Thomas Malthus publicó en 1798 por primera vez su "Ensayo sobre el principio de la población", en el que pronostica que el crecimiento de la población podría superar la oferta de alimentos mundial. La oportunidad de su anuncio fue desafortunada, ya que algo comenzaba a ocurrir por esas fechas que hizo que sus ideas no tuvieran sentido. Mientras la industrialización se extendía por el que ahora es el mundo desarrollado, la fertilidad caía abruptamente, primero en Francia, luego en Gran Bretaña, luego a lo largo de Europa y Estados Unidos. A medida que la gente se hacía más rica, las familias se hicieron más pequeñas; y a medida que las familias se hicieron más pequeñas, la gente se hizo más rica.
Algo similar está ocurriendo ahora en los países en desarrollo. La fertilidad está cayendo y las familias se están reduciendo en lugares que normalmente la gente se imagina abarrotados de niños, como Brasil, Indonesia e incluso partes de India. La tasa de fertilidad de la mitad del mundo es ahora 2,1 o menor, el número mágico que es consistente con una población estable y es normalmente denominado como "la tasa de fertilidad de reemplazo". En algún momento entre los años 2020 y 2050 la tasa de fertilidad mundial va a caer por debajo de la tasa de reemplazo a nivel global.
En un momento en que las preocupaciones malthusianas resurgen y la gente teme las consecuencias de un planeta superpoblado, el descenso de la fertilidad es sorprendente y en cierto modo tranquilizador. Significa que las preocupaciones sobre una explosión de la población están explotando ellas mismas y da una idea sobre cómo resolver los problemas del cambio climático.
UNA BENDICIÓN. La caída actual de la fertilidad es muy grande y muy rápida. Los países pobres están pasando por la misma transición demográfica que los países ricos, empezando en una etapa anterior de desarrollo y moviéndose más rápido. La transición desde una tasa de cinco a la de dos, que tardó 130 años en Gran Bretaña -desde 1800 hasta 1930-, llevó solamente 20 años -desde 1965 a 1985- en Corea del Sur. Hoy las mujeres entre 15 y 49 años en los países en desarrollo pueden esperar tener tres hijos. Sus madres tuvieron seis. En algunos países la velocidad del descenso de la tasa de fertilidad ha sido asombrosa. En Irán cayó de 7 en 1984 a 1,9 en 2006, y solamente a 1,5 en Teherán. Esta es la mayor velocidad a la que pueden ocurrir los cambios sociales.
Una fertilidad decreciente en sociedades de bajos y medianos ingresos es una bendición en sí misma. Significa que por primera vez, la mayoría de las mujeres están teniendo el número de hijos que quieren, que parece ser -hasta donde se puede juzgar- dos. (China es una excepción: su caída en la fertilidad fue forzada).
Es también una bendición en lo que representa, que es mayor seguridad para miles de millones de personas vulnerables. Los agricultores de subsistencia, que viven de su cosecha y arriesgan ser víctimas de robos o de sequías, pueden depender solamente de ellos mismos y de sus hijos. Para ellos, una familia de ocho puede ser el único seguro contra el desastre. Pero para las nuevas clases medias de China, India o Brasil, con trabajos industriales, autos y cuentas bancarias, los problemas de inseguridad extrema quedaron en el pasado. Para ellos, un hijo puede ser una alegría, una carga o un accidente, pero no una póliza de seguro.
Y una fertilidad decreciente es una bendición por lo que hace posible, que es el crecimiento económico. La demografía solía considerarse neutral para el crecimiento. Pero eso era porque, hasta la década del noventa, había pocos países en desarrollo con fertilidades decrecientes e ingresos crecientes. Ahora hay docenas que muestran que mientras los países se mueven desde familias grandes y pobreza hacia riqueza y madurez, pasan por un período a lo "Ricitos de Oro": una generación o dos en las que la fertilidad no es ni muy alta ni muy baja, y en el que hay pocos niños dependientes, pocos abuelos dependientes y una cantidad de adultos en el medio quienes, si las condiciones son correctas, hacen que las industrias estén muy activas. Para los países en transición demográfica, la caída hacia la fertilidad de reemplazo es una oportunidad única y preciada.
INSUFICIENTE. Es un sinsentido, dicen los herederos de Malthus. Todo esto pierde de vista el punto central: hay demasiada gente para el frágil ecosistema de la Tierra. Es hora de parar -e idealmente revertir- el incremento de la población. Celebrar una fertilidad decreciente es como felicitar al capitán del Titanic por dirigirse al iceberg más despacio.
Los malthusianos tienen razón en que la población mundial todavía está aumentando y puede provocar mucho más daño ambiental antes de llegar al pico de poco más de 9 mil millones en 2050. Esto seguramente sucederá si países pobres, con crecimiento rápido, siguen las trayectorias económicas de aquellos en el mundo rico. Los africanos y asiáticos más pobres producen 0,1 toneladas de CO2 por año, comparado con 20 toneladas por cada estadounidense. Pero si los pobres copian el modelo de creación de riqueza que hizo ricos a Europa y Estados Unidos, van a consumir tantos recursos como los americanos, con consecuencias devastadoras para el planeta. Más aún, las partes del mundo en las que la población está creciendo más rápido son también aquellas más vulnerables al cambio climático, y una población creciente va a exacerbar las consecuencias del calentamiento global, escasez de agua, migraciones en masa y retornos decrecientes de las cosechas.
En principio, hay tres formas de limitar los impactos ambientales humanos: a través de políticas poblacionales, tecnología y gestión pública. La primera de ellas no ofrece demasiado espectro. El crecimiento de la población ya está enlenteciéndose tan rápido como es naturalmente posible. Una mayor accesibilidad a la planificación familiar, especialmente en África, podría probablemente reducir su pico esperado desde 9 mil millones a 8,5 mil millones. Sólo imposiciones al estilo chino podrían bajarlo más; y obligar a la gente pobre a tener menos hijos de los que quieren porque los ricos consumen demasiados recursos del mundo sería inmoral.
Si las políticas poblacionales pueden hacer poco más para aliviar el daño ambiental, entonces la raza humana va a tener que apoyarse en la tecnología y los gobiernos para hacer transitar a la economía mundial hacia un crecimiento más limpio. La humanidad necesita desarrollar más tecnologías y más baratas que le permitan a la gente disfrutar los frutos del crecimiento económico sin destruir el capital natural del planeta. Eso no va a pasar a menos que los gobiernos usen políticas como impuestos al carbono y otras del estilo para incentivar la inversión en esas tecnologías, y limitar el daño que el desarrollo económico provoca en la biodiversidad.
Una fertilidad decreciente puede estar mejorando la vida de las personas pobres, pero no puede salvar a la Tierra. Eso depende de nosotros.