POR MARTÍN ALONSO *
Ruta 1 kilómetro 54.500. El perfil sólido y mastodóntico del Penal de Libertad se ve desde varios kilómetros antes de arribar. "Llegamos", dice una señora a mi lado. El ómnibus, con decenas de personas que viajaron paradas, ingresa después de dos horas a un camino vecinal y a pocos metros se detiene en el único almacén de la zona, a un par de kilómetros de la puerta de entrada al Penal. La gente baja a dejar sus pertenencias, hacer las últimas compras o dejar dinero a cuenta para que, durante la semana, los presos puedan pedir por teléfono algo que les haga falta.
Media hora después, el ómnibus arranca nuevamente e ingresa al establecimiento a través de un arco que oficia de control de ingreso vehicular. Campo virgen a la izquierda y labrado a la derecha. "Ahí están parte de las barracas, donde estuvieron los Peirano", me dicen al verme novato, señalando un grupo de edificaciones lindantes al terreno cultivado. Un kilómetro después, nos detenemos en la zona de ingreso. Los familiares que ya conocen el procedimiento viajaron el último tramo parados al lado de la puerta del ómnibus. Cuando el vehículo para, salen corriendo a hacer la cola del registro: el que llega primero entra primero.
Bajo último y busco algún cartel que me indique qué hacer. Uno de mis compañeros de viaje me orienta: "Primero aquella cola para pedir el preso, la segunda cola es para registrarse, la tercera, ya con un número, es para que lo revisen a usted (nadie se tutea) y lo que trae". En los vidrios hay tres carteles colgados: uno dice que no se puede ingresar con filmadoras, cámaras de fotos o celulares, otro prohíbe el ingreso de prendas de color azul, verde o negro y el tercero impide el ingreso con zapatos de plataforma: según me dicen a mediados del 2006 alguien intentó ingresar un arma escondida en el taco de una sandalia.
Sin embargo, nada indica que no se puede llevar cartón en ninguna de sus formas aunque, por ejemplo, los conos de los rollos de papel higiénico son retirados en la revisión. Tampoco hay cartel que aclare que a los módulos no pueden introducirse productos para elaborar comidas que impliquen cocción, ya que se supone que los presos no deben tener nada para cocinar en la celda. Tanto las cajas de cigarrillos o tabaco, como las botellas de refresco, la yerba, los sobres de té, jugos y postres instantáneos deben estar cerrados de fábrica. Allí se encargan de abrirlos. Los yogures deben ser llevados en botellas de plástico transparente, los cuadernos no pueden tener rulos de alambre y las frutas y verduras no pueden ser más de cinco unidades.
En cuanto a la vestimenta permitida para los visitantes, la única advertencia visible es la del calzado pero los hombres tampoco pueden ir de bermudas, ni con musculosas o sandalias. Las mujeres no pueden llevar los hombros al descubierto, usar pollera muy corta o indumentaria que deje el vientre o la espalda al descubierto.
Los familiares novatos en estas lides descubren todas estas reglas recién cuando llegan al mostrador de revisión. Si hay algún problema con las prendas que visten, pueden desandar los dos kilómetros hasta el almacén, donde les alquilarán la ropa adecuada. La peor parte es cuando el único recipiente en el que llevaron las provisiones es una caja de cartón, por lo que a la caminata se sumará la carga de los alimentos.
Una hora y media después de entregar mi cédula, llega mi turno. El clima en la revisoría es frío pero amable. Le pregunto al guardia que va a revisar lo que traje por qué no hay carteles que anuncien qué puede llevarse y qué no. "El problema - me dice- es que cuando hay un cambio en el equipo de Dirección de Cárceles o del Penal también cambian las reglas. No nos dan tiempo a hacer ningún cartel", se excusa como si las autoridades cambiaran todas las semanas.
Alguien me regala una bolsa de nylon para pasar el kilo de yerba y los cigarrillos que llevo para el preso que voy a visitar. El policía echa todo el contenido del paquete de yerba dentro de la bolsa. Abre la caja de cigarros y le retira la parte superior.
Luego me revisan en una cabina cerrada. Pregunto qué hacer. "Sáquese los zapatos y el pantalón", me dice el guardia. Mientras los revisa, me pide que suba la camisa, baje el calzoncillo, abra las piernas, levante los testículos, me dé vuelta y abra las nalgas. "Gracias", me dice y me devuelve el pantalón.
Marito y el patio
El lugar de visita asignado es el mismo patio donde el 7 de enero actuó La mensajera, la murga del penal. Luego de esa presentación, uno de sus integrantes -Mario "Marito" Soria- , fue asesinado por otros reclusos. Es un patio abierto de 20 por 30 metros, con césped recién cortado, hamacas en el medio y diez mesas de hormigón con sus respectivos bancos alrededor.
En todo el perímetro, los presos y sus familias improvisan carpas con sábanas o mantas para soportar el sol del mediodía. El ruido del golpeteo y el griterío que viene de los módulos es fuerte. Me dicen que es así todo el día. Imagino lo que debe ser estar parado en el centro de ese bullicio. El patio abierto linda con otro cerrado, más pequeño, donde se encuentran los baños donde mataron a Soria.
"Marito" era un preso querido por el resto de sus compañeros. Si bien era un referente, no tenía el físico para ser considerado uno de los "pesados" dentro del Penal. Su lugar lo había ganado por dar la cara por otros y evitar algunos abusos habituales entre la población carcelaria. Luego de su reingreso a Libertad, recorrió diferentes módulos.
Durante el último tiempo estuvo en el D, donde la mayoría de sus ocupantes provienen del Cerro, aunque Soria era de Casabó, el barrio vecino. A pesar de que mantenía buenas relaciones con todos, en un momento pidió traslado para el módulo F, argumentando que quería evitar las "tumbereadas", tal como se conoce en la jerga carcelaria a los líos entre reclusos.
Tiempo después, el módulo F fue destinado a presos cuyos delitos tuvieran relación con el narcotráfico (los "narcos"). Soria quedó como "fajinero", el preso que, por su buena conducta, es de confianza y se encarga de llevar la comida a las celdas, colgar la ropa en las cuerdas de los patios internos y hacer las llamadas que los presos necesiten, cuya autorización depende de la guardia correspondiente.
A pesar de encontrarse en otro sector, compartía la visita semanal con sus amigos del módulo D (no todos los módulos tienen visita el mismo día). El domingo 7, La mensajera actuó en todos los patios de visita porque era el día posterior a Reyes y había más niños de lo habitual. La última función fue en el patio que le correspondía al sector D. Cuando Soria finalizó la presentación, sus amigos del Cerro le ofrecieron una mujer dispuesta a tener relaciones con él en el baño. "Marito" entró con ella y atrás los asesinos, quienes le asestaron más de 30 puñaladas.
El baño cubierto de sangre quedó más de una semana en ese estado. Tanto los sanitarios como los patios para las visitas son limpiados por los presos que esperan familiares, pero en este caso, ya sea por temor, cábala o respeto, nadie quiso lavarlo. Unos días después, en otro patio, apareció un cartel escrito en una cartulina escolar. Además del texto, tenía un dibujo: un sol en un extremo, en el otro un árbol y en el medio un hombre que, mientras liberaba una paloma con una mano, con la otra palmeaba la cabeza de un niño. El texto en cursiva decía "Mario Soria, 7/01/07. Aunque encuentre (sic) tu destino, gracias por haber marcado el camino".
En los módulos
Trato de entrar al baño pero apenas llego un preso me dice que está ocupado. Hay un mameluco color naranja colgado sobre la puerta. Vuelvo una hora después; la puerta sigue cerrada, la prenda ahora es una remera y el guardia es otro preso. Un grupo de reclusos entra al patio: todos están con sus mamelucos puestos y se reúnen con sus familiares. Uno queda solo mirando hacia todos lados: es el mío, por decirlo de alguna manera.
Lo llamo, me presento, llama a otro y me invitan a sentarme en un lugar que otro preso les había dejado reservado con una frazada. "Es mentira lo que dijeron de que acá están los presos más peligrosos del país. Fijate que yo soy preso viejo, tengo varias canas y 15 años acumulados y si queda un lugar en mi celda o en cualquier otra del módulo, es usual que traigan pibes de 18 años, que no tienen delitos de sangre y se mandaron alguna cagada en Santiago Vázquez. Como vienen castigados les dan una visita a los familiares y después quedan en la celda sin salir a veces durante 60 o 90 días. Los tiran acá por dos, tres, cuatro años". Hace una pausa y agrega: "Ya pasaron dos años de gobierno, ¿dónde están los que iban a tratar de recuperar presos? A esos botijas los hacemos más chorros de lo que entraron".
Muchos de los reclusos más jóvenes ingresaron por delitos asociados al consumo de pasta base. La única estrategia que se desarrolla para combatir la adicción es la abstinencia. Si bien la institución estatal de recuperación de adictos, Portal Amarillo, utiliza el sistema de sustitución de drogas, administrando marihuana para combatir los efectos de la abstención, encontrar dicha droga en alguna requisa del Penal es considerado falta grave, sin atenuantes, y su castigo más leve es privar al preso responsable de salidas al patio por 30 días.
Actualmente, la mayoría de los reclusos del Penal de Libertad están alojados en los módulos de acero importados de Estados Unidos luego del último gran motín, ocurrido en 2001. La población de mayor confianza está en barracas donde tiene actividades como un taller de calzado o trabajos agrícolas. El resto de los presos está alojado en cuatro módulos grandes (A, B, C, D) de 42 celdas, tres presos por celda y dos módulos pequeños (el E y el F) de un tercio de esa capacidad. El C, también conocido como el de "seguridad", es donde están los reclusos que han tenido problemas graves con otros presos o que podrían tenerlos por ser violadores o asesinos de niños. De los módulos chicos, en el E están aquellos presos considerados de máxima peligrosidad. En el F se encuentran los llamados "narcos".
Entre los módulos hay un pasillo conocido por los reclusos como "el acecho". Con el pretexto de ir a buscar los tachos de la comida dejados allí por los fajineros de la cocina, los presos de diferentes sectores que tienen problemas entre sí arreglan con la guardia para que los dejen encontrarse en ese punto.
Al fondo del Penal, una edificación oficia de lugar de castigo: "la isla". Allí son enviados, por cortos períodos, los presos con sanciones graves y es donde viven siempre presos de máxima seguridad que, por distintas razones, no tienen cabida en el módulo E como Néstor Peña Otero, alias "Rambo".
Los reclusos de todos los módulos tienen tres horas de patio de lunes a viernes y el resto del tiempo están encerrados en una celda de cuatro por tres metros. Únicamente los reclusos autorizados pueden recibir materiales para hacer manualidades o artesanías. En ninguna celda puede haber algún elemento para cocinar aunque algunos se las arreglan para improvisar hornallas con un ladrillo surcado al medio y una resistencia.
La teoría del motín
La solución que el gobierno actual anunció para el problema de alojamiento de presos es reparar el penal viejo, creando así por lo menos 700 nuevas plazas. La población actual del Penal (incluyendo las barracas, los seis módulos y "la isla") es de aproximadamente 650 presos.
El sistema de módulos instrumentado durante la administración del ex director de Cárceles, Enrique Navas, posibilitó un sistema de administración carcelario moderno, separando la población de reclusos, haciéndola más manejable en caso de motín y permitiendo un mejor control de sus ocupantes.
Hoy en día, los módulos de acero tienen deterioros por problemas de construcción o falta de mantenimiento. Una de las teorías conspirativas que los presos manejan es que se está facilitando un motín para que el deterioro sea encubierto con la destrucción y así realojar toda la población de los módulos en el edificio viejo.
En caso que se duplique la población actual, nadie dice si se instrumentará algún sistema que transporte a los familiares en forma gratuita. El soporte afectivo y en alimentos que implica la visita semanal no sólo ayuda a las autoridades carcelarias como sistema de contención sino también en lo económico, proveyendo a los presos de la comida que el Estado no está en condiciones de aportar.
La única empresa de transporte que hace el servicio entre Montevideo y el Penal de Libertad es CITA. El pasaje cuesta 100 pesos. El domingo 14 de enero, la empresa puso dos ómnibus para el traslado de familiares a la visita en el servicio que llega al penal a las 8 horas, y otros dos en el que arriba a las 10. Pero a la hora en que finalizó la visita, en la puerta sólo había dos ómnibus -y no cuatro-, por lo que más de la mitad de los pasajeros, en su gran mayoría mujeres y niños, debieron viajar los 56 kilómetros de regreso parados. Es la ventaja de tener un público cautivo.
Antes de irme, mientras termino de conversar con el recluso, una mujer policía se acerca al tejido y grita los apellidos de aquellos a los que les corresponde la visita conyugal. Varias parejas se aprontan con un atado de frazadas abajo del brazo y un grupo de niños aguarda que las hamacas se desocupen.
Cuando me voy, el ómnibus está esperando con el motor prendido y la puerta abierta. Regreso parado. La gente me mira. No piden nada. Sólo me miran.
* El colaborador escribe bajo seudónimo por razones plenamente justificadas.