JAVIER DE HAEDO
Es muy frecuente que se caiga en el error de confundir correlación con causalidad. Hay correlación cuando existe correspondencia o relación recíproca entre dos o más cosas o series de cosas. Hay causalidad cuando una de esas cosas o series de cosas, produce efectos sobre la o las otras.
Lo que ocurre con el mercado de trabajo es un muy buen ejemplo de ello. Hay quienes comparan el actual gobierno con el anterior y al comprobar que en ellos hubo un muy diverso comportamiento del salario real, concluyen que el signo político del gobierno es clave para la evolución de esa variable. Algo así como que "con el gobierno de Batlle el salario real baja, con el de Vázquez sube. Con los partidos tradicionales baja, con el Frente sube. Con la derecha baja, con la izquierda sube". Es un clarísimo ejemplo de correlación, pero no de causalidad.
La verdadera causalidad está en otro lado: entre el crecimiento de la economía y el crecimiento del salario real y el empleo. No es necesario ir a ver lo que pasó en otros gobiernos para entender la regla. En este mismo período hubo cuatro años en los cuales el PIB creció en promedio un 7,1% anual. En esos cuatro años, el salario real privado (el único que en nuestro país tiene alguna relación con el concepto de "mercado") creció en promedio un 4,3% anual. En ese contexto, no es raro que la cantidad de ocupados haya subido a razón de un 3,8% en promedio cada año. Ese es un panorama comprensible y coherente. Si el salario real hubiera subido más aún de lo que lo hizo, es muy probable que el empleo no se hubiera recuperado tanto como ocurrió.
Sin embargo, la realidad del quinto año del gobierno que estamos transitando es bien diferente a la del cuatrienio anterior. En este caso, el PIB ya no crece sino que cae (asumo que la mediana de las respuestas a la encuesta de expectativas del BCU que se publicará hoy lo dirá) y como sí crece el salario real, a un ritmo similar al de los cuatro años anteriores, de la mano de una regla de recuperación real fijada antes del cambio de escenario externo que se registró en julio del año pasado, lo que cae es la ocupación. Entre noviembre y abril, la tasa de empleo en el total del país bajó del 60,0% de la población en edad de trabajar al 57,2%, registrándose (por primera vez en muchos años) una caída con relación a la tasa de empleo de un año antes (58,1%). ¿Será que el gobierno del Frente ha dejado de ser progresista? ¿Se habrá vuelto neoliberal o de derecha a pesar de que Astori ya no sea el ministro? ¿O será que las reglas de la economía no reconocen colores partidarios?
Otra idea que se ha vuelto a escuchar en los últimos días también se basa en la línea difusa que algunos pretenden que existe entre correlación y causalidad. A propósito de la discusión sobre la proyectada ley de negociación colectiva, que es una perla más en la andanada final del partido de gobierno para aprovechar la mayoría parlamentaria actual, se ha referido a la presunta fortaleza de la inversión como argumento opuesto a que la política laboral es contraria a las empresas y a la inversión. El argumento vendría a ser el siguiente: "tan mala no ha de ser nuestra política en materia de regulaciones laborales, que la inversión ha estado por las nubes".
Veamos primero si efectivamente la inversión ha subido tanto como se dice. Y, antes que nada, hay que diferenciar algunos conceptos que pueden dar lugar a confusión. Mucho se habla del enorme aumento de la "inversión extranjera directa" (IED); no hay dudas al respecto, esta inversión, que hasta hace algunos años se ubicaba en el entorno del 1% del PIB, en los últimos cuatro años estuvo en aproximadamente seis veces esa magnitud. En este caso, y más allá de que se han ido incorporando correctamente rubros que antes no se relevaban, y más allá también de que una parte sustancial de la IED es reinversión de utilidades, el aumento ha sido extraordinario.
Pero hay que tener en cuenta un aspecto clave, que no es un juego de palabras: no toda la IED es nueva inversión. Hay IED toda vez que un no residente invierte en el país, ya se trate de una nueva inversión (Botnia, el frigorífico en Durazno) o de la compra de activos y empresas a residentes (campos, otros frigoríficos). Pero este cambio de manos de activos y empresas no es una nueva inversión. Sí hay nueva inversión cuando el argentino que le compró el campo a un uruguayo incorpora capital de trabajo, adquiere máquinas y mejora las instalaciones del establecimiento o cuando el brasileño que compró el frigorífico al uruguayo amplía la capacidad de faena o las cámaras de frío.
El aumento extraordinario de la IED se dio en el contexto mundial exuberante de los últimos años, en el cual las materias primas de origen agropecuario, al igual que las otras materias primas, se apreciaron considerablemente. Y, además, en un contexto regional en el cual Argentina se destacó por expulsar a los mejores empresarios del agro, quienes salieron a buscar alternativas en la región, como sin dudas lo es primero que ningún otro destino, por conocimiento y cercanía, el Uruguay, pero que también lo han sido Paraguay y otros países.
Incluso debe destacarse que algunas regulaciones, no en el plano laboral pero sí en otros ámbitos del derecho de propiedad, las que han afectado la propiedad de la tierra, se han exceptuado justamente para las grandes corporaciones internacionales. Es decir que hay reglas restrictivas para uruguayos, que no lo son para multinacionales.
Habiendo aclarado lo referido a la IED, que es sin dudas lo que más reluce, es conveniente centrarse en la evolución de la inversión propiamente dicha, la formación bruta de capital fijo (FBCF), que corresponde a nuevas inversiones reales, concretas, y no a meros cambios de manos en la propiedad de activos y acciones de empresas. Esta FBCF incluye sólo aquella parte de la IED que es nueva inversión.
La FBCF, que es una de las variables más elásticas con el ciclo económico, se ubicó en 2008, a precios contantes, un 104% por encima del mínimo post crisis (2003), pero sólo un 19% por encima del máximo precrisis (1998). A precios corrientes, del 16,4% del PIB en 1998, pasó a sólo el 12,5% en 2003 y volvió a subir hasta el 18,7% del producto el año pasado. Se trata de una evolución acorde con el ciclo económico, similar a la de tantas otras variables: exportaciones, importaciones, empleo, etcétera. Pero no se puede decir que se trate, la de 2008, de una magnitud extraordinaria ni mucho menos. Sin ir más lejos, no es satisfactoria en términos de lo que el propio Frