THE ECONOMIST
Cuando la fifa decretó que los partidos internacionales no podrían jugarse a más de 2.500 metros de altura, a Evo Morales debe haberle gustado. Por primera vez, el presidente boliviano podría aplicar su genio para el gesto político en un tema que no divide a los bolivianos. Morales, un futbolista aficionado, se apareció en un partido en el estadio nacional de La Paz y fue vivado por casi todos los nueve millones de bolivianos. Citó la resolución de la FIFA como un ataque a su ventaja competitiva.
Muchos de los gestos de Morales en los 17 meses en los que asumió el gobierno como el primer presidente boliviano de ascendencia india fueron muchos menos aglutinadores. Su política más popular, la nacionalización del petróleo y el gas, irritó a gobiernos e inversores. La "revolución democrática" que prometió -una transferencia de riqueza y poder de la elite blanca y mestiza a los indios pobres de la zona andina- alarma a las prósperas provincias del este. Llamó a los medios su "principal adversario" y quiere que rindan cuentas al pueblo.
En definitiva, sus adversarios temen que Morales esté llevando al país por el sendero que su amigo cercano, Hugo Chávez, lleva a Venezuela: el "socialismo del siglo XXI" y un monopolio presidencial del poder. "Chávez es el dueño del gobierno boliviano", dice Jorge Quiroga, el líder del opositor Partido Podemos.
Chávez es claramente un aliado y una inspiración para Morales pero ¿eso lo convierte en un modelo? Sus consejeros insisten que no. "Es un error pensar que es una copia de Chávez", dice Pablo Solón.
Hay tres razones para pensar que tiene razón, aunque eso no descarta que Morales disfrutaría de un poco de poder absoluto. Primero, mientras Chávez es un ex militar que saltó a la fama por liderar un golpe de Estado fallido, Morales es el líder de los cocaleros y de una coalición de "movimientos sociales" radicales, cuyas protestas tiraron abajo a los dos gobiernos anteriores. Morales es hoy su líder indiscutible pero está claro que resistirán cualquier cambio que les sea impuesto desde arriba.
Segundo, Morales confronta a poderosos poderes regionales encabezados por gobernadores electos que se oponen a su plan de "refundar" Bolivia. Finalmente, aunque el gas natural está a buen precio, sus ingresos son más que modestos comparados con los miles de millones del petróleo venezolano. Bolivia no puede generar empleos y crecimiento sin inversión extranjera y privada. Venezuela es un show unipersonal, pero para gobernar Bolivia hacen falta alianzas.
El propio Morales parece inseguro de hacia dónde se dirige. Su pronta aceptación del patronazgo de Chávez alimentó las sospechas. En abril de 2006, Morales firmó junto a Chávez la "Alternativa Bolivariana para las Américas", un acuerdo de comercio y una alianza antiestadounidense que también involucra a Cuba. La ayuda venezolana no ha faltado. Paga por becas, una campaña para distribuir cédulas de identidad y los cheques que Morales que le reparte a los alcaldes para desarrollo local en el Altiplano. Se promete más ayuda para una red de radios comunitarias y la actualización del principal canal de televisión.
Morales tiene la misma habilidad de Chávez para subvertir a los centros de poder rivales, pero quizás no tanto talento como el venezolano. El último choque con el Poder Judicial, por ejemplo. Comenzó cuando el Tribunal Constitucional dictaminó que cuatro jueces de la Suprema Corte, temporalmente designados por Morales, deberían dejar sus bancas. Morales pidió la impugnación del tribunal. El poder judicial convocó a su primera huelga en la historia para resistir el intento del gobierno de "tirar el sistema judicial boliviano e implementar un régimen totalitario", decía una declaración de la Suprema Corte.
En enero, seguidores de Morales intentaron derrocar al gobernador de Cochabamba, la tercera provincia más poblada, por proponer un referéndum autonómico. Tres personas murieron en violentos choques. El incidente acercó aún más al gobernador a las cuatro regiones del este, que ya reclaman autonomía.
Estos arrebatos son parte de una revolución improvisada con metas inciertas. El vicepresidente, Álvaro García Linera, recientemente pidió una "ampliación de elites" y "lugar para desarrollo capitalista y poscapitalista". Lo que los opositores ven como un asalto a la democracia, para el gobierno es una purga de vestigios de tendencias antidemocráticas.
Una mayor claridad aportará la Asamblea Constituyente que está escribiendo una nueva Constitución (otro recurso utilizado por Chávez para consolidar su poder). El Movimiento al Socialismo de Morales propone redefinir Bolivia como un Estado "unitario, plurinacional y comunitario" que le dé su lugar a las 30 "naciones" indígenas. Esos grupos controlarían territorio y recursos naturales y estarían representados como comunidades en una legislatura unicameral, junto con ciudadanos individuales. La empresa privada será protegida cuando "contribuya al desarrollo económico y sociocultural". Un cuarto "poder social" vigilaría a los tradicionales poderes.
Eso tiene más un sabor a corporativismo que a democracia. La oposición objeta la división étnica de Bolivia y la abolición del Senado donde las provincias pequeñas tienen peso político. El MAS tiene mayoría en la Asamblea pero no los dos tercios que necesita para aprobar un nuevo texto constitucional.
El gobierno está dispuesto a negociar. Uno de los puntos que más le interesan es que pueda presentarse a la reelección el año próximo y después en 2013. Para eso hasta aceptaría las demandas de autonomía. Ese tipo de acuerdos no son tan raros en él. En enero, dejó una campaña para que la Asamblea apruebe artículos constitucionales por mayoría simple después de las protestas en el este. Con Estados Unidos hay tregua. Unos 40.000 empleos en las zonas pobres dependen de concesiones comerciales de Estados Unidos, que hasta deja pasar el entusiasmo de Morales por la coca. Hace poco, Morales inauguró la iluminación en un túnel carretero junto al embajador estadounidense. Eso es difícil de imaginar en Chávez.