GABRIEL SOSA
El miércoles 7 de marzo, en la madrugada, falleció Eduardo Darnauchans. Estaba internado en una casa de salud, triste, débil, quebrado tras la muerte de su esposa Patricia, apenas dos semanas antes. No fue suficiente el apoyo y la cercanía de sus amigos fieles de siempre para mantenerlo luego de ese último golpe.
En las pasadas tres décadas, Darnauchans fue creando una obra breve, delicada, profunda y de una poesía y una sensibilidad a contrapelo de cualquier corriente dominante. Hermano de Dylan, de Gainsbourg y de los trovadores medievales, Darnauchans nunca calzó bien en el Canto Popular de los `80, como no calzó bien en el rock de los `90 o en la actual movida de "supergrupos" masivos. Su música, y la poesía que la sustenta, es demasiado frágil y personal para sobrevivir en ningún ámbito más que el que le proporcionara el propio autor. Darnauchans sólo podía brillar en presencia del mismo Darnauchans, o de quien lo respetara profundamente.
De su vida quedan anécdotas, la mayoría de dolor y extrañeza. Dolor por su juventud en Tacuarembó, dolor por la persecución por sus ideas políticas, dolor por el acoso sufrido durante la dictadura (sus perseguidores nunca se percataron de que el cantante jamás se hubiera rebajado a dejar filtrar en sus letras algo tan poco personal y tan poco sutil como un ideario político), dolor por la pérdida de seres queridos. Extrañeza por un mundo ajeno al que veía cruel e inasible, por el que transitaba como un exiliado de un universo más amable, más sincero y más reposado. Un universo en el que su arte hubiera sido respetado y comprendido, y su figura entrañable, más querida.
En su sepelio, un par de centenares de personas acompañaron su cuerpo hasta el cementerio. El mismo par de centenares de personas que no acompañaron su ser vivo cuando murió Patricia. Ese fue su destino, ser reconocido por los restos y despojos de su dolor, más que por su propia alma sufriente.