Sábado | 06.01.2007
Montevideo, Uruguay | 23:01
 Que Pasa
Muerto el perro, continúa la rabia | A lo mejor se apuraron
Saddam encontró el nudo de su destino
Cuando sobre el final de año la justicia iraquí, apadrinada por Estados Unidos, ahorcó a su ex dictador, pocas esperanzas se abrieron para la pacificación.

EL PAIS DE MADRID

La trampilla de madera se abrió y el cuerpo de Saddam Hussein, de 69 años, cayó como un fardo. Su muerte fue instantánea tras el crujido de las vértebras. Son palabras de Sami al Askari, que estuvo presente en la ejecución en representación del primer ministro de Irak, Nuri al Maliki. Eran las 6.10 en Bagdad.

"Esta página negra ha pasado. Saddam se ha ido. La era Hussein se acabó para siempre", dijo Mowalffak al Rubaie, asesor de Seguridad Nacional de Irak y uno de los hombres fuertes del gobierno. Todo el proceso -desde que los estadounidenses traspasaron al reo a las autoridades iraquíes- fue filmado y las imágenes se emitieron después por la televisión local. Maliki, que es chiita y dirigente del partido An-Dawa, uno de los que sufrió el peso de la represión de la dictadura, defendió el ahorcamiento, en el que se empleó la misma soga que el régimen de Saddam utilizaba con sus víctimas. "Tuvo un juicio justo como nunca se había visto en la historia moderna de Irak. Saddam ha recibido lo que se merecía". Más adelante, en el mismo comunicado escrito, Maliki, tendió la mano a los sunitas: "Pido a todos los que fueron manipulados por el régimen anterior que reconsideren su posición. Las puertas están abiertas para cualquiera que no tenga sangre en sus manos y quiera participar en la reconstrucción de Irak".

Una solución inútil

Pocos esperan que la muerte de Hussein sirva para frenar la violencia o represente un golpe psicológico para la resistencia o para la minoría árabe sunita a la que pertenecía. La insurgencia hizo explotar un rosario de coches bomba en Bagdad, Mosul, Kufa y Nayaf. Cuando en julio de 2003 murieron en Mosul los hijos del dictador, Uday y Qusay, la Casa Blanca se apresuró a presentarlo como un hito en la pacificación del país, pues el Ejército estadounidense les otorgaba un papel relevante en la incipiente resistencia. No fue así. Pocos piensan que ahora, con la muerte de Saddam Hussein, sea diferente. Ni siquiera George W. Bush, el gran impulsor de la guerra, que reconoció que la muerte de su viejo enemigo "no acabará con la violencia en Irak".

La ejecución del hombre que gobernó Irak con mano de hierro durante 24 años, firmó numerosas sentencias de muerte y provocó guerras con Irán y Kuwait con cientos de miles de muertos, se produjo en la antigua sede de la Inteligencia Militar, en el barrio de Qadhimeya, al norte de Bagdad, reconvertida desde 2003 en una base estadounidense llamada Campo Justicia.

Saddam Hussein llegó al lugar donde estaba dispuesta la horca antes de las seis. Vestía de negro y llevaba en la mano un ejemplar del Corán. Aunque rechazó la presencia de un clérigo repitió las palabras de aceptación de la fe: "Dios no hay más que uno y Mahoma es su Profeta". El ex dictador parecía sereno, dispuesto a transmitir una última imagen de valentía, lejos de las humillantes de su captura a finales de 2003 en Tikrit.

Uno de los verdugos, enmascarado para proteger su identidad, le explicó el procedimiento a seguir. Le colocó un pañuelo negro alrededor del cuello. El ex dictador dejó hacer al ejecutor pero rechazó después la capucha. "No, está bien. No necesito eso", dijo. A su lado se encontraba Rubaie, con quien departió brevemente. "Me dijo que estuviera tranquilo", explicó después el asesor de Seguridad.

Rubaie dijo que la ejecución se había desarrollado sin la presencia de un solo estadounidense, ni siquiera en el edificio. "Ha sido una operación 100% iraquí", explicó. Hussein le entregó el ejemplar del Corán indicándole que se trataba de un regalo para el hijo de Awad al Badar, antiguo presidente del Tribunal Revolucionario y también condenado a muerte en el caso Dujail, y cuya ejecución junto al otro condenado, Barzan Hasan, ex jefe de los servicios secretos, será en enero. Rubaie tomó nota de la petición del reo y recogió el libro sagrado. Las últimas palabras de Saddam fueron una proclama pensada para los libros de Historia: "Alá es grande, larga vida a los muyaidin, iremos al paraíso y nuestros enemigos al infierno. Larga vida a Irak".

