REDACCION Y ANA ALFAGEME, EL PAÍS DE MADRID
Una espesa columna de polvo se levanta. Los pastores senegaleses conducen un rebaño de cebúes famélicos. Al abandonar su aldea (Ngérigne Bambara) miran de reojo hacia la escuela de las mujeres, un gineceo que les intriga y en cuyo interior suena la voz de Oureye Sall. Esta matrona, ordinariamente despreciada por los hombres, era temida, sobre todo, por las jóvenes. Y es que, desde hace siglos, las mujeres de su familia se transmiten un terrible saber: el del njongal jigeen, la ablación.
A sus 53 años y a punto de suceder a su madre, Oureye decidió romper con esta tradición. "Lo aprendí todo, desde la técnica de la hoja bien afilada y la preparación mística hasta los versículos que hay que decir... Hoy renuncio a eso. Prefiero perder mi status social a continuar ejerciendo este oficio que atenta contra la integridad de nuestras hijas".
La escuchan 30 mujeres. Están en la escuela, a la entrada de la aldea Ngérigne, a una hora de Dakar. La mirada de las bambaras está llena de orgullo. Sus cantos y danzas exaltan un sentimiento nuevo: el reencuentro con su dignidad. Y es que todas han jurado a una no hacerle jamás la ablación a sus hijas. Un acto en una etnia donde son mutiladas sexualmente tres de cada cuatro mujeres. Una victoria que llega tras una desigual lucha por la presión que han tenido que soportar y por lo profundo de esta tradición.
A pesar de haber sido recientemente condenada por el presidente Abdou Diouf y su ministra de la Mujer, Aminata Mbengue Ndiaye, esta práctica sigue afectando al 20% de la población senegalesa, es decir a un millón de mujeres con edades comprendidas entre un mes y 16 años. Y eso que las cifras de este país están por debajo de otros, como Sudán (98%), Somalia (98%) o Etiopía (85%). Unicef estima que más de 120 millones de mujeres de 28 países han sido mutiladas genitalmente. Operaciones que van desde la ablación parcial o total del clítoris hasta la excisión de los labios y el cierre del orificio externo de la vagina para impedir la penetración.
"Se ha convertido en algo comercial; cada persona que pasa por ella debe pagar un kilo de jabón negro y 5.000 francos", explica Mareema Ndiaye. Además, el dolor es terrible porque la operación se hace sin anestesia, con un cuchillo de cocina o una hoja de afeitar y a veces con un pedazo de vidrio. "Tenemos que soportar el dolor sin llorar".
Cada año, dos millones de niñas de entre cuatro y 12 años son víctimas de mutilaciones genitales. La mayor parte de las víctimas de esta práctica viven en 28 países africanos: 130 millones de mujeres han sufrido mutilación genital en el continente más pobre del planeta. La justificación que argumentan los practicantes de este rito va desde motivos de higiene hasta considerarse como una fórmula para evitar la promiscuidad. Cerca de un 45% de estas mujeres no obtiene placer durante sus relaciones sexuales, buena parte de ellas tienen coitos dolorosos y muchas pueden sufrir, posteriormente, graves complicaciones durante el parto.
La ablación es además una preocupación global pues afecta también, aunque en distinto grado, a mujeres que viven en el seno de grupos inmigrantes en los países ricos. Jalid Adem, un etíope de 31 años residente en Estados Unidos, fue acusado de agresión grave por usar una tijera para extirpar el clítoris de su hija de dos años. La madre de la niña dice que ella no descubrió lo sucedido hasta un año más tarde. "Él dijo que quería preservar la virginidad de ella", dijo Fortunate Adem, madre de la niña,. "Dijo que era la voluntad de Dios. Yo pensé que estaba loco".