FERNÁN R. CISNERO
No es que Truman Capote haya sido una persona confiable pero, después de todo, no hizo otra cosa que ser fiel a sí mismo en toda su vida, lo que no deja de tener su mérito. Fue un hombre con un insolente don para mentir y sin embargo siempre mantenerse tan sincero. Igual
El 30 de septiembre, Capote tendría que cumplir 83 años, si el 25 de agosto no hubieran pasado 23 años desde su muerte. Será recordado como uno de los tres grandes escritores estadounidenses del siglo pasado, sus aires de señora decadente, sus modales algo fallutos, una de las peores voces del mundo, una película famosa, un libro fundador de una buena parte de la novela estadounidense del siglo pasado, y como el tipo que organizó la mejor fiesta de su época, que no es poca cosa.
Su desplante a la clase alta estadounidense, una aristocracia sin corona que desprecia la traición, lo convirtió, con cierta justicia, en el primer anarquista frívolo; al menos desde Oscar Wilde. Era un papel que le calzaba a la medida y que ejerció con esmero y buena fortuna durante toda su vida.
Y además, vamos a decirlo, fue el mejor escritor de su promoción. Y no sólo por A Sangre fría, sino por una obra, breve eso sí, que deja una marca en sus lectores que siempre fueron muchos y lo quisieron bien. Como alguien dijo por ahí, habría que ver qué hubiera hecho de dedicarse más full time a la escritura y menos a esa cosa tan guaranga que parecía gustarle tanto. En su obituario, el New York Times dio a entender que tenía una facilidad natural para desperdiciar su talento.
Son detalles. En él quedó demostrado que la genialidad podía venir en forma de pequeño gnomo gay, perverso y capaz de vender a sus amigos por un párrafo de aquellos. De eso se alimentaba, de ir por la vida buscando la belleza y relatando el lodazal que encontraba en el camino. Lo hacía con unas cuantas frases de esas con las que uno aprende a ser una mejor persona. Sus libros aún mantienen ese hechizo.