Los verdugos bajaron el cuerpo, los médicos certificaron su fallecimiento y envolvieron el cadáver con un sudario blanco. En una de las imágenes distribuidas por la televisión iraquí, se ve la cabeza de un Saddam muerto girada en posición antinatural. Rubaie reconoció que se desató la euforia y que algunas personas, incluidos los verdugos, danzaron alrededor del cadáver, pero sin mancillarlo. "Lo lavaremos, amortajaremos y colocaremos en un féretro islámico. Alguien de la comunidad islámica rezará unas oraciones y será enterrado según las normas de la religión", añadió. Según la tradición islámica, el entierro debe producirse en menos de 24 horas.

Uno de los testigos invitados a la ejecución, y cuyos familiares fueron asesinados en Dujail en 1982, dijo: "Cuando vi el cuerpo en el féretro, lloré. Recordé a mi padre y tres hermanos". Muchos kurdos destacan, en cambio, su decepción, de que el dictador muera sin recibir una condena por la matanza de Halabya en 1988, cuando las tropas de Hussein lanzaron gas mostaza sobre una aldea kurda matando a más de 5.000 civiles.

Las horas anteriores a la ejecución fueron confusas. Los abogados defensores realizaron un último movimiento: solicitar a la Corte de Distrito de Estados Unidos la paralización del proceso y de la entrega del reo a las autoridades iraquíes. El argumento era que su muerte interferiría en las demandas civiles aún pendientes. La jueza estadounidense Kathleen Kollar-Kotelly se declaró incompetente por falta de jurisdicción. El primer ministro Maliki solicitó el dictamen de una autoridad religiosa sunita sobre la conveniencia de que la sentencia se cumpliera en vísperas de la importante fiesta de Eid el Ada, que coincide con la peregrinación a La Meca. Maliki también se reunió con las autoridades estadounidenses en Irak. Además del problema político, o de los detalles del entierro, había una cuestión legal que resolver. La ley iraquí no permite llevar a cabo las ejecuciones en las festividades. La alternativa era esperar cuatro días más, al final del Eid el Ada. Se optó por no prolongar el asunto y evitar que fuera utilizado por la insurgencia. Uno de los abogados defensores de Hussein, Esam al-Gazawi, fue muy expresivo al respecto: "Nadie sabe lo que va a pasar. Sólo Dios y Bush lo saben".

El juez Monir Haddad, uno de los tres magistrados que componen la Corte de Apelaciones que el martes confirmó la condena a muerte, explicó que "Saddam no era sunita. Y no era chiita. Tampoco era musulmán". Otras fuentes sostienen que la fecha estuvo perfectamente elegida, un día en el que los musulmanes de Irak y del mundo están más ocupados en celebrar la fiesta del cordero que en atender las consecuencias de lo ocurrido en Campo Justicia de Bagdad.

Un mártir

Razones legales y humanitarias se mezclaban en los argumentos que, para oponerse al ajusticiamiento, aducían las organizaciones de defensa de los derechos humanos y la mayoría de los gobiernos del mundo -a excepción del de Estados Unidos-. Dada la grave situación que vive el Irak post Saddam y los errores cometidos durante estos tres años y medio de ocupación, es preciso preguntarse por las consecuencias que tendrá el cumplimiento de esa polémica sentencia.

El que Saddam Hussein haya subido al cadalso no va a solucionar los problemas de Irak. Nadie espera que vaya a tener impacto alguno sobre su vida cotidiana, sacudida por la violencia que desde hace seis meses deja un centenar de muertos por día. De hecho, las reacciones que provocó la emisión televisiva de las primeras comparecencias del dictador ante el tribunal fueron cediendo paso a la indiferencia a medida que avanzaba el juicio. Hoy, ni siquiera se debate si su muerte contribuirá a reducir la violencia, sino si va a agravarla. "Nada más ejecutarlo puede que se produzca un aumento de la violencia terrorista por parte de sus seguidores", admitió el ministro iraquí de Exteriores, Hoshyar Zebari, haciéndose eco de un temor muy extendido. No obstante, Zebari, que perdió tres hermanos a manos del régimen, se declaró convencido de que el cumplimiento de la sentencia "desmoralizará definitivamente a sus simpatizantes" y que incluso "puede ayudar a reducir el actual nivel de violencia a largo plazo".

