Las detracciones otra vez

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Desafortunadamente las detracciones argentinas, o retenciones como se las llama allí, vuelven sobre el tapete. Por una parte porque Uruguay aflojó en su rechazo, para lograr según se informa la aprobación del Código Aduanero del Mercosur. Pero especialmente por la virulencia registrada en el intercambio de opiniones entre el Presidente de la Sociedad Rural Argentina en su discurso de clausura, y la respuesta del jefe de gabinete del gobierno K.

EFECTOS OLVIDADOS. Suele olvidarse el efecto de las detracciones en el comercio porque son más conocidos sus efectos internos. En este caso se sabe que, además de recaudar, las detracciones reducen el precio que el exportador lograría si exportara, esto es el llamado precio de paridad de exportación. De esta forma, cualquier demandante doméstico tiene una preferencia respecto del internacional de una magnitud equivalente a la detracción. Por poner un ejemplo: si por exportar una tonelada de soja en grano se lograran 100 dólares, el aceitero doméstico debería pagar por ella algo parecido a esos 100 dólares. En cambio si la exportación está gravada a una alícuota de por ejemplo el 35%, no sólo ocurre que el sojero logra al exportar sólo 65; lo que también sucede es que el industrial comprará su materia prima, disputándosela al mercado mundial, con pagar solo algo parecido a aquellos 65. De esta forma, el régimen de detracciones supone un enorme subsidio a la industrialización -por ejemplo de aceite, de panificados, de carne- que luego el comisario de precios hará llegar quizás al público. Lo más grave no es pues, hasta cierto punto, que se subsidien esas producciones industriales; lo peor es que esa ayuda sea costeada sólo por el sector productor. Se llega además al ridículo de que los agricultores chicos y medianos subsidian a las multinacionales del aceite, que todas están en Argentina, a las industrias harineras, etc. Como no hay ninguna forma administrativamente razonable de devolver dinero sólo a los productores chicos como no sea a través de complejos mecanismos de difícil control y fácil corrupción, el tema sigue así. Pero sabiendo, como lo sabe el gobierno argentino, que la producción de algunos de sus rubros afectados con ese régimen se les cae, enchastran más los precios relativos, confiriendo subsidios al combustible, o a la aplicación de algunos insumos.

LIBRE CIRCULACIÓN. A este tema de las retenciones se llegó cuando ocurrió la crisis de balanza de pagos de fines del 2001. Por esos años, me cuenta un dirigente argentino que el agro aunque a regañadientes aceptó las detracciones; en parte por la crisis fiscal, pero sobre todo por la promesa, hasta hace algunos meses cumplida, de corregirlas a través de un tipo de cambio adelantado. Así fue que hoy en la Argentina, con un proceso en marcha de fuerte retraso cambiario, moderado por la fuga de capitales, nadie sabe cómo salir del régimen. Y cuando los productores piden cambiarlo solo sugieren moderarlo e incluso no tocar al enemigo del gobierno, aquel yuyo que tan bien recauda, la soja. Me resulta casi chocante además, que importantes sectores industriales de la Argentina, frente al peligro de la caída de las retenciones, ya hayan desarrollado una fuerte resistencia poniendo por delante como siempre al consumidor: su planteo supone defender un subsidio al proceso industrial costeado por el productor rural, para mantener una ayuda al consumidor que sólo Moreno sabe cuál es su cuantía. Queda claro además que si Moreno no ha caído no es porque no moleste su espantoso y patotero dirigismo, sino porque hay poderosos intereses beneficiados. Claro está que, además, no hay forma sencilla de salir de esta política porque se la ha complementado con reacciones que suponen resentimientos de clase. Así, el gobierno acusa a un sector -los productores- de no querer ser solidario con los pobres, como si la función del gobierno fuera obligar a ser caritativos a algunos, confundiendo el plano de la justicia tributaria -que debería descartar el costeo de un sector por parte de otro- con el de la conciencia personal, que está muy lejos de funcionar al socaire de un gobierno.

¿AFLOJAMOS? Pero todos estos efectos, según un análisis liviano, competen al país que lo practica y nada más. Quizás algo así sea lo que explique el debilitamiento de la posición uruguaya en la cumbre del MERCOSUR, demasiado rápidamente calificada de exitosa. Quizás haya quienes sostengan que esto que hace Argentina no nos afecta, y no es cierto. Los productos industriales elaborados con semejante subsidio compiten con los nuestros de varias formas. En primer lugar, en el propio mercado argentino constituyéndose así el régimen en una barrera al acceso de nuestros productos a su mercado, principal agravio a la integración. Es meridianamente claro que se agravia el libre acceso. Pero hay cosas si se quiere peores. Esos productos industriales subsidiados compiten mejor que los nuestros en terceros mercados, pero también en el nuestro. Esto quiere decir que en cualquier momento pueden aparecer aquí como ya ha ocurrido, productos agroindustriales argentinos compitiendo con los nuestros en base a ese fenomenal subsidio.

En un artículo que escribí hace más de dos meses advertía sobre el enorme peligro que se cernía sobre nuestro país si en la cumbre de San Juan se terminaba por aceptar el régimen argentino. Por tanto, me llama la atención que la prensa titule como éxito lo que al momento de escribir estas líneas luce como muy dudoso. Una fuente diplomática uruguaya señala que se habría acordado que "cada país preserva su legislación, pero no puede afectar a los estados parte" (El País, 4 de agosto). Si así fuera se trataría por lo menos de una ingenuidad tremenda, ya que supone una contradictio in terminis, algo así como aceptar que nos tiren por la cabeza un balde de agua con tal de que no nos moje…

La información sugiere además que Uruguay estaba dispuesto a aceptar el régimen de detracciones si fuera regional, algo así como aceptar que el mal se convierta en bien si lo practican muchos. No sé, además, cómo se puede creer que se mejorará todo el régimen de comercio a partir de la firma del código aduanero, en tanto se aceptaría que el régimen argentino de retenciones es cosa de ellos.

Ojalá que la multiplicidad de temas presupuestales que el mes de agosto propone no deje pasar la necesidad de aclarar este tema, que integra también la lista larga de aquellos sobre los que del Ministerio de Ganadería sólo se recogen silencios.

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