JULIO MARÍA SANGUINETTI
Hace 47 años nuestro oficio periodístico, entonces como joven reportero del diario Acción, nos llevó a La Habana. La expedición estaba integrada, además, con César di Candia, Raúl Blengio Brito y Mario Esteban, y se trataba de asistir a la celebración del primer 26 de julio. Camilo Cienfuegos no había entrado aún a La Habana y lo hizo en esa jornada, al frente de una romántica fuerza de caballería, compuesta por campesinos barbudos, armados de machetes. Fidel vivía todavía en el hotel Habana Hilton, que se estaba rebautizando para quitar el nombre del propietario norteamericano, y nos lo encontramos varias veces en pasillos y ascensores. Una noche, sin ir más lejos, le hice una pregunta molesta en un ascensor, descendimos a un pasillo y allí mismo el jefe revolucionario discutió una hora y medio con un desconocido periodista uruguayo...
Escribimos varios artículos. En el aeropuerto mismo, al retornar, fue Marta la primera que me increpó por lo que sintió como frialdad frente a aquella revolución que encendía el entusiasmo de todos los demócratas y se instalaba en el corazón de los jóvenes. En aquellos días Cuba era todo entusiasmo, pero se apreciaba claramente la tentación autoritaria de Fidel, que ya se percibía con el cese del presidente Urrutia, un viejo jurista liberal al que el caudillo le debía su libertad cuando fue preso por su primer intento revolucionario. Así lo escribí con temor, paralelo al que sentía frente a una política norteamericana que ya exhibía cierta torpeza.
Lo que no se advertía entonces era el desvío comunista. Fidel lo negaba enfáticamente y todos con quienes hablábamos nos señalaban que la dictadura de Fulgencio Batista había contado con el apoyo oficial del partido. Incluso su secretario general, Marinillo, había sido ministro de la dictadura. De modo que en el espíritu revolucionario y en la mayoría de su gente no alentaba el marxismo: todo se resumía en el impulso contra la tiranía, en la justicia de una reforma agraria reclamada por todos y en un vago sentimiento de libertad que soplaba como un viento.
Puedo añadir algo curioso y que hoy puede resultar casi increíble: en todos aquellos días no oímos el nombre de Che Guevara. Se hablaba de Fidel, de Camilo, de Raúl, de Raúl Roa, de Armando Hart, de Huber Mattos... del hoy célebre Che, nada.
Luego vino todo lo que vino y casi medio siglo se instaló un régimen totalitario, que impuso la tiranía de un solo hombre, un solo diario, una sola radio, una sola televisión, un solo partido, dueño de la vida, la subsistencia y hasta del menor detalle de la vida de cada ciudadano. Se perdió hasta el incipiente proceso de industrialización que ya alentaba en esa isla paradisíaca. El monocultivo azucarero, tan vilipendiado entonces, quedó hasta hoy y al oscurantismo político se sumó el estancamiento económico y la igualación social hacia abajo: encima la nomenclatura, luego la burocracia partidaria, en el último escalón todos igualados en la misma pobreza.
Todo se congeló, pero se sigue hablando de "revolución" después de medio siglo. Nada se mueve, nada se ha cambiado, salvo el sufrimiento de gente que sólo encuentra esperanza en arrojarse al mar Caribe para llegar a Florida de cualquier manera, abrazados a un neumático, en una balsa precaria, hasta en una embarcación disfrazada de camión como se vio en la televisión no hace mucho.
Es difícil discutir con quienes todavía creen en aquello, aún sin ser comunistas. Hacen como que ignoran que un día en que se anunció la posibilidad de salir se amontonaron 30.000 personas en una embajada. Hacen como que no ven esos emigrados forzosos, que se lanzan al riesgo de la muerte en pos de una libertad difícil de alcanzar.
Replican la misma actitud que, cuando en Europa del Este se observaba la tiranía en su rostro hormigonado, miraban sin ver cómo se arriesgaba la vida en el Muro de Berlín para tratar de saltarlo y poder respirar libres del otro lado.
La edad de Fidel y una enfermedad han abierto ahora la interrogante del futuro. No es fácil pronosticar. Nosotros mismos hace 47 años, allí mismo en la isla, hablando con todo el mundo, vislumbramos claramente el riesgo de una tiranía, pero no advertimos el riesgo comunista... El proceso fue transformándose a sí mismo hasta instaurar ese totalitarismo, en el que tampoco creían Camilo Cienfuegos o Huber Mattos. ¿A dónde irá hoy? Nadie lo sabe.
Da la impresión que el primer reflejo será preservar. La actual nomenclatura cuidará el congelamiento, pero el deshielo comenzará en el instante en que desaparezca el líder, cuyo final comienza a vislumbrar en el horizonte.
Cuándo y cómo, lo dirá el tiempo. Pero esto ya ha empezado, y seguramente alienta en el seno del régimen en rincones aún no visibles. El caudillismo de Fidel es insustituible y a partir de allí comenzará a crecer la primera grieta. Desde afuera sólo podemos alentar. Y nada sería más útil que desmontar el inútil embargo norteamericano que de nada sirve, salvo para que el viejo guerrillero pueda aún envolverse en la bandera cubana y presumir que, cual pequeño David, lucha aún contra el gigante.