Sábado | 16.12.2006
Montevideo, Uruguay | 23:21
 Que Pasa
Herbert Matthews, de periodista estrella a periodista estrellado
Como que me llamo Fidel Castro
Un enviado del Times convenció a Estados Unidos de que la revolución cubana no sería comunista. Eso trajo la caída del dictador Batista... y la llegada del comunismo.

ANTONIO MERCADER

HOY POCOS LO RECUERDAN, pero cualquiera que se iniciara en periodismo a comienzos de los años 60 conocía el nombre de Herbert Matthews, el primer periodista que entrevistó a Fidel en Sierra Maestra. Aquella entrevista sensacional, publicada en febrero de 1957, probó ante el mundo que el puñado de rebeldes y su líder habían sobrevivido al acoso de las tropas del dictador Batista tras desembarcar del Granma semanas antes. El efecto del artículo y la foto de Fidel en la portada del New York Times fue tal en Cuba y Estados Unidos que muchos -incluido el Che- calificaron la publicación como "la primera gran victoria de la guerrilla". En adelante, el nombre de Matthews se ligó -para bien y para mal- al de Fidel, quien luego supo agradecerle su rol de "padrino de la Revolución"con homenajes y una condecoración.

La saga de Matthews en las montañas de Oriente y los peligros que sorteó para hallar a Fidel convalidaron la imagen del corresponsal de guerra en boga por aquellos tiempos. Matthews daba la talla. Miembro de la elite cultural neoyorquina, liberal, hombre de letras y aventurero capaz de arriesgar la vida por una primicia, había ganado fama con su cobertura de la invasión italiana a Abisinia y con sus partes sobre la Guerra Civil Española.

Esa historia de auge y caída de un periodista es la que narra Anthony De Palma en El hombre que inventó a Fidel (*), libro que, además de relatar la epopeya de Matthews desde el éxito hasta su triste final, revela detalles de las relaciones en el triángulo Matthews-Times-Fidel que suscitan reflexiones sobre la ética periodística.

"Un hombre fuerte, de un metro ochenta, tez aceitunada y con barba abundante... llevaba un uniforme de campaña gris verdoso y un rifle con mira telescópica del que estaba muy orgulloso". "Su personalidad es arrolladora, es fácil ver que sus hombres le adoran... Es una persona educada, un fanático comprometido, un hombre de ideales, valiente y con dotes de mando... Da la impresión de ser invencible". Así se presentaba a Fidel, jefe de un nutrido grupo de guerrilleros, la portada del New York Times del domingo 24 de febrero de 1957, junto a una foto en donde posaba, rifle en mano, con aire juvenil y gesto resuelto. Mattews quedó flechado con él apenas lo conoció y le oyó decir que "luchaba por una Cuba democrática y por el final de la dictadura", lo que incluía llamar a elecciones libres para formar nuevo gobierno.

Matthews vio en él a un socialdemócrata y así lo describió según De Palma, quien explica que Castro fue maestro en entender "el poder de la imagen, el primero en ganar una guerra con propaganda", un manipulador de periodistas norteamericanos a los que sabía engatusar haciéndoles creer que podían ser sus mediadores ante el gobierno de Estados Unidos. En esa primera entrevista, Fidel habría estrenado sus dotes de seductor de corresponsales, arte que luego perfeccionó en casos tan sonados como el de la estrella de TV, Bárbara Walters.

El primer artículo de Matthews (habría dos más en días siguientes) impactó no sólo entre la gente sino en las altas esferas. De Palma afirma que el Departamento de Estado y el FBI absorbieron las impresiones del periodista y modificaron la postura de Washington hacia Batista. Si hasta entonces el gobierno estadounidense le daba apoyo al tirano, en adelante se lo retiró gradualmente. Así de fuerte era la influencia del Times y su hombre, quien era además editorialista del diario, algo inédito en la tradición anglosajona.

El golpe de gracia llegó en 1960 cuando Fidel juró lealtad al marxismo-leninismo, lo que dejó en blanco a Matthews, garante de la fe democrática del cubano. Dice De Palma: "Exultante por el triunfo de Castro, en el cual podía jactarse de haber contribuido, él perdió la objetividad periodística". Tan fue así que escribió editoriales justificando el paredón y la cancelación de las elecciones. De Palma explica que en la Guerra Civil Española, al igual que su amigo Hemingway, Matthews simpatizó con los derrotados republicanos. Esta vez, con Fidel había elegido el bando ganador.

