Lo ocurrido en Argentina en estos días, permite pensar acerca de la pertinencia y límites de la autonomía de un Banco Central. ¿Puede convertirse en otro poder dentro del Estado del tipo del Poder Judicial?
AUTONOMÍAS. De hecho la autonomía de los distintos BC difiere mucho. En general se puede afirmar que tres son los elementos que la definen: el manejo de la política monetaria en base a un objetivo de estabilidad de precios; la independencia financiera, es decir la competencia para asistir al gobierno, tanto como para ser por él capitalizado; y la forma de nombrar y remover sus autoridades. Combinando estos tres atributos existen bancos de autoridades que incluyen a privados, que se nombran con más o menos injerencia del Poder Legislativo, con mayor o menor duración, con prohibición total o parcial de asistir al gobierno, con obligación de mantener un predeterminado valor de la moneda, con facultades mayores o menores para la emisión de moneda local, para contraer préstamos, etc.
En realidad la crisis del Banco Central argentino deriva de un problema mayor que el propiamente legal y muy viejo: un gobierno que quiere utilizar más recursos de los que dispone, que apela en este caso a las reservas, como podría hacerlo a la emisión, al endeudamiento, al control de precios, a préstamos obligatorios, a expropiaciones o, como en nuestro pasado, al "curso forzoso".
El punto central no está solo en discutir acerca de la legalidad de la apelación a las reservas, o en la pertinencia de la autonomía del BC para defenderlas. La clave es cuán dispuesta está la sociedad a defender la estabilidad de precios, la seriedad en el manejo de las cuentas públicas, en cuánto estima el cumplimiento con sus compromisos, o la propiedad privada, por ejemplo de los depósitos. Si la sociedad a través de sus representantes legítimos valora poco todos estos aspectos, puede ser muy independiente su BC, muy valiente su presidente, muy rígidas las leyes, pero terminarán pasándolas por arriba. El asunto no es pues la calidad de una regla -la independencia del BC lo es- sino la voluntad de la sociedad de querer someterse a ella. Por eso en Chile y en Brasil es tan prestigioso el BC, en el primer caso totalmente independiente por ley, y en el segundo totalmente independiente sin ley. Es la sociedad la que estima que es positivo controlar la inflación, para lo que está dispuesta aun a sufrir por el uso de mecanismos monetarios restrictivos, con tal de atender aquel objetivo. En Brasil la autoridad monetaria depende del Ministerio de Economía, pero poca influencia han tenido los reclamos del PT de Lula, para que el banco baje sus tasas de interés, que históricamente se mantuvieron altísimas, para combatir la inflación. Este es el punto. La institucionalidad, las reglas, deben ser de calidad y consistentes con los propósitos de estabilidad. Pero lo más importante es la voluntad de la sociedad de generarlas y sobre todo de someterse siempre a ellas.
REGLAS DURAS. Por eso para atar los gastos del gobierno, si existe esa voluntad, el mecanismo elegido puede ser cualquiera, basta con que sea estable. Puede ayudar un BC independiente por ley. Pero la estabilidad se ha logrado también sin bancos centrales y viceversa. La convertibilidad legal de Cavallo, la eliminación de la moneda propia, el tener un único Banco Central para dieciséis países como ocurre en Europa, el patrón oro, todas son diferentes modalidades para concretar una decisión anterior de someterse a reglas invariables que una vez admitidas quitan muchos grados de libertad, de soberanía, a las decisiones de los gobiernos, de lo que se queja hoy el presidente de Francia Nicolas Sarkozy.
Quiero recordar que en nuestro país hubo freebanking desde la Ley Villalba hasta la creación del BROU de 1896 con su monopolio de emisión que antes era privada. O que el Banco de Inglaterra creado en 1694 fue privado hasta 1946, luego estatal y desde 1997 independiente. Y que en realidad lo que quiere hacer el gobierno argentino se parece a lo que hizo el gobierno con los empréstitos del Banco Mauá, o con la autorización de emitir más allá de las reglas para luego anular la conversión a oro y decretar el curso forzoso. Son medidas absolutamente análogas. Claro está que cuando el gobierno de Varela decretó el curso forzoso, la patente para gastar y expandir el crédito hasta el infinito, todas las entidades empresariales se comprometieron solo a aceptar papeles de acuerdo a la regla orista que el gobierno pretendía demoler, logrando en poco tiempo su restablecimiento. La sociedad defendió la seriedad; éste es el tema.
LA LEY. Parece razonable hoy quizás -quizás- que exista un BC con objetivos claros de utilización de la política monetaria para defender una regla que le es dada de estabilidad de precios, e intervenir para peinar los extremos derivados de los movimientos bruscos de la balanza de pagos. Tampoco me parece desatinado que se utilicen reservas con arreglo a procedimientos procedentes de la ley, como lo han hecho en esta crisis muchos bancos centrales, con el cuidado obvio de considerar el efecto de un movimiento de estos en el crédito futuro, en la confianza de nuestro acreedores. Esta intervención legal me parece crucial, porque si el uso de las reservas se diera por decreto, a la argentina, se estaría de hecho recaudando impuestos por parte del Poder Ejecutivo sin ley, y se estaría gastando fuera de lo presupuestado, también sin ley.
La existencia de un BC independiente en el manejo de instrumentos de política monetaria puede también atenuar un problema relevante para la inversión en países como el nuestro: la falta de coherencia intertemporal de las decisiones económicas oficiales, que supone la existencia de incentivos políticos para que el gobierno tome medidas hoy, que mañana pueden desconocerse. Por ejemplo, dar grandes beneficios a la inversión hoy pero con peligro de que una inestabilidad fiscal futura los anule. Para estos casos la existencia de reglas de estabilidad independientes del poder de turno puede ayudar.
Pero si la sociedad no premia la disciplina, las mejores reglas se violan, porque la causalidad va al revés: es la voluntad de someterse a reglas la que genera instituciones serias. En cambio la creación de instituciones serias solo en el papel puede ayudar, pero no es lo decisivo.
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