Días sin Darno y el vuelo del Hombre Guillermo Baltar, periodista

Los uruguayos nos hemos ido acostumbrando a las pérdidas. A extrañar eso que nos hacía diferentes o que nos alimentaba de manera distinta. Parecería que la ausencia adquiriese una motivación única, una identidad revisitada de manera imprevista, ante el asombro de la pérdida. Para un país devastado culturalmente. Accionado por guetos o funcionarios asentados en sus privilegios. Por artistas accionados por el éxito impreciso, donde la vanidad ha adquirido un signo relevante e inocuo, dada la inestabilidad del medio. La ausencia de figuras singulares o la desaparición de estas marcan una frontera entre la banalidad del cotidiano y la profundidad e incertidumbre de caminos individuales. Un país de poetas que vive de espaldas a la poesía. Un país donde las estridencias superficiales tienen cada vez mayor arraigo. Darnauchans era un lujo para este país. Con él ha muerto no ya una estética, sino toda una Épica. Toda una manera de enfocar el compromiso artístico con la ética del hacedor. Sí el Uruguay fuese finalmente un país en serio. Si su población admirara las creaciones de sus más singulares interpretes, el mundo darnauchaniano hubiese tenido una comprensión mayor. Desde cierto punto de vista, el mundo del cantautor parecería ser exigente y lo era. Darnauchans era un hombre culto. Heredero del humanismo y del Siglo de la Luces. Del compromiso con su temperamento político. Era un maestro del arte de la sugestión y de la interpretación. Su manera de transmitir emoción en sus mejores años es inenarrable. En sus últimas actuaciones, algo de ello parecía aflorar en alguna interpretación. Se me ocurre que su decir en "De Corrales a Tranqueras" esa emoción volvía para rescatarlo, iluminándolo aún en sus peores días. Eduardo era un poeta que no necesariamente debía escribir poemas. La poesía le venía a través de su accionar y de su compromiso con el arte. Si el uruguayo medio no hubiese estado tan enceguecido en sus miserias, imbuido en la acotación de sus mundos, quizás hubiese podido disfrutar de ese espejo de sensibilidad, que en su viaje Darnauchans nos brindó a todos. Si el Uruguay fuese otro, Darnauchans hubiese tenido la proyección internacional que su obra merece. El respaldo de una sociedad que lo ignoró y lo denostó como un cantor depresivo, cuando en realidad era un buceador de la existencia. Al otro día de su entierro, al entrar a un cyber me lo encontré. Sentado, con su puño en alto a un lado del micrófono. En cada uno de los monitores, el Darno aparecía como fondo de pantalla. La encargada del lugar sabía que su ausencia nos empobrecería un poco más. Sé que Eduardo hubiese sonreído al verse. Así como lo hacía, cuando sentado en algún bar, se le acercaban jóvenes y les entregaban esquelas que él guardaba minuciosamente. La dimensión humana de Eduardo supera a su obra, aunque esta sea parte de ella. La búsqueda de la belleza era su constante, por eso la sed de sus conflictos. Darnauchans ha sido único. Su vuelo ha dejado herederos y una obra que integra el repertorio clásico de la música nacional.

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