La crisis de los misiles en 1962 y la transformación de Cuba en satélite de la política soviética, aplastaron a Matthews y a su diario bajo un alud de críticas y mensajes dirigidos irónicamente al "camarada Herbert". En esos días la publicidad del Times exhibía a personas satisfechas con el empleo obtenido gracias a los avisos publicados en sus páginas. Una caricatura de Fidel en el Nacional Rewiew ganó fama con esta leyenda: "Yo también conseguí mi empleo gracias al New York Times".

En días aciagos, Matthews hallaba refugio en Cuba donde era tratado "como un héroe", con acceso al elenco gobernante, incluido Fidel. Pero éste empezaba a molestarse con las frecuentes visitas del neoyorquino al punto de decir que estaba "cansado de ese viejo que siempre me está dando consejos y que cree que es mi padre". Entonces, Matthews sostenía la tesis de que Fidel era un camaleón político, que "podía cambiar de piel" para sobrevivir y que su opción por el comunismo no era por convicción sino por falta de alternativas.

Para De Palma, Matthews fue un liberal tozudo aunque no un falsificador de la verdad. Si bien sus artículos tenían datos correctos, su problema era que había tomado partido por Fidel desde el comienzo y contribuido como nadie a cincelar la imagen romántica del guerrillero. A esa altura de su vida -había nacido en 1900- antes que desdecirse, Matthews prefirió atarse al mito de Fidel cuyos cimientos puso en la portada del Times.

El hombre que inventó a Fidel, editado en Estados Unidos poco antes de la enfermedad de Castro, alumbra entresijos de la revolución cuyo interés refulge en estos días de transición en Cuba. El libro cubre la carrera de Matthews hasta su oscura muerte en Australia en 1977.

Sobre la manida tesis de que sólo por la torpeza estadounidense Cuba cayó en la órbita soviética, De Palma divulga documentos de donde surge que antes de la conversión al comunismo de los líderes cubanos, Moscú los tentaba con fantásticas ofertas.

Al final, el libro reserva una sorpresa. De Palma, periodista del Times experto en América Latina, viaja a Sierra Maestra para ubicar el escenario de la célebre entrevista. Tras una azarosa excursión lo ubica y encuentra allí un monolito que evoca la cita entre Fidel y Matthews. Habla con los lugareños, entre ellos ancianos que recuerdan cuando la guerrilla operaba en la zona, cincuenta años atrás, y que le cuentan que auxiliaban a Fidel con ropa y comida esperanzados en que las cosas cambiaran. Hoy, sucios, pobres, hambreados, sin luz en sus casas y sin futuro a la vista, sumisos ante el sistema por temor a la policía, aún aguardan por el cambio. De Palma se pregunta: "¿Todo el rencor y la sangre derramada durante medio siglo fue para esto?

(*) The man who invented Fidel Castro. Cuba, and Herbert L. Matthews of The New York Times. Perseus Books Group. Cambridge, Massachussets, 2006.

Haciendo el ridículo en público

¡Mentiras, chico!

EN LOS CASI DOS años que mediaron entre la entrevista y la victoria revolucionaria, el Times sostuvo a Fidel en los titulares al tiempo que, Matthews mediante, lo alababa en sus editoriales para júbilo de los antibatistianos que idolatraban al corresponsal. El triunfo rebelde, a comienzos de 1959, iba a cambiar la suerte de Matthews y a tornar su entrevista en un boomerang. Apenas empezaron a llegar feas señales de La Habana (cientos de fusilados, toma de tierras, elecciones canceladas), las miradas se posaron sobre el periodista. Este se mantuvo en sus trece ("Castro no es comunista, es un decidido anti-comunista", reiteró) lo que desencadenó una crisis con sus patrones que, en julio de ese año, le restringieron sus escritos sobre Cuba. Si bien Matthews pudo revisar sus opiniones no lo hizo porque, anota De Palma, "era un arrogante"que no cedió, aferrado a su primera impresión sobre Castro.

Rumbo al despeñadero sufrió un tropiezo cruel cuando la Sociedad de Editores de Prensa invitó a Fidel a disertar en Nueva York y el líder cubano saludó con cariño a Matthews y, acto seguido, contó una anécdota que lo dejó en ridículo ante la crema del periodismo estadounidense.

Según Fidel, allá en la sierra lo convenció de que tenía un ejército numeroso cuando en realidad los rebeldes eran apenas dos docenas. "Hice desfilar a mis hombres en círculos varias veces delante de Herbert para hacerle creer que éramos más, y él se lo creyó", dijo entre risas. Matthews se sintió morir. De Palma sospecha que Fidel mintió y que el periodista no erró al estimar el número de alzados en armas, pero el daño estaba hecho.

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