César Bianchi
Andrés tenía una vida cómoda. Vivía en el Prado con su familia, trabajaba en el taller mecánico de su propiedad y pasaba sus horas libres con sus amigos y su novia.
Antes, Andrés había estudiado computación. Había hecho un curso de Operador Windows y otro de reparación de computadoras en una escuela privada de enseñanza informática.
Tenía todo para salir adelante, pero hoy, a los 21 años, es uno de los 2.900 presos del Comcar, la cárcel de Santiago Vázquez.
Hace un año y cuatro meses que Andrés está encarcelado y aún espera que le dicten sentencia. Dice que está allí porque cometió "un error" que asume, aunque prefiere no hablar mucho de eso.
"Estoy preso por maniobras fraudulentas o ilícitas con autos, pero prefiero hablar de lo que estoy haciendo ahora", dice.
Es que Andrés, que acepta ser fotografiado pero no quiere que se publique su apellido para no perjudicar a su familia, es protagonista de una de las historias más esperanzadoras que ocurren dentro de los fríos muros de la cárcel.
El profesor
Hace un tiempo, el Comcar recibió una donación de 20 computadoras viejas y en desuso del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente, y otra de tres o cuatro que llegaron de OSE. Se trataba de máquinas viejas, modelos 486 y 586. Andrés, que sabía de informática, pidió para arreglarlas y mejorarlas. Su propuesta fue aceptada y se transformó en el responsable de la reparación de las viejas computadoras.
Así, Andrés recicló varios equipos que se tornaron útiles y fueron distribuidos en distintas oficinas administrativas de la cárcel: la secretaría del complejo, su tesorería y otras dependencias. Luego elevó un ambicioso proyecto a las autoridades del Comcar: quería aprovechar otras de las máquinas recuperadas para crear un aula de informática y dar clases de computación e internet a otros presos.
El proyecto fue aprobado y hoy Andrés dicta clases de computación a 12 reclusos del módulo 13 de la prisión.
"No quería caer en el ocio propio de una cárcel y empecé a pensar en el futuro. Ahora puse todas mis esperanzas en esto, creo que va a dar sus buenos frutos. No sólo a nivel personal, sino también para los reclusos que están trabajando conmigo. Espero que este emprendimiento tenga un buen fin", dijo.
"Yo cometí un delito", admitió. "Pero tengo la capacidad de aprender de mis errores. Quiero levantarme de la caída, ser más fuerte y más maduro".
Dice que pensó en las clases de computación para sus compañeros de prisión "para que después tengan una herramienta para reinsertarse en la sociedad, y para que les sirva acá adentro también, para matar el ocio".
Andrés tiene apellido de origen polaco. Es rubio y tiene cara de niño. Habla con muy buenos modales y en ningún momento tutea a su interlocutor.
Dicta sus clases en un salón de apenas tres metros por tres y paredes celestes, que tiene sólo una pequeña ventanita con barrotes.
De las tres computadoras que tiene el aula, Andrés pudo programar una con Windows 98 y a las otras dos con Windows 95. La más avanzada tiene conexión a internet las 24 horas del día. El costo de este servicio es de 1.500 pesos mensuales y lo paga el propio recluso de su bolsillo, con ahorros previos a su encarcelamiento y con ayuda de sus padres.
Según cuenta Andrés, la conexión a internet la utiliza, principalmente, para hacerse de programas de computación, conseguir material para sus clases y comunicarse con su familia. Además de sus padres, tiene una hermana. La novia que tenía cuando cayó preso, la perdió. Ahora, cuenta, tiene otra.
El subdirector del Comcar, inspector mayor Carlos Centurión dice que Andrés tiene una capacidad "superior" al resto de los reclusos.
Centurión apela a la solidaridad de los uruguayos para pedir, al igual que Andrés, que se donen más computadoras en desuso para la cárcel, para que los reclusos que están tomando los cursos puedan arreglarlas y reciclarlas.
Andrés pide que se publique su dirección de correo electrónico —empty@terra.com.uy— para que se comuniquen aquellos que puedan ofrecer donaciones.
"Conocer a los reclusos"
Si tuviera más computadoras, su obra podría ser mayor, se ilusiona Andrés. "Tengo 12 alumnos, pero usted vio lo que es este pequeño salón. Hay un montón de compañeros, de todos los módulos, que me han hecho saber que les encantaría poder estudiar conmigo, y están en una lista de espera".
Para él, un 15% de los casi 3.000 reclusos, más de 400, están interesados en estudiar en su "escuela", como la llama.
El subcomisario del Comcar, Luis Rodríguez, siguió de cerca el proceso informático realizado por Andrés desde que llegaron las computadoras donadas.
Ha visto los aciertos y los fracasos del preso. Cuenta que durante las tareas de reciclaje una computadora se estropeó definitivamente y otra se dañó. "Pero —dice— gracias a él todos los módulos y la secretaría del Comcar tienen una computadora en uso. También ha reparado impresoras, gracias a lo cual dejamos de usar máquinas de escribir. Ahora los seis módulos tienen una computadora, monitores e impresoras".
Para Rodríguez, el trabajo de Andrés ha sido "muy importante".
"Muchos reclusos están entusiasmados. Lo que él ha hecho es algo sin costo para el Comcar, y ahora varios presos adquirieron conocimientos informáticos. Si hubieran tenido que pagar por ellos, nunca los habrían obtenido", afirma el subcomisario.