Los árabes chiitas, los kurdos y otros grupos que siempre vieron a Saddam como un monstruo se ratificarán en su convicción. Aquellos árabes sunitas que se beneficiaron de su régimen, o aquellos a quienes la ocupación hizo salir de la indiferencia política, vivirán ese momento como una nueva humillación. Por mucho que la imagen del dictador quedara dañada con su captura y su peso en la insurgencia sea despreciable, su conversión en un mártir, tal como él mismo se ha calificado, sólo reforzará a sus partidarios.

Las críticas de las organizaciones de derechos humanos abundan en que el juicio a Saddam, en lugar de servir para curar heridas, las avivó. Por un lado, estuvo muy lejos de ser un modelo de justicia que sirviera de escaparate del prometido, pero no alcanzado, nuevo Irak democrático. Por otro, resulta paradójico que la condena se haya producido por un crimen menor -el asesinato de 148 chiitas en Dujail en 1982- frente a otros mayores. "Nuestro respeto por los derechos humanos nos obliga a llevar a cabo la ejecución", declaró el primer ministro, Maliki, al día siguiente de conocerse el rechazo a la apelación presentada por los abogados de Saddam. La realidad es que las reacciones de los iraquíes sobre el destino de su ex presidente traducen la fragmentación del país. Y, tres años después de su captura, la inestabilidad que ha sustituido a su régimen está eclipsando los desmanes del dictador.

Los crímenes impunes

De no haber sido ahorcado, el dictador se hubiera sentado otra vez en el banquillo de los acusados el 8 de enero, fecha prevista para la reanudación del juicio por la campaña de Al Anfal. Hussein fue ejecutado por los crímenes de Dujail porque el proceso por esta matanza de 148 aldeanos fue el primero en acabar. Pero en la lista de los casos pendientes había más acusaciones, y a menudo mucho más graves, en cuanto al número de víctimas. Lo que sigue son algunas de las acciones más mortíferas atribuidas a Saddam.

Campaña de Al Anfal

La fiscalía calcula que entre 1986 y 1988, 182.000 civiles kurdos murieron víctimas de desplazamientos masivos, ejecuciones y matanzas en la llamada campaña de Al Anfal, que persiguió a los kurdos del norte al sur del país. Si el proceso hubiera terminado antes de su muerte, Saddam hubiera podido ser reconocido culpable de genocidio.

Guerra contra Irán

Las autoridades iraníes acusan a Hussein de crímenes contra la humanidad y genocidio en la guerra entre ambos países, que se cobró la vida de un millón de iraníes e iraquíes entre 1980 y 1988, según las estimaciones.

Matanza de los barzani

Saddam fue acusado de ordenar la ejecución de unos 8.000 kurdos de la tribu barzani en 1983, a la que pertenece el actual presidente de Kurdistán, Masud Barzani.

Gaseo de Halabja

En 1988, durante la guerra contra Irán, la aviación iraquí disparó sobre la localidad kurda de Halabja -noreste de Irak- una serie de agentes químicos. El bombardeo, en el que murieron unas 5.000 personas, es considerado el mayor ataque con gas contra civiles iraquíes.

Invasión de Kuwait

Irak invadió Kuwait en 1990 y lo ocupó durante siete meses. En su acto de acusación, las autoridades kuwaitíes pidieron la pena de muerte contra Saddam Hussein por los crímenes perpetrados en el país.

Represión del levantamiento chiita

En 1991 Saddam Hussein masacró a decenas de miles de soldados y civiles chiitas, después de que se levantaran contra el régimen tras el fracaso de la guerra contra Kuwait.

Ejecuciones de dignatarios chiitas

Decenas de líderes religiosos chiitas fueron detenidos y supuestamente ejecutados, sobre todo en 1974 y 1999.

 Utilidades
Imprimir
Enviar
Títulos
Ranking
Tamaño
 ASISTENCIA AL USUARIO | 903 1986  ..........................................................................................
 CLASIFICADOS | 400 2141 - 131  SHOPPING EL PAIS | 903 1986
 REDACCION IMPRESA | 902 0115  REDACCION DIGITAL | 902 0115 int 440
 PUBLICIDAD IMPRESA | 902 3061  PUBLICIDAD DIGITAL | 900 2338
Zelmar Michelini 1287, piso 4, CP. 11100, Montevideo, Uruguay | Copyright © EL PAIS S.A. 1918-2006
Miembro de GDA, Grupo de Diarios de América
Powered by ANTELDATA
Medición de Tráfico
Certifica.com