Al Gore está recibiendo mucho calor del boyante debate sobre el cambio climático. Y eso se traduce también en decenas de millones de dólares en efectivo. Se calcula que la fortuna personal del que fuera vicepresidente con Bill Clinton supera los U$S 100 millones. Y todo gracias a su habilidad para ver el futuro, primero, en el universo de Internet y, ahora, en la arena de la protección del medio ambiente. En sus manos, los riesgos asociados al calentamiento del planeta se convierten en una oportunidad para invertir.
Al Gore es una sombra permanente en la pugna por el despacho oval en la Casa Blanca. Su nombre sale a colación en las tertulias y es fácil encontrar por las calles de grandes ciudades a activistas pidiendo firmas para animar al ex vicepresidente a presentarse como candidato. Su fama e influencia trascienden las fronteras de Estados Unidos gracias a su particular cruzada contra el calentamiento del planeta, por la que ha sido galardonado con el Premio Nobel, el Príncipe de Asturias y el Oscar.
El de Tennessee se desmarca de la contienda electoral, de momento. Aunque como señalan los analistas en Washington, a sus 59 años es aún lo suficientemente joven como para presentarse a las presidenciales dentro de cuatro u ocho años. Y más allá de su perfil político, Al Gore es una verdadera máquina de hacer dinero, o al menos para atraerlo. Y no sólo porque cobre entre U$S 100.000 y U$S 175.000 por cada discurso de 75 minutos que dé para denunciar las barbaridades contra el medio ambiente.
Ni por los U$S 1,5 millones que se repartirá a medias con las Naciones Unidas por el Nobel de la Paz, que destinará a proyectos para la lucha contra el cambio climático. Su visión va más allá de una charla o de la película Una verdad incómoda, que ha recaudado 50 millones de dólares en taquilla. Cuando dejó la Casa Blanca, tras perder la batalla presidencial frente a George W. Bush, en 2000, su familia contaba con un patrimonio de unos dos millones de dólares, según la información difundida entonces. Tampoco era una persona con especial capacidad para atraer la atención del mundo de los negocios, como su rival tejano. Hoy, siete años después, su nombre es toda una franquicia.
Al Gore es miembro del consejo de administración de Apple desde 2003 y ejerce como consejero en Google desde 2001, al poco de perder las presidenciales frente Bush, cuando ésta aún era una compañía oscura en Wall Street. Sólo por el valor de sus acciones, su fortuna es tal que en el entorno demócrata se dice que sería suficiente para financiar su propia campaña a las presidenciales.
ambiente y capital. Pero Al Gore Inc. va más allá de todo este efectivo; su visión está en integrar el medio ambiente con el mercado de capitales. Con este propósito, hace tres años lanzó la compañía Generation Investment Management (GIM). La firma, con sede en Londres, cuenta con analistas bursátiles tradicionales y economistas especializados en el ámbito del medio ambiente.
Su socio es David Blood, ex director ejecutivo de la división de gestión de fondos de Goldman Sachs. En el equipo está también Peter Knight, jefe de gabinete de Gore cuando éste ejerció como senador y gestor de la campaña que llevó a la reelección de Bill Clinton en 1996. GIM no busca beneficios a corto plazo, sino inversiones con potencial de negocio a largo plazo. Tanto Gore como Blood están convencidos de que el medio ambiente, el buen gobierno, las cuestiones sociales y los factores éticos afectan al negocio. Es más, consideran que el capitalismo se encuentra en un cruce de caminos. "Integrar cuestiones como el cambio climático en el análisis es una cuestión de sentido común", afirma el ex vicepresidente, que ensalza los beneficios que tiene para los accionistas que los empresarios incorporen a sus estrategias la sostenibilidad y la responsabilidad social. (El País de Madrid)