DANIEL RÍOS
En plena crisis económica de 2001, un grupo de empresarios argentinos encontró la fórmula de cómo hacer un buen negocio. Así nació Deuda eterna, un juego que intenta reflejar la situación de los países tercermundistas frente al Fondo Monetario Internacional (FMI).
Y no fue en una PlayStation donde se plasmó la visión de la globalización que tiene este grupo de argentinos, sino en un juego de caja.
El objetivo del juego es industrializar a los países tercermundistas sin sucumbir ante el FMI. Cada jugador representa a un país sin nombre que se identifica mediante el color de la ficha con la que se desplaza en el tablero.
El tablero está dividido en casilleros que forman un rectángulo. Una mitad del mismo representa a los países del tercer mundo en los cuales se pueden comprar materias primas. La otra mitad representa a las industrias del primer mundo como, por ejemplo, las que producen chips para computadoras o maquinaria industrial. Los jugadores pueden comprar propiedades en todo el mundo y así cobrarle dinero a otros participantes cuando caen en una propiedad adquirida. Ojo que para adquirir una industria del primer mundo, primero hay que comprar las materias primas en el tercero.
Y cada vez que un jugador cae en la casilla que compró otro, le debe pagar. Si la casilla está vacía, entonces el pago se le deberá efectuar al FMI.
Dentro de este esquema es muy fácil endeudarse, pero para eso está el propio FMI, que presta dinero a un 10% anual. Cada vuelta al tablero representa un año, así que al completarla se deben pagar intereses de la deuda.
En un principio los jugadores juegan con dos dados, pero si piden más de 20.000 dólares jugarán con tres y si sobrepasan los 40.000 dólares deberán jugar con cuatro. El jugar con más dados significa que se avanza más rápido, y las vueltas al tablero equivalentes a años también pasan más rápido.
Conclusión: los países tercermundistas se funden con gran frecuencia y terminan vendiendo sus materias primas por unos pocos pesos.
El juego también tiene casilleros especiales que pueden ayudar o perjudicar. Los casilleros denominados "condiciones" generalmente derivan en pagos extras al FMI y los denominados "solidaridad" traen alguna donación de una nación amiga. Pero las dificultades no se terminan en el endeudamiento, los jugadores también enfrentan golpes de Estado y fuga de capitales por nombrar algunos obstáculos.
Si uno tiene suerte puede caer en el casillero de Banco Interamericano de Desarrollo (BID). El BID otorga préstamos por 10.000 dólares pero, según se explica en el juego, por diversas cuestiones burocráticas, llegan a mano del jugador/país tan sólo 50 dólares.
Tercermundismo post-crisis
Esta versión tercermundista del famoso juego Monopolio tiene su origen en Cuba. El juego cubano dejaba de manifiesto cómo el capitalismo opresor podía ser derribado a través de la organización y las armas de los pueblos. Así que la empresa argentina Ruibal decidió adaptar el juego.
Diego Ruibal recuerda que cuando se empezó a delinear Deuda eterna la empresa solamente abría cuatro días a la semana para no tener que despedir parte de su personal.
En el momento en que salió al mercado, el juego tuvo más repercusión fuera que dentro de Argentina. Por ejemplo, en la navidad de 2001 los mexicanos adquirieron 60 mil cajas de Deuda eterna. Mientras tanto, muchos medios internacionales destacaron cómo los argentinos se reían de la crisis y del FMI. En Uruguay Deuda Eterna cuesta 550 pesos.
Ruibal dijo que la idea original era "hacer pensar en la unidad de Latinoamérica para afrontar diversos desafíos". Pero según el empresario, "el país no estaba preparado para tratar el tema como un juego. Aún había mucha gente sin empleo y los hechos eran demasiado recientes".
El argentino cree que el juego se parece mucho a la realidad "ya que marca claramente que aquel que se endeuda sin control no llega a pagar nunca la deuda y que además, si no se une América, jamás va a lograr una economía estable y un poder de negociación con las grandes potencias de igual a igual".
El FMI suele salir ganador en muchas partidas y para Ruibal eso se debe a que "los jugadores se comportan de igual manera que los países. Predomina más el individualismo que el trabajo en equipo y ello, por lo general, lleva al fracaso".
Ruibal no piensa en nuevos juegos coyunturales. Ahora planea uno para niños que trata el tema de los desechos tóxicos.