CONSUELO BEHRENS DE ANTÍA
Es Imposible trasmitir lo que fue el regreso de Wilson aquel l6 de junio, y la profunda emoción que nos embargaba. Esa mañana en Buenos Aires el ambiente era de emoción y preocupación al mismo tiempo. En ese barco no sólo se embarcaba Wilson, su familia, sus amigos y colaboradores, la prensa; también se embarcaban nuestras esperanzas.
Al anochecer fuimos al puerto, era una noche horrible, con neblina y lluvia fina. Hacía mucho frío y Wilson estaba con fiebre.
Al llegar Wilson al puerto el alboroto fue tremendo, todos querían estar cerca de él, apretar sus manos. Los vivas y las bocinas de los autos estacionados a lo largo de la costanera competían con los cientos de banderas blancas y celestes movidas por el viento. Viendo a tantos uruguayos esperanzados que lo vivaban, Wilson subió a lo más alto del barco para despedirse, y la gente cantaba: "Vamos a volver al Uruguay para que vean/ que este pueblo no cambia de idea/ tiene la bandera de la libertad".
Adentro del barco había mucha gente: amigos muy allegados, prensa, dirigentes de Por la Patria, muchos jóvenes de las coordinadoras y periodistas extranjeros. Todos querían estar cerca de Wilson. La gente joven se quedó cantando en la cantina hasta tarde. Había alegría, mucha alegría.
De madrugada, al disiparse la espesa niebla, y ya en aguas uruguayas, nos vimos rodeados de una cantidad de embarcaciones de todo tamaño de la Marina. Cuando ancló una, pegada a nuestro buque, le contestamos todos con el himno cantado a viva voz, repitiendo como un desafío "tiranos temblad". Después de muchas negociaciones, y tras negarse Wilson a dejar el barco, quedó detenido en su camarote, con la desazón del resto de los pasajeros.
Al acercarnos al puerto fue la máxima emoción. Veíamos la muralla de contenedores sobre la escollera y el puerto, y arriba grupos de guardias apuntando con sus armas hacia los cuatro puntos cardinales. No querían que viéramos cómo todo Montevideo lo esperaba, pero igual llegaban los reflejos de los espejitos con que nos saludaban desde la rambla y las azoteas. Qué poder el que Wilson conquistaba con su personalidad, sus ideas, su carisma.
En medio de abrazos y lágrimas salieron Wilson y su hijo Juan Raúl, custodiados. Quedábamos muchos arriba y muchos más en tierra, pero estábamos solos. Se lo llevaron, pero nos quedó para siempre. ¡Qué privilegio! Su sonrisa y sus brazos en alto. (*) Consuelo Behrens de Antía, militante nacionalista, acompañó a Wilson en su viaje el 16 de junio.