ANTONIO ÁLVAREZ
EN la puerta de la Torre de las Telecomunicaciones, un grupo de funcionarios llamados "guardahilos" protestan porque quieren ser funcionarios públicos. El Estado les pide que concursen, pero ellos prefirieron instalar una carpa y declararse en conflicto. Eran los viejos telegrafistas (y los hijos de esos telegrafistas, herederos del cargo) que la tecnología dejó sin trabajo. Ahora ocupan un cargo al menos inquietante. Forman parte de una cuadrilla de funcionarios de tarea indeterminada: vigilan (de lejos) que la red telefónica no se rompa. Si no hay reclamos, no hay trabajo. Quieren cobrar por lo que no hacen.
Los funcionarios estatales reunidos en COFE protestan por aumento de salarios. Quieren sentarse a pensar con el gobierno la reforma del Estado. ¿La ciudadanía les paga para pensar la reforma del Estado? No, se les paga por trabajar.
El sindicato de policías propuso por tevé que los funcionarios muertos en acción sean compensados con las mismos criterios que el Poder Ejecutivo quiere disponer para los agentes fallecidos durante la guerra sucia. La propuesta gremial surgió a altísima velocidad, antes siquiera de que se encuentre una solución política a un problema bastante más complejo.
Son tres ejemplos del Uruguay que no quiere cambiar.
En esta edición de Qué Pasa publicamos una entrevista con Irma Leites, líder del grupo Plenaria Memoria y Justicia.
No la entrevistamos por su alta representatividad.
Ella misma admite que sus reuniones apenas alcanzan las 20 personas. A lo sumo, llegan a los 50 participantes.
No la entrevistamos por sus ideas innovadoras. Cuando se le preguntó cuáles son las tres primeras medidas que tomaría siendo presidenta, ella dijo: "tierra para el que la trabaja, socialización de los medios de producción y creación de una democracia amplia".
Leites no dice cómo llegar hasta allí. Al pasar, menciona que no será un camino pacífico.
Tampoco la entrevistamos por el apocalipsis que anuncia.
Irma Leites representa una cultura bastante extendida que se refleja en muchos episodios cotidianos de la agenda pública.
A fuerza de escraches y asonadas, Leites se abrió paso en esa agenda uruguaya.
En los próximos días, la jueza Aída Vera Barreto decidirá si ella debe ir a la cárcel por la supuesta participación en los disturbios durante la llegada de George Bush.
Leites podría ser procesada por motín o por instigación al delito. Sus ideas -odio de clases, igualitarismo mágico- son germen del pensamiento vivo de amplios sectores sociales.
Se ve en Antel, se ve en el gremio de estatales y de policías.
En un país que discute culpas del pasado (un demonio, dos demonios, 33 demonios, tres millones de demonios), los planteos de Leites son la prueba de que no hemos aprendido nada.
José Enrique Rodó -también protagonista de este número-se cansó de alertar a los uruguayos acerca de los peligros del Estado de Bienestar. Lo hizo en tiempos más favorables.
Casi nadie lo escuchó.
Para Rodó, Uruguay cometió el error de desentenderse del mundo y muchos de los fracasos posteriores de la sociedad uruguaya se explican por el autismo festivo de sus gobernantes.
¿Cómo se puede volver a un Maracaná en donde nunca fuimos campeones? ¿Apelando a la mística charrúa?
Es una pregunta que Rodó se hubiera hecho si viviera en el Uruguay del siglo XXI. A su manera, Irma Leites es la inesperada cómplice, el eslabón perdido, la prueba de sus advertencias.