Andrés pretende ahora desarrollar una "mini-empresa" de diseño gráfico y de páginas de internet para trabajar "para afuera", pero necesita —dice— computadoras de mejor calidad. "Todavía no tenemos los elementos adecuados, necesitamos computadoras superiores, con puerto USB y con programas de diseño gráfico".
Cuando terminar en la cárcel era una pesadilla imposible, Andrés hizo un año de escuela en el colegio privado Clara Jackson y los restantes en la escuela 68 de la calle Carabelas. Luego, estudió hasta quinto año de Secundaria en el liceo Misericordista, de la avenida San Martín. Hoy sus padres, que nunca se enteraron de sus "maniobras ilícitas", lo ayudan a impulsar su proyecto en la cárcel.
Dice que está en prisión por "falta de conciencia, falta de madurez".
"Yo pensaba que nadie se daba cuenta de lo que hacía. Yo quería más cosas materiales, y sólo acá me dí cuenta de que lo material no es todo".
Andrés afirma que ha aprendido mucho en prisión.
Alumnos más dóciles
Jorge Da Silva tiene 23 años, pero a diferencia de Andrés, aparenta ser mayor. Hace cinco años que está en el Comcar, preso por rapiña y hurto. Todavía le queda un año en el módulo 13, pero ya sueña con salir y trabajar aplicando sus nuevos conocimientos de computación.
Es de la Unión y solía frecuentar un grupo de amigos que lo llevaron por el mal camino, el de los robos y las drogas.
"Mis viejos me decían que los dejara, que me pusiera a laburar. Yo les decía que sí, pero estaba en otra", dice. Ahora, sentado frente a una computadora con Windows 98 comenta que al salir sólo se preocupará por su mujer Natalia, de 23 años, y sus pequeños hijos Matías, de 5, y María Belén, de 15 meses. La niña fue concebida en una de las visitas de Natalia a la cárcel.
Da Silva no está muy conforme con su vida en prisión, donde la superpoblación dificulta la convivencia. El Comcar tiene una capacidad para 900 reclusos, pero actualmente son 2.900 los que viven hacinados tras las rejas: un "hacinamiento infrahumano", como lo definió el propio director nacional de Cárceles.
Desde la perspectiva de Andrés, Da Silva es un buen alumno. "Tiene capacidad y le gusta".
A su lado está Pablo Pereira, de 24 años, otro de los 12 alumnos del nuevo curso informático del Comcar.
Pereira lleva puesta una camiseta de Nacional y dice que está ahí por error, que es inocente, que nunca robó.
Hace tres años que está preso por rapiña y le quedan todavía tres más. Es de Playa Hermosa, Piriápolis, y sus padres vienen seguido a visitarlo. "Tendrían que hacer una nota sobre todos los inocentes que están acá, en la cárcel", insiste.
Luego habla del curso: "Me gusta la computación. Está bueno, porque bien puede ser una herramienta de trabajo en el futuro", dice.
De todos modos, Pereira sabe de que no será fácil conseguir un empleo luego de haber estado preso: "Si está difícil para los que estudiaron y fueron a la facultad, todavía más para nosotros. Hay que rogar que no vean nuestro expediente o que no nos pidan certificado de buena conducta".
Tiempo sufrido
"Creo que mi error fue creer que lo sabía todo como cualquier adolescente y que podía hacer lo que quería. Todo fue parte de mi inmadurez, me enfoqué en la aventura", cuenta Andrés en un momento de reflexión.
"En este tiempo de prisión me di la oportunidad de conocerme de verdad y de descubrir lo que guardo, más allá de mis máscaras y defensas. Si algo he aprendido es a establecer mis propios límites y mantenerlos con firmeza".
Además de su tarea como técnico y profesor en computación, Andrés se dedica a escribir poesía y pretende editar próximamente su obra. En sus poemas hay una muy fuerte presencia de su experiencia como preso.
Desde esta semana, ministros de la Suprema Corte de Justicia pasan revista en el Comcar, y algunos reclusos serán agraciados con el otorgamiento de la libertad anticipada. Andrés no cree que pueda ser uno de ellos.
"Ellos no tienen en cuenta el avance que uno tiene en la cárcel o el mejoramiento de su conducta, sino que se rigen por lo que llaman el ‘tiempo sufrido’ de un preso. Dicen: ‘a Fulano sí porque tiene determinado tiempo sufrido, y a Mengano no porque hace poco que está’, así haya demostrado una excelente conducta", dice. "Sólo miran tu expediente, ni siquiera te hablan. Es algo político".
Andrés es uno más entre el 70% de los presos uruguayos que revisten la categoría de procesados sin sentencia, lo cual les genera incertidumbre y ansiedad.
Da Silva sólo aparta la vista del monitor para contar, entre risas, que hace unas semanas le comentó a sus padres que iba a salir en la televisión, porque un canal visitaría la cárcel. "Ellos pensaban que iba a salir con una azada sacando lechugas en una huerta, ¡y cuando me vieron frente a la computadora no lo podían creer!".
De hecho, ni siquiera él mismo soñó nunca estar aprendiendo lo que ahora aprende gracias a Andrés. Reconoce que nunca se imaginó llegar a estudiar computación antes de entrar a la cárcel. "Las computadoras eran para otra gente, para los que tenían plata, no para mí".