Sábado | 24.02.2007
Montevideo, Uruguay | 07:20
 Que Pasa
Las cuentas que la horca intentó cobrarle al ex líder iraquí
Víctimas remotas del finado Sadam
Sintieron un olor desconocido. Después, vino el infierno. El gas mostaza cayó en la localidad kurda iraní de Sardasht en 1987.

ANGELES ESPINOZA, EL PAÍS DE MADRID

Un sol espléndido ilumina las montañas cubiertas de nieve que rodean Sardasht. Resulta difícil imaginar que aquí se vivió el infierno el 28 de junio de 1987. Ese día, la aviación iraquí bombardeó la ciudad con gas mostaza y cambió la vida de sus habitantes para siempre. La ejecución de Sadam Husein el pasado diciembre hace imposible la reparación moral que hubiera permitido un juicio, pero a punto de cumplirse 20 años de aquella tragedia, sus supervivientes quieren que se oiga su testimonio para que nunca se repita algo semejante.

"Apenas 110 personas fallecieron en el primer momento, pero cada año se suman de seis a diez más", explica Hosein Mohamedian, un ingeniero agrícola de 48 años, presidente de una ONG local que reivindica la memoria de los muertos y trabaja para mejorar las vidas de quienes quedaron marcados para siempre. El cementerio está en una colina desde la que se divisa Sardasht y se comprende enseguida que los gases quedaron atrapados en el valle tal como en una olla.

Llegar hasta la ciudad por carretera es mucho más difícil que bombardearla desde el vecino Irak, a diez kilómetros en línea recta. Tierra de kurdos y de contrabandistas, su carácter fronterizo hace especialmente sensible el viaje. Y el permiso que las autoridades iraníes exigen para salir de la capital a cualquier periodista extranjero necesita en este caso el visto bueno de la policía y del Ministerio del Interior.

Pero estos contratiempos son nada con respecto a la tragedia de 1987. "Cayeron cuatro bombas en el centro de la ciudad y otras cuatro en la vuelta", relata Mohamedian frente a la casa de la familia Narimaní, cuya destrucción aún da testimonio de aquella fatídica tarde. Nos paramos ante un edificio anodino donde estalló otro de los proyectiles. "Entonces estaba en construcción y al ver los aviones iraquíes, 18 personas se refugiaron en el hueco; murieron todos", comenta este hombre, que describió el horror en un libro titulado El olor desconocido. Una tercera bomba explotó frente a la sede de la Media Luna Roja, y la cuarta, ante una zapatería donde hoy se construye un memorial. Los recuerdos de aquel día siguen frescos. En especial el olor, ese "olor desconocido" que dio título al libro.

"No sentí nada especial, pero a los diez minutos me desmayé", declara otro sobreviviente, Mohamed Mamoudih. A partir de ahí convergen todos los relatos.

Poco a poco fueron manifestándose los síntomas. Picores, vómitos, ceguera. El rumor de que se trataba de un bombardeo químico se propagó a la vez que el centro de salud local se colapsaba. Una hora más tarde, los altavoces de la mezquita daban instrucciones para que la gente se bañara y se cambiara de ropa. "Nadie tenía máscaras, ni sabía que había que escapar hacia las zonas más altas. Como los efectos no fueron inmediatos, venían a curiosear. Si la policía hubiera acordonado la zona e impedido el paso, quizá no habría sido tan grave", lamenta Mohamedian. Su padre fue una de las primeras víctimas mortales.

Vivo era más útil

Existían equipos especiales para detectar sustancias químicas, pero no los teníamos en la ciudad", explica el médico Hasan Saghatforush. "El gas mostaza es un gas pesado, y como los kurdos llevan mucha ropa, lo había impregnado todo. Había que bañarlos, pero nos habíamos quedado sin agua. Tampoco había suficiente personal de apoyo".

Saghatforush atendió a mil personas en esas horas. Disponía de un traje NBQ y una máscara, pero tras siete horas poniendo inyecciones, el sudor empañaba el visor. "Tenía que pinchar a un niño y no le veía la vena. Me quité la máscara. Poco después, yo también sentí picor en los ojos y dificultades para respirar. Así que me autoinyecté". Todavía hoy tiene problemas de piel y de pulmón.

"En Teherán tenían miedo a tocarnos. Nos trataban como si tuviéramos lepra", dice Mamoudih. Aún se estremece al recordar el dolor que le provocaban las cuchillas con las que le limpiaban las llagas en el hospital Bagiatollah.

"Sufrimos toses permanentes y agotamiento físico", dice Farideh Shafei. Su hija Shahla siempre está enferma. "Le cuesta curarse de un simple catarro. Tiene problemas para dormir porque no respira bien. Y en los ojos. A mí me han hecho un trasplante de córnea". Mamoudih muestra sus brazos llenos de cicatrices. Mohamedian, Hasanpour y Saleh apuntan a la espalda, las piernas o las ingles. Todos tienen que usar antibióticos y cremas especiales. Saben que tendrán problemas de por vida, pero han aprendido a vivir con ello.

La tensión de los kurdos con el gobierno central iraní se evidencia de camino a ese pabellón deportivo. Un coche sin marcas policiales, pero que todos reconocen como de los servicios secretos, se acerca al grupo y pide los papeles de la extranjera. Tras examinar el permiso del Ministerio de Cultura, da las gracias y se va. "Tierra sobre su cabeza", espeta uno de los presentes, una expresión local para desearle la muerte

"El gobierno no nos ayuda lo suficiente", se queja Mehri Melkary. Por eso formaron la asociación hace cinco años. "Más importante que el apoyo económico es que otros piensen en nosotros, que se acuerden en el aniversario de las catástrofes, que sepamos que se preocupan de nosotros", subraya Mohamedian. El derribo y captura de Sadam les dio la esperanza de que la revelación de sus crímenes les sacara del olvido.

Todos se alegraron de que el dictador se enfrentara a un tribunal. "Igual que los iraquíes", precisan. Pero los decepcionó su ejecución.

"La condena a muerte no soluciona lo que hizo. Queremos acabar con ese tipo de mentalidad", declara Saleh. Esperaban haber llegado a ser parte en el juicio inconcluso por su campaña de aniquilación contra los kurdos.

Saber qué potencias la ayudaron porque él no produjo los gases por sí mismo hubiera sido un buen pretexto para mantenerlo vivo. "No tenemos pruebas, pero hay gobiernos que ayudan a empresas que fabrican armas químicas. Queremos una campaña contra estas armas", subraya Mohamedian.

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