El asesino de sueños

| Un periodista de Estados Unidos comprende por qué el sida avanza sin piedad en África.

Nicholas D. Kristoff, The New York Times

Para mí, uno de los grandes misterios del sida en África ha sido lo siguiente: ¿por qué la gente no adopta precauciones durante sus relaciones sexuales a pesar de que ven a sus amigos y parientes muriendo de ese mal?

Es fácil para los occidentales decir que la raíz del problema del sida en África es la promiscuidad extendida, dado que el virus se trasmite en este continente principalmente mediante los contactos sexuales heterosexuales. Y definitivamente hay algo de cierto en ello. Pero las razones que subyacen esta promiscuidad irresponsable van más allá de las hormonas, y yo llegué a entender esto mejor que antes cerca de la población de Kwamhlanga, en la parte nororiental de Sudáfrica, en la choza de chapas oxidadas donde Gertrude Tobela no puede reprimir la angustia acerca de su hija adolescente.

Tobela, de 34 años, delgada y de risa fácil –y ahora, también, de llanto fácil– es la primera persona en su familia que se graduó de la escuela elemental, de la preparatoria o de la universidad. Hace dos años, ella estaba en la cumbre de su mundo, preparándose para graduarse de la universidad, para tener su segundo hijo y empezar a formar parte de la clase media de su país.

Ahora es sólo otra viuda africana, pobre, agonizando y perdida toda esperanza porque no le es posible proteger a sus hijos de la misma suerte que le espera a ella. Ella es sólo una de los 30 millones de africanos con VIH/sida (24 de los cuales morirán durante el tiempo que usted le toma leer este artículo), pero su historia subraya claramente que el VIH en África no es sólo un virus, sino también un ciclo que se reproduce automáticamente de sida, pobreza y pérdida de esperanza.

El mundo de Tobela empezó a desmoronarse cuando su esposo, Simon, un electricista, descubrió que padecía de sida. Después, ella misma fue diagnosticada positiva en un examen de VIH, al parecer contagiada por él. Y su hijo recién nacido, Victor, también contrajo el virus de su madre.

Su esposo murió el año pasado, y ella ahora ha llegado a una etapa en la que está demasiado enferma para trabajar. Sobrevive con 22,50 dólares al mes que le entrega el gobierno para mantener a sus hijos y dedica su tiempo a preguntarse quién cuidará de Victor después de que ella muera.

Tobela parece un ejemplo típico de las víctimas de sida en África. En ese continente, 58% de las portadoras del virus de VIH son mujeres, y entre las adolescentes con VIH, más de 75% por ciento son chicas. Esto se debe, en su mayor parte, a una explosión de una forma de semiprostitución que ocurre entre las mujeres muy jóvenes y los hombres de mayor edad.

"No es sólo promiscuidad", dice Blanche Pitt, directora de la Oficina para Sudáfrica de la Fundación para la Investigación y la Atención Médica en África. "Es pobreza. Es desesperación".

A medida que las mujeres jóvenes son infectadas, otro tanto ocurre con sus hijos de corta edad. Una quinta parte de las mujeres embarazadas en el sur de África padecen de VIH, y en todo el mundo, 800.000 recién nacidos contraen VIH de sus madres.

Tobela pudo hablar en forma serena y racional acerca de su muerte y de la de Victor. Pero no pudo evitar estallar en sollozos cuando le pregunté acerca de su hija de 14 años, Thabang (ella tiene otro nombre, pero lo conservaré en el anonimato).

"Mi hija me abandonó porque desea libertad", dijo Tobela, llorando. "Ella es muy activa sexualmente, y se pasa el tiempo en bares y cuartos de alquiler".

Todo empezó en junio, cuando Thabang empezó a llegar tarde a casa. Tobela le gritó y la golpeó, pero de nada sirvió. La chica huyó para vivir con su abuela, pero después empezó a desaparecer por periodos de varios días. Cuando la abuela también castigó a golpes a Thabang, la chica volvió a fugarse.

Busqué en la población a Thabang, y finalmente la encontré en la casa de una pariente. Es una chica muy bonita, con una predilección por el maquillaje, con gran capacidad para expresarse e inteligente. Yo le dije que su madre la regañaba sólo porque la quería. Thabang empezó a llorar.

"Ella no me quiere", dijo, con encono. "Si me quisiera, me hablaría en lugar de golpearme. No estaría diciendo esas cosas acerca de mí. Aceptaría a mis amigas y amigos". Thabang insistió que si bien sus amigas dormían con hombres a cambio de dinero u obsequios, ella no lo hacía.

¿A qué se debe que chicas que han visto lo que el sida puede hacer, se suiciden a través del sexo?

Parte de la respuesta es que la enfermedad tiene un mecanismo que le permite perpetuarse: primero devasta financieramente y emocionalmente a las familias, después deja a los adultos incapaces de cuidar de sus hijos y finalmente genera una desesperanza que paraliza. La muerte, la pobreza y la desesperanza impregnan a tal grado la choza de chapas de Tobela que bien puedo imaginar que impulsen a una confusa chica de 14 años a refugiarse en los brazos de hombres maduros a cambio de unas cuantas monedas.

Cuando la madre y el hermano de una chica están muriendo, cuando los sueños de una familia de pertenecer a la clase media se desvanecen en la penumbra de una mísera choza, cuando no hay dinero para pagar por las visitas de Victor al médico –cuando el mundo entero de una chica se está desmoronando en cámara lenta– ella simplemente no sabe para qué vivir.

Y así, el sida se insinúa en otra generación.

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