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CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC
Pasado el aturdimiento y los miedos generados por los hechos sorprendentes que signaron el escenario mundial en el año 2008, viene resurgiendo lentamente la predisposición de comenzar a mirar hacia adelante. Esa actitud germina en planos diversos proyectados por encendidos debates a nivel político, empresarial y hasta académico. La discusión sobre el tipo de medidas instrumentadas, su profundidad, sus efectos y su duración son la tierra fértil en la cual van echando raíces ideas que pautarán el devenir mundial. A pesar de lo reiterativo del debate, se demuestra que aparecen espacios para la reflexión lo cual indicaría que lo peor del incendio de la crisis está bajo control.
En definitiva, se estaría entrando en una fase de evaluación de los daños y, en consecuencia, iniciar la etapa de la reconstrucción. La complejidad de la tarea radica en su alcance global. De ahora en más, todo lo que parezca tener tinte de política doméstica adquiere dimensión internacional en sus efectos. Sin duda, serán las naciones más grandes quienes liderarán el proceso, atributo otorgado por su propio peso relativo y su responsabilidad en haber desatado la crisis. Pero también requerirá de una participación acompasada del resto de las naciones, en particular las emergentes, para no quedar afuera de la discusión en el diseño de una nueva institucionalidad sobre la cual discurrirá el devenir económico y político del mundo en las próximas décadas.
La ruta por delante no estará exenta de alguno que otro zarandeo. Comenzar a pensar hacia adelante no implica que se salió completamente del atolladero. También en la búsqueda de la salida es posible adentrarse en algún otro pantanal imprevisto, fruto del desconocimiento de territorio aun no mapeado.
En el trazo de estos nuevos horizontes surgen algunas preguntas básicas que requieren respuestas adecuadas.
La primera refiere hacia qué tipo de capitalismo vamos, aceptando que su alternativa socialista ya demostró que no funciona. De todos modos, queda latente estimar el grado óptimo de intervención del Estado. Eso se traduce tanto en el dominio de la regulación, como su función de productor y distribuidor de bienes y servicios, incluidos los financieros.
Aunque su penetración en la esfera productiva, con la parcial nacionalización de la industria automotriz en Estados Unidos representa poco en su PIB, es una señal que se orienta hacia la concepción de que hay industrias que es necesario proteger a ultranza. No tanto por lo que representan como valor estratégico -un auto es un bien de consumo tecnológicamente simple- sino por el caudal electoral que acaudillan sectores conectados con esa actividad. Algo similar ocurre con la agricultura, donde la política agrícola de la Unión Europea es un caso paradigmático. En otras palabras, la crisis actuó como coartada para rasgar los velos de políticas que en tiempos normales hubieran sido difíciles de instrumentar. Sin duda, florecerá una zona gris donde la necesidad de crear redes de protección social convivirá con programas difíciles de justificar, más aun de desmontar y con costos fiscales altos.
Con el salvataje del sector financiero la cuestión es distinta. Sin duda que hubo una asimetría en la percepción del riesgo y la captura de rentas por parte de los agentes financieros que llevaron a prácticas que hicieron colapsar al sistema. La única forma de enmendar esa falencia es con regulaciones más profundas, cuyo resultado significará una mayor ingerencia del Estado en el negocio financiero.
En resumen, posiblemente veamos un capitalismo donde el Estado se realzará en funciones indispensables como regulador, pero con el riesgo de caer preso de intereses particulares.
El segundo tema a responder refiere a los efectos internacionales de las políticas de expansión fiscal que llevan adelante los países desarrollados, en particular Estados Unidos. En esto va la suerte de la mayoría de las naciones emergentes, pues un gran porcentaje de sus activos externos está nominado en dólares. Hoy, las presunciones apuntan hacia su desvalorización, aunque los hechos recientes muestran lo contrario. A pesar de la gran expansión fiscal, el dólar mantiene sin mayores variantes su solidez respecto al resto de las monedas.
¿Será posible de manera ordenada encontrar una ruta para su sustitución parcial como moneda de reserva? ¿O será que su tenencia extendida a lo largo de todo el mundo lo inmuniza de una caída estrepitosa, asegurándole una larga vida como unidad de reserva? Puede ser, siempre y tanto Estados Unidos recupere su crecimiento económico con tasas robustas y continúe aportándole al mundo mercados financieros líquidos y profundos.
De todas maneras, es una situación propensa a desestabilizarse ante cualquier impacto inesperado, cuyo resultado pueden ser variaciones bruscas y de magnitud de la paridad del dólar frente a otras monedas.
Esa realidad pone al debate en términos similares al que hubo a principios de los años cuarenta como prolegómeno de la creación del FMI, entre el Secretarios del Tesoro de Estados Unidos, White, y Keynes. En aquella instancia, era irreversible el ascenso del dólar como moneda dominante y el ocaso de la libra esterlina. El desafío era buscar una adecuada transición cuyo resultado fue un ordenamiento monetario que terminó en 1971 al abandonar su convertibilidad respecto al oro, a razón de 35 dólares por onza.
Hoy, esas coordenadas han cambiado y de no revertirse la situación rápidamente a través de un fuerte ejercicio de consolidación fiscal, entendemos que más temprano que tarde el tema aparecerá sobre una mesa servida con otros sustitutos, aunque sean parciales.
Aquí también se incorpora otra variable que es la duración de las políticas de expansión fiscal. Todo el mundo anuncia su temporalidad pero nadie hasta ahora ha dicho hasta cuándo. Aun hay una actitud de expectativa, tratando de que no se desactiven prematuramente las políticas anticíclicas. Pero, seguramente, hay un límite que una vez traspasado pondrá presión a la baja en su cotización y acelerará la discusión en la búsqueda de un nuevo ordenamiento monetario.
Finalmente, como tercer desafío corresponde considerar que todo confluye hacia ejercicios intensos de negociación a nivel internacional, incluyendo acuerdos regionales previos, en la búsqueda de denominadores comunes en ciertos temas. Lamentablemente, las experiencias recientes muestran que el mundo está desnudo en ambas categorías.
Prácticamente, todo lo que se ha intentado avanzar a nivel multilateral ha naufragado.
La Ronda de Doha, cuyos alcances lucen modestos frente a los desafíos a resolver, constituye el mejor ejemplo.
Si miramos hacia la cercana región, el Mercosur ha fracasado pues agregó poco a lo que antes existía. Lo interesante es que su miembro líder integra el G20, y también el grupo de las economías emergentes más grandes del mundo junto a China, India y Rusia (BRIC). Recientemente, tuvieron su reunión que aun sin presentar resultados concretos ya mostró su hilacha al hacer declaraciones. En particular, Rusia, manifestó la conveniencia de mantener al dólar como moneda de reserva.
Este aspecto nos lleva de la mano a un tema cardinal: la necesidad de plantear sin demoras cómo los países más pequeños se insertarán en un diálogo multilateral a partir del cual surgirá un nuevo ordenamiento comercial y financiero del mundo que perdurará en las próximas décadas.
La realidad ya indica que los plenarios multilaterales para llevar adelante discusiones de este porte no funcionan. Quizás los agrupamientos regionales sean el mecanismo idóneo para consensuar posturas comunes, a ser presentadas en foros más restringidos como el G20 cuya agenda anunciada en su última reunión cubre desde aspectos comerciales a monetarios y financieros.
En realidad, para naciones como Uruguay puede parecer como una posición incómoda, pues se participa a través de un intermediario. Pero la otra alternativa es ser meros espectadores. En consecuencia, la instrumentación de acciones acordes debe integrarse a la lista de temas prioritarios.
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