Luis Alberto Pérez, corresponsal en Salto
Para los habitantes de dos alejados pueblos de Salto que pelean por subsistir en medio las malas comunicaciones y la adversidad, el referéndum sobre la ley de Ancap prácticamente no existe.
Hablar del tema les es tan indiferente como comprender por qué el presidente de Estados Unidos atacó Irak o al ministro de Economía se le ocurrió pedirle la renuncia al gerente del Nuevo Banco Comercial.
Es que por los pueblitos de Pepe Núñez, donde conviven 35 familias, entre 150 y 200 personas, sobre las laderas de sus pintorescos cerros, y Paso de las Piedras de Arerunguá, cuya población es algo menor, el debate pasó de largo.
De todos sus habitantes, sólo una persona demostró tener real conocimiento sobre la ley que se someterá a la consideración de los uruguayos mediante el referéndum del 7 de diciembre. Este es el caso de María Cesarina Taborda, una pobladora de Pepe Núñez de 52 años a quien la información le llegó por intermedio de adherentes al voto por el Sí a la derogación.
Taborda se presentó como hija de Cecilio Taborda Díaz Ballesteros, que peleó en el norte del país en las guerras civiles ocurridas entre 1904 y 1911, defendiendo las ideas de los caudillos del Partido Colorado. "Y que está enterrado allá arriba desde 1978 cuando murió a la edad de 97 años", agregó, señalando a la punta de un cerro hacia donde termina el rancherío.
Taborda se definió como una "revolucionaria", como su padre, al tiempo que advirtió que al primer político que golpee a la puerta de su casa lo va a invitar a que siga de largo. "No quiero saber más de políticos mentirosos que se acuerdan de nosotros sólo cuando necesitan el voto. Yo voy a defender Ancap y estoy con el Sí", enfatizó esta señora exhibiendo un impreso editado por la denominada "Comisión de Defensa" del ente, que su esposo trajo a casa luego de un viaje a la ciudad de Tacuarembó.
El hombre, Juan Carlos Machado, trabaja en una estancia, como todos los que viven en Pepe Núñez. Es capataz y su empleador le paga un sueldo de 1.600 pesos.
Machado mostró su herramienta de trabajo, un despedazado recado, que no ha podido cambiar porque la prioridad era reparar el techo de su rancho.
"Los políticos no vienen a tendernos una mano, sólo quieren votos para prenderse de algo. ¡Vergüenza les debería dar si ven como vivimos!", enfatizó este paisano que en sus manos refleja la dureza de su tarea.
"Que se ocupen de nuestra situación primero y que no pierdan el tiempo y gasten plata discutiendo por Ancap".
"No sabemos nada"
Para quienes no disponen de medios de locomoción, trasladarse desde Pepe Núñez hacia las capitales departamentales vecinas no es cosa fácil.
No hay servicio de transporte de pasajeros que ingrese al pueblo. Es necesario recorrer 20 kilómetros por un camino de tierra, que la Intendencia mantiene en buen estado, para llegar hasta el kilómetro 156 de la Ruta Nacional 31, desde donde es posible dirigirse a Tacuarembó, que queda a 80 kilómetros, o hasta Salto, que dista 180.
Llegar a esta ruta contratando un servicio de locomoción cuesta 400 pesos; para quienes no pueden reunir esa fortuna, el viaje puede demorar cinco horas en carro, o dos a caballo.
Así como sus habitantes están alejados de las capitales departamentales y mucho más de Montevideo, también lo están de la posibilidad de conversar con gobernantes, legisladores o directores de entes para transmitirles sus propios problemas e inquietudes.
Y claro: también están aislados para que les llegue información, tanto de quienes están por el Sí a la derogación, como de aquellos que defienden el No, la vigencia de la ley.
Basta con caminar unos 300 metros desde la casa de Taborda y hablar con otros vecinos del pueblo para palpar el desconocimiento generalizado sobre el tema.
Don Olis Alonso, de 71 años, y su señora María Esther Leguisamo, de 67, confiesan no saber absolutamente nada sobre lo que se va a votar el 7 de diciembre.
"Acá a este pueblo vienen a pedirnos el voto unos días antes de las elecciones y después nunca más los vemos. Nosotros con la patrona no sabemos qué vamos a hacer, porque todavía si no voy a votar me quitan la jubilación", dijo don Alonso, que no pierde las esperanzas de que lo visite aunque sea un político "vagasero", como en el lenguaje criollo se define a una persona poco creíble.
A su esposa, que está afectada de reuma en sus dos piernas, no le preocupa si Ancap se asocia con privados o se queda como está, porque no escuchó ni hablar y mucho menos leyó sobre lo que se discute.
"Con los vecinos no hablamos de política, vio señor, porque eso es muy delicado y hay que respetarse, pero resulta que no sabemos nada y no hay quien explique cómo es la cosa", acotó.
Lo que le importaría de verdad a doña María Esther es que las autoridades se dignen colaborar para que por lo menos una vez a la semana ingrese algún transporte de pasajeros al pueblo y se solucione el abastecimiento de agua potable interrumpido desde hace una semana por la rotura de un caño.
También ruega para que a su marido, con el cual formaron un hogar con nueve hijos, no se le perjudique la jubilación si es que se niega a votar el 7 de diciembre. "Porque él esta vuelta está desconfiado", dijo sin que oyera don Olis.
No tengo radio
Hace poco más de un año que Néstor Darío González, de 30 años, llegó desde la capital salteña y se asentó con su familia en Pepe Núñez en busca de oportunidades laborales en las estancias de la zona.
"Por lo menos aquí me las rebusco, me estoy haciendo un rancho y changas se consiguen. Me da lástima por los gurises, pero entre vivir en la ciudad y no tener para comer, y tener todos los días esa posibilidad en la campaña, prefiero la segunda opción. Tengo la tranquilidad de que cuando sean más grandes van a comprender por qué vinimos para aquí", comentó el hombre.
"¿Usted me preguntaba si sabía que era lo que se iba a votar en diciembre de eso de Ancap? No tengo ni idea y como no tengo radio no he escuchado nada", contestó González.
De televisión por cable ni hablamos. A Pepe Núñez todavía no llegó la energía eléctrica. Cuando cae el sol, el pueblo queda completamente a oscuras.
No lejos de la casa de González, a la entrada del pueblo, está el comercio de Ivo López, policía jubilado y encargado de hacer funcionar la ahora inactiva bomba que abastece de agua potable a las familias del lugar.
López dijo saber de qué se trata el referéndum sobre Ancap pero fue imposible sonsacarle cualquier comentario. Dice que prefiere callar sus ideas, aún en el seno de su propia familia, según explicó por respeto al pensamiento de cada uno. "Sólo para mí, yo ya tengo pensado qué voy a hacer; los otros que hagan lo que quieran", afirmó, optando por no difundir su voluntad.
Ante esas expresiones, recibió el reproche de su hija María Isabel, que le preguntó por qué se negaba a explicarles la ley.
—Pregúntenle a los que saben— fue la respuesta de su padre.
—Si vamos a esperar de los políticos, nos van a seguir mintiendo como hacen siempre— contestó su hija.
La hija de López, que siempre vivió en Pepe Núñez, dijo que no hay posibilidades de acceder a una vida mejor en la zona, y que en el caso de la juventud la única alternativa para adquirir conocimientos y llegar a conseguir un empleo es emigrar por lo menos a la ciudad.
"Acá en el boliche ya no vendemos casi nada, sólo un poco de fideos, y a pesar de que estamos rodeados de vacas y ovejas, tampoco se consigue carne", dijo. "Cuando hay carne es de oveja y cuesta 50 pesos el kilo; ¿y quién gana 50 pesos por día trabajando en las estancias?" se preguntó.
María Isabel resaltó la honradez de sus vecinos, que, a pesar de soportar la imposibilidad de comprar un alimento tan vital, "no tocan lo ajeno por más que lo tengan al alcance de la mano".
¿Ancap? ¿Eso qué es?
En Paso de las Piedras de Arerunguá, 40 kilómetros al sur de Pepe Núñez, las condiciones de vida de los pobladores no son diferentes de las de sus vecinos. Rancheríos precarios y contadas construcciones de material conforman el paraje.
Aquí tampoco hay electricidad y tampoco se habla sobre la ley de Ancap. Si algún político llegó a dialogar con sus habitantes por estos días fue por el hecho de que el 19 de octubre se celebraron con diversos actos y un muy buen asado criollo, al cual no le faltó el aperitivo ni el vino fino, los 100 años del nacimiento del célebre jockey Irineo Leguisamo, el hijo pródigo del pueblo. El acontecimiento reunió a más de 700 personas.
Mientras observaba el desarrollo del festejo por un hueco de las chapas de la humilde vivienda de su hermana, José Artigas Alvez, de 36 años, dijo que él no entendía nada del referéndum. Ni siquiera sabía lo que es Ancap.
—¿Y en estos días ha venido alguna persona que no sea de la zona a explicarles este asunto o a hablar de otros temas?
"No señor, tenemos que esperar cinco años para que venga algún político. Yo estoy esperando que vengan para pedirles unos palos y unas chapas para hacerme un rancho porque vivo debajo de esas chapas toda agujereadas recostadas a unas piedras. Cuando llueve me mojo todo, señor. ¿No sabe si va a venir alguien por acá de toda esa gente?", preguntó en referencia a los visitantes.
Entre los testimonios de estos habitantes de Arerunguá en cuanto a las discusiones sobre la Ley de Ancap, está el de una antigua habitante del pueblo, María Ofelia Silva, que se mostró feliz. No por el referéndum ni por los festejos del centenario de Leguisamo, sino porque ese día fue propicio para que se reuniera gran parte de su familia, que pudo viajar sin pagar pasaje ante el despliegue de transporte que realizó el municipio.
"Lo único que sabemos de Ancap es lo que vemos escrito en unos tanques en el almacén", dijo Silva mientras, rodeada del afecto de hijos y nietos, compartía una rueda de mate. En su pueblo, el combustible lo vende el almacenero.
Aunque doña María Ofelia se hallaba a corta distancia de las autoridades e invitados especiales que disfrutaban del almuerzo, estaba lejos de importarle la fiesta. Muchos menos le importa el referéndum de Ancap: "Estamos en la Luna con todo eso".