JAVIER DE HAEDO
En su discurso inaugural, el presidente Mujica destacó la importancia de contar con políticas de Estado de modo que el país tenga un rumbo definido en el largo plazo, al menos para un común denominador de temas o áreas para todo el sistema político. Es indudable la conveniencia de contar con políticas que se mantengan o profundicen a lo largo de los años y que sean al mismo tiempo flexibles de modo de adaptarse a la propia evolución del conocimiento en la materia y del contexto regional, mundial o específico del área de que se trate.
El presidente señaló que los temas de Estado deben ser pocos y selectos y expresó que se debería empezar por cuatro asuntos: educación, energía, ambiente y seguridad.
Nadie puede dudar que esos cuatro temas califiquen para ser considerados políticas de Estado e incluso que no debería haber mayores dificultades en acordar los objetivos en todos ellos. No es tan fácil en cambio acordar los caminos que conduzcan a los objetivos en el primero de los casos, el de la educación, y me parece que para ello es clave que todos coincidan en los roles a desempeñar en esa historia. La confusión de roles y la indefinición o la mala definición de la autoridad es desde mi punto de vista determinante de los resultados actuales en ese campo.
De la lectura del discurso presidencial, sin embargo, puede quedar la impresión de que no tenemos políticas de Estado y que de algún modo con esas cuatro se iniciaría un camino en ese sentido. Creo que el presidente debió hacer referencia a las múltiples y muy buenas políticas de Estado con que cuenta nuestro país y que constituyen un denominador común a nuestros partidos políticos, si bien en algunos casos, como en el de la coalición del presidente, la adhesión a esas políticas de Estado es relativamente reciente. No obstante, como suele decirse, no hay nadie más convencido que un converso y de hecho en los casos que voy a referir es clara la convicción que ha mostrado el Frente Amplio en su primer período de gobierno y la ratificación realizada al inicio del segundo.
Son políticas de Estado en Uruguay el tratamiento de la inversión privada y en particular la extranjera, con libre entrada y salida de capitales; la forma en que se organiza el sistema previsional; el objetivo de inflación inferior a 10% anual; el tratamiento de la deuda pública, interna y externa; las características del sistema financiero; la no imposición a las exportaciones; la política en materia de puertos. Y podría seguir con algunos otros casos menos vistosos pero igualmente importantes para el funcionamiento de una economía.
Es decir que la ortodoxia macroeconómica con la que se quiere conducir el presidente Mujica, a la que coadyuvan algunas de las políticas referidas en el párrafo anterior, ya es una política de Estado, si bien tenemos que perseverar en algún caso, como en el de la consideración del ciclo económico en la política fiscal, que debería sustituir a la actual política de Estado en la materia, que incluye carnavales electorales cada cinco años.
Otra área de consensos debe ser la de las políticas sociales, que en el pasado, ya lejano, nos caracterizaron en el contexto regional y nos dieron prestigio como sociedad a nivel mundial. No dudo que existen propósitos e intenciones comunes en esta materia pero los resultados dejan mucho que desear. En gran medida lo "social" mudó en lo "cultural" y los instrumentos válidos para superar la actual situación ya no son los convencionales ni se resuelven con dinero en el corto plazo. No tengo claro cuánta conciencia existe sobre esto en nuestro sistema político y más aún en la sociedad. Sin esa conciencia no hay posibilidades de elaborar políticas de Estado eficaces. En definitiva, lo que quiero decir es que comparto el objetivo del presidente de terminar con la indigencia y reducir a la mitad la pobreza en estos cinco años, pero con eso no alcanza. Exclusión y pobreza no son sinónimas. Asentamiento y pobreza tampoco. Y "asentamiento" es un concepto que incluye realidades extremadamente diversas.
En el caso de la educación, me preocupa la visión economicista que está implícita en el discurso del presidente, en cuanto hay que darle más y más recursos hasta el extremo de tener que decidir en qué áreas habrá que hacer sacrificios económicos. Esta película ya la vimos, en los últimos cinco años, cuando se dieron recursos y más recursos a la educación pública a cambio de nada, de ninguna meta y de ningún objetivo. Eso es poner la carreta delante de los bueyes. La reforma del Estado que pretende Mujica debe hacerse en la educación para que luego vayan los recursos a destinos claros y de modo eficiente.
Otro capítulo interesante del discurso inaugural fue el reconocimiento de algunos temas importantes del pasado económico de nuestro país. "No queremos que nos vuelva a pasar lo que ocurrió en los años cincuenta al setenta cuando la sociedad, tal vez con buena intención, desperdició enormes recursos en la quimera de industrias imposibles". Nunca había visto de parte de un presidente uruguayo un reconocimiento tan contundente del desastre que fue la sustitución de importaciones de mediados del siglo pasado. Y comparto el "tal vez" que el presidente vincula a "buena intención", ya que los errores más serios en política económica muchas veces no se deben a cuestiones de ideas sino a cuestiones de intereses. Y si no, ¿por qué existen detracciones a las exportaciones en Argentina?
También encontré interesante el reconocimiento de que "el Uruguay se mantuvo al margen de los vientos privatizadores de los años noventa". No coincido tanto en el porqué, ya que el presidente atribuye ese resultado al rechazo de una parte de la ley de empresas públicas en 1992. En realidad el Uruguay se mantuvo al margen de la ola privatizadora en el continente por la sencilla razón de que no había acá, a diferencia de lo que era habitual en otros países del área, decenas o centenas de entidades públicas, sino sólo unas pocas, y en general de buena reputación, en un país que tiene un sentimiento positivo hacia su Estado.
Pero es muy cierto que aquel episodio contribuyó a la confusión acerca del rol del Estado y se terminó convirtiendo en una disputa entre etiquetas, de la que fueron responsables ambas partes involucradas en la disputa. Es muy cierto que en todo caso "el respaldo de los ciudadanos fue a un modo de propiedad social, no a un modo de gestión de la cosa pública y, menos, a sus resultados". Es decir que hablar hoy y plantear ahora una "reforma del Estado" no debe llevar a reabrir aquella discusión, que está definida, y nada tiene que ver con lo que ahora se plantea.
Por último, quiero destacar que tras expresar que se va a actuar de manera "casi" ortodoxa en la macroeconomía, "lo vamos a compensar largamente, siendo heterodoxos, innovadores y atrevidos en otros aspectos".
Es posible que, dado que acto seguido se refirió a que "vamos a tener un Estado activo en el estímulo a lo que hemos llamado el país agro inteligente", la cosa vaya por ese lado y se busquen nuevos instrumentos y nuevas prácticas en el sector. Yo soy de los que cree que si un sector anda bien por sí mismo, en todo caso lo que hay que hacer es alivianarle la mochila y dejar que los que saben y a los que les duele, jueguen con la mayor libertad posible. En vez de andar marcándoles lo que deben hacer, ya que es posible que "tal vez con buena intención" se cometan errores.
Pero cuando escuché el primero de marzo el discurso del presidente, me quedó la impresión de que, de algún modo, anunciaba ortodoxia macro y heterodoxia micro. Y justamente eso fue de lo malo del quinquenio que recién terminó.