua que generó el período de aislamiento. Como antecedente valioso está la determinación del líder libio desde 2001 por resolver sus diferencias con las potencias occidentales y desmantelar su programa de adquisición de armas nucleares. Gadafi condenó los atentados del 11-S y declaró que los Estados Unidos estaban en su pleno derecho de emprender represalias contra sus autores. Además, el libio entregó valiosa información acerca de Al Qaeda a los servicios secretos de los Estados Unidos.
Aunque Gadafi ha impuesto un sistema legal basado en las prácticas prescritas por el Corán y la Sunna (tradición del Profeta Mohamed y los ancestros), Libia no suscribe una interpretación integrista de la ley islámica. De hecho, Gadafi ha mantenido a raya a los grupos islamistas que cuestionan su visión particular del Islam. Tras un fallido intento de asesinato por parte de un grupo islámico libio en 1988, Gadafi ordenó un amplio dispositivo de persecución y hostigamiento a activistas islamistas y emitió orden de arresto a Osama Bin Laden.
Gadafi rechaza la democracia pluripartidista pero, a diferencia de otros líderes en países en desarrollo, se muestra favorable y abierto a la globalización y reconoce que Libia necesita cambios urgentes si quiere progresar. Además de dotarse de una Constitución, necesita diversificar su economía, reformar su sistema bancario, entrenar a hombres de negocios y desmantelar las empresas estatales ineficientes.
Sin embargo, comparada con otros Estados monopartidistas, Libia no aparenta hoy ser especialmente represiva. Gadafi goza del apoyo popular y a pesar de la falta de libertad de expresión y de prensa en el país, los ciudadanos libios no ignoran la realidad del mundo en el que viven. Al igual que ocurre en otros países del Magreb, incluso en los más pobres, prácticamente todas las viviendas tiene una antena satelital y el acceso a internet crece. De hecho, el propio Gadafi anunció un programa que ofrecerá computadoras conectadas a internet para niños escolares por 100 dólares.
Son muchos los que apuestan a que Libia no podrá concretar estos cambios hasta que Gadafi se aleje del poder y por ello ponen especial atención en cada gesto y declaración de su delfín, Seif al Islam. Sin embargo y a pesar de reconocer su valentía a la hora de denunciar la corrupción de muchos hombres del partido y por haber admitido que los médicos y enfermeras búlgaros recientemente liberados habían sido torturados, Gadafi cuenta con un carisma y una capacidad camaleónica para amortiguar los conflictos inherentes a un proceso de modernización. De ahí la paradoja a la que se enfrenta Libia: por un lado avanza hacia cambios importantes pero a través de un continuismo que permita alcanzar ese objetivo. No es sencillo pero tampoco imposible.
Libia tiene uno de los más altos PBI per capita de África y encabeza el índice de desarrollo humano en ese continente: eso la hace un destino atractivo para miles de emigrantes africanos. También se covirtió en la última década en país de tránsito para quienes sueñan con cruzar ilegalmente a Europa, principalmente a las islas italianas de Lampedusa y Sicilia. Esta situación provoca en los últimos años violentos enfrentamientos entre la población libia y los inmigrantes ilegales.
Se estima que en la actualidad existen un millón de inmigrantes subsaharianos en Libia, casi un 20% de la población del país. La Unión Europea ha propuesto planes para colaborar en la lucha con la inmigración ilegal (trámites de solicitudes de asilo, campañas educativas y de sensibilización social, desmantelamiento de mafias) pero los avances han sido escasos. El Consejo de Europa decidió levantar el embargo de armas a Libia pero se ha sabido que fue determinante la presión que ejerció Italia para poder suministrar material de vigilancia y control costero al gobierno de Trípoli. Si bien la "normalización" política con Europa todavía no terminó, hay asuntos de interés mutuo: el combate al terrorismo, las telecomunicaciones, servicios financieros, pesca y turismo.
Intereses varios
La visita que realizó el presidente Nicolas Sarkozy a Libia a fines de julio pasado, tan solo dos meses después de haber ganado las elecciones en Francia, evidenció el interés de ese país por beneficiarse del suministro de petróleo libio. Representantes de ambos países firmaron acuerdos de: asociación industrial y militar, cooperación en educación e investigación científica y un proyecto de energía nuclear. Sarkozy aprovechó la coyuntura favorable a Libia tras la liberación del personal médico búlgaro acusado de haber infectado a cientos de niños libios con el virus del sida y expresó su interés por ayudar a Libia a regresar al "concierto de naciones". En realidad, este tipo de acciones europeas demuestran el interés de mantener a Libia bajo la órbita de la UE, en especial de Francia, y evitar que el país magrebí se convierta en un satélite de Estados Unidos. La apertura europea hacia Libia no es gratuita.
La experiencia libia contradice en parte a quienes sostienen que la Administración Bush, con su política agresiva tras los atentados del 11-S, ha empujado a países como Irán o Corea del Norte a dotarse cuanto antes del arma atómica como garantía para no ser atacados. En todo caso parecería que la política contraria -renunciar a este tipo de arsenal y colaborar con Washington- puede reportarle a Libia importantes beneficios políticos y económicos. La decisión estadounidense de rehabilitar al régimen libio no ha sido ajena al interés manifiesto de las grandes compañías petroleras de Estados Unidos por las reservas de crudo libias.
Libia es el segundo mayor productor de crudo de África, con una producción actual estimada en 1,65 millones de barriles diarios y reservas comprobadas de crudo superiores a 39.000 millones de barriles, lo que equivale al 40% del total de las reservas de África. El gobierno libio espera aumentar su producción de petróleo hasta los tres millones de barriles diarios antes de 2015. De hecho, mientras no logre diversificar su economía, la supervivencia del régimen libio depende de su capacidad de producir más crudo y gas. Para que esto ocurra, Libia debe atraer más de 30.000 millones de dólares en inversiones y tecnología, existente sólo en Occidente.
Por ello el presidente libio necesita de aquí en más demostrar, por un lado, que está dispuesto a continuar en la senda de mejorar sus relaciones con las potencias occidentales y sus vecinos, y por el otro, encarar cambios drásticos en su política doméstica. Gadafi ya ha dado muestras de receptividad a los consejos de su hijo Seif, cuando éste le sugirió abandonar el programa nuclear. Ahora hace falta saber si arriesgará su liderazgo y responderá positivamente a las demandas de su hijo para introducir las reformas políticas que el pueblo y la economía libia exigen.
(*) Profesora de Estudios Árabes e Islámicos. Responsable Cátedra de Mundo Árabe e Islam, Universidad Católica del Uruguay.