BRIAN SCHWANER, AP
Nueva Orleans es mi ciudad natal. Y se está muriendo. Pese a miles de millones de dólares de ayuda, Nueva Orleans no se está reponiendo de los devastadores efectos del huracán Katrina.
Más allá de la algarabía del Barrio Francés, vecindarios enteros están en ruinas y el distrito comercial se resiente por la economía fragmentada. Miles de desamparados se han alojado en propiedades vacantes o dañadas por la tormenta, a unas pocas cuadras de la alcaldía.
Más de 160.000 residentes nunca regresaron. Para quienes se atrevieron a regresar, pocas cosas les ofrecen una sensación de normalidad.
Y para quienes pueden salvarla, Nueva Orleans es un lugar olvidado.
Es una desgracia nacional. La gente debería prestarle atención. Le puede suceder a otra ciudad.
Katrina se desencadenó el 29 de agosto de 2005 cuando inundó el 80% de Nueva Orleans y devastó las costas del Mississippi. La tormenta confirmó los peores pronósticos.
Los funcionarios locales, estatales y federales para situaciones de emergencia fallaron desde el principio, pero en el peor momento de la ciudad, una promesa presidencial ofreció un rayo de esperanza.
Apenas dos semanas después de Katrina, el presidente George W. Bush, en la desierta plaza Jackson frente a la majestuosa catedral de San Luis, prometió un esfuerzo masivo de reconstrucción.
"Cuando las comunidades sean reconstruidas deberán ser mejores y más fuertes que antes de la tormenta", dijo Bush. Poco antes, el presidente dijo a los voluntarios que el gobierno sería la solución y no el problema. "La burocracia no se interpondrá``, dijo.
Pero casi dos años después, Nueva Orleans no es mejor ni más fuerte, y la burocracia impide su recuperación.
Desde una ventana esmerilada de un piso 25 en el distrito comercial, puedo ver la ciudad carcomida en sus entrañas. Del otro lado de la calle, la Torre Dominion, que solía estar llena de oficinistas y comerciantes de categoría, está abandonada.
El adyacente Hotel Hyatt, donde se alojaban quienes asistían a acontecimientos deportivos como el Super Bowl o las finales del básquetbol universitario, también está vacío.
Hileras de vehículos blindados aguardan en una playa de estacionamiento cercano las escuadras de policías militares que patrullan los barrios violentos.
Lo que no se ve desde aquí son los baldíos donde muchos viven en remolques atestados o donde tratan de reconstruir sus viviendas como pueden.
La única atención que recibe la ciudad en estos días es como trasfondo para la campaña proselitista de algunos de los aspirantes a la Presidencia.
Entre los ciudadanos arrecia la indignación. El programa principal para ayudar a los propietarios de viviendas a reconstruirlas -un fondo de 8.000 millones de dólares con financiación federal, administrado por el estado- está quebrado y podría tener un déficit de hasta 4.000 millones de dólares. Hay escuelas públicas, estaciones de bomberos y de policía y rutas de tránsito cerradas. Los hospitales no han vuelto a su capacidad normal, y los que están abiertos dicen que pierden millones de dólares atendiendo a los pobres. Existe poca voluntad política para construir un sistema de diques para impedir las inundaciones que causó Katrina.
Las autoridades federales, estatales y municipales ni siquiera se ponen de acuerdo en las prioridades ni en la asignación de fondos a donde más se necesitan. El alcalde Ray Nagin, la gobernadora Kathleen Blanco y el director de recuperación en la Casa Blanca, Don Powell, se culpan mutuamente por las frustraciones. Incluso circulan algunos rumores entre los líderes del esfuerzo de rescate que los problemas de la ciudad han sido exagerados.
Y eso no es así de ningún modo.
La víctima perfecta
Si Katrina fue la tormenta perfecta, Nueva Orleans fue la víctima perfecta. La corrupción política e incompetencia del gobierno de la ciudad y una economía anémica tornaron la ciudad tan vulnerable al caos como los diques que cedieron.
Lamentablemente la situación ha empeorado, y muchos de los líderes con que Nueva Orleans debería contar se están alejando o se han visto envueltos en escándalos.
El representante demócrata William Jefferson fue acusado en un caso internacional de supuestos sobornos. Él lo ha negado. El senador republicano David Vitter se ha visto involucrado en un escándalo sexual en Washington. Ambos representan a Louisiana.
Aún el liderazgo emergente de la ciudad sufrió una conmoción cuando el concejal Oliver Thomas, a quien se consideraba uno de los elementos positivos en el esfuerzo de recuperación y alcalde potencial, se declaró culpable de cargos federales por soborno.
Por otra parte, el jefe de policía y el procurador general discuten mientras la ciudad padece una tasa de asesinatos que es la peor de la nación.
Incluso hasta el alcalde estaría por irse. Nagin está recaudando fondos para hacer campaña para otro cargo político, quizás gobernador o legislador. Pero con tres años todavía por delante como alcalde, la ciudad necesita su atención indivisa.
El presidente Bush, autodeclarado salvador de la ciudad, ha estado aquí 10 veces desde Katrina, la mitad de las visitas en las seis primeras semanas después de la tormenta. El último año, mientras se hacía patente el fracaso de la recuperación, Bush sólo vino dos veces. La ciudad ni siquiera obtuvo una mención en su mensaje anual a la nación en enero.
Muchas de las 270.000 personas que viven ahora en Nueva Orleans se preguntan: ¿se pueden gastar fortunas en Irak mientras la ciudad sigue devastada?
"No puedo creer que esto sea Estados Unidos y que después de tanto tiempo quede tanto por arreglar``, se lamentó Melanie Ehrlich, investigadora de la Universidad Tulane. "Es escandaloso, imperdonable``.
Es todavía peor.
No lejos de la casa de Ehrlich, la cuadra de la Avenida Paris a la altura del 6000 está desierta. La maleza semioculta las cadas averiadas. Símbolos grotescos pintados en las puertas enumeran lo que los socorristas hallaron cuando se retiraron las aguas.
El reverendo Jeremy Evans, de la Iglesia Bautista de Edgewater, lo comparó a presenciar el momento de vértigo y arrobamiento en que los fieles serán ascendidos a los cielos. Al igual que ese momento crucial, la gente aquí parece haber desaparecido.
La avenida Paris no es la excepción. Los vecindarios arrasados podrían pudrirse durante años a merced de burócratas aferrados a su burocracia.