La atracción de la pobreza

| Los chinos hacen turismo en Corea del Norte por los casinos y para ver cómo eran las cosas en su país hace 30 años.

Fiesta. El Arirang, destreza acrobática y patriota con la que los norcoreanos entretienen turistas. 400x400
Fiesta. El Arirang, destreza acrobática y patriota con la que los norcoreanos entretienen turistas.

THE ECONOMIST

Corea del norte verdaderamente merece su apodo, el reino eremita. Los visitantes son controlados con convicción y sólo un puñado de occidentales es admitido. Y eso que Corea del Norte necesita dólares, e intenta conseguirlos atrayendo a turistas chinos, que van por las apuestas, y por el bizarro encanto de una era pasada de fanatismo y privación que soportó alguna vez China. Nostalgia de cuando eran pobres.

Los norcoreanos saben cómo montar un buen show. En abril y mayo, no menos de 100 mil personas realizaron una serie de despliegues gimnásticos en el estadio 1° de mayo de Pyongyang, la capital. Hasta un centenar de turistas occidentales pudieron verlos (incluso estadounidenses, que siempre son mantenidos a distancia). A los visitantes chinos, el show, conocido como Arirang, les trajo nostalgias de extravagancias similares de los años de Mao Zedong. "Hoy dudo que podamos hacerlo", dice uno, no sin cierta melancolía. Los juegos olímpicos del año próximo en Beijing, sugiere, serán la excepción.

A fines de la década de 1990, los norcoreanos le permitieron a inversionistas desde Hong Kong a Macao para construir casinos en su mundo cerrado. Uno fue en Rajin-Sonbog, una fallido zona de inversión cercana a la frontera con China; el otro quedó escondido en el sótano de un hotel para extranjeros en Pyongyang. Corea del Norte reconoce, correctamente, que como el juego está prohibido en China, eso podría ser una gran atracción.

Para China, los casinos son demasiado populares, y tientan a los funcionarios corruptos. Hace dos años, China atacó el juego fronterizo -apelando a los vecinos a que cierren los casinos, prohibiéndole a las agencias de viaje ofrecer tours de apuestas restringiendo las visitas de funcionarios al extranjero- después que un funcionario presuntamente se hizo de cientos de miles de dólares de fondos oficiales y se los jugó en el casino de Rajin-Sonbong. Ahora está cerrado. El de Pyongyang todavía está abierto, pero está fuera del radio de los turistas de fin de semana. En estos días se ven pocos apostadores por allí, la mayoría turistas chinos apostándose unos pocos dólares para ayudar a paliar el tedio de incontables y atontadores tours por monumentos políticos.

Ni China, ni Corea del Norte publican cifras del turismo pero las medidas parecen haber tenido un costo. Un diario chino dijo que se habían perdido 20 mil empleos en Dandong, un ciudad fronteriza por la que los turistas chinos pasan cuando van hacia Corea del Norte en tren. El número de visitantes chinos a Dandong cayó hasta una cuarta parte de lo que supo ser en sus mejores años. En agosto, muchas agencias de viaje dijeron que Corea del Norte había dejado de aceptar visitantes chinos. No está claro por qué. Algunos hablan de inundaciones. Un periódico oficial dijo que se debía a que Corea del Norte había reducido su cuota anual de turistas chinos. Lo más probable es que se haya debido a la inusualmente áspera respuesta a las pruebas nucleares y de misiles. A comienzos de año las medidas parecieron aliviarse.

Lo que queda es un nicho de mercado para los curiosos. Para todas las similitudes ideológicas que pregonan, Corea del Norte y China son mundos separados. Los chinos que ya han viajado a otras partes de Asia, ahora visitan Corea del Norte por su rareza y por buscar un poco de aquello de lo que ellos escaparon desde que son vistos como una potencia mundial.

Los chinos más adultos que van a Corea del Norte encuentran impactantes puntos en común con la China de hace 30 años. La idolatría pública al líder norcoreano, Kim Jong Il, y a su difunto padre, Kim Il Sung, es similar al culto a Mao. La ideología oficial del juche (la autodependencia) tiene mucho en común con el aislacionismo de Mao. A los turistas chinos se les advierte, antes de salir, que eviten hacer comentarios sobre la política norcoreana y ser cuidadosos hacia dónde apuntan sus cámaras. Hubo un tiempo en que China era igual de quisquillosa.

Corea del Norte es tan cautelosa con los turistas chinos como con los occidentales. Como los occidentales, los chinos tienen guías asignados, cuya tarea es prevenir un contacto espontáneo con los transeúntes. Algunos guías señalan con desdén el socialismo chino. "China es tan sucio y tan caro, y no se para frente a los imperialistas estadounidenses", dice uno sin disimular su chauvinismo.

A los turistas chinos les encantan los celulares, así que suelen quejarse de que Corea del Norte no permite ingresar con teléfonos al país, ya que le espanta que salga del país información que no puede ser monitoreada. No hay acceso a internet ni en los hoteles más caros. Los norcoreanos autorizados a hablarle a los visitantes parecen no darse cuenta del disgusto de sus invitados ante esas privaciones. Fanfarronean de que la economía de Corea del Norte alguna vez estuvo mejor que la de China, particularmente en la década de 1960, cuando la gran hambruna. Una visitante china dice que su hermano viajó a Corea del Norte en aquellos años. Los norcoreanos no le permitieron intentar contactarlo.

Un agente de viajes chino dice que la pobreza es parte del encanto de Corea del Norte. Si Corea del Norte se volviera más rico, dice, perdería su ventaja comparativa. No es que sea un gran atractivo, aunque sí trae turistas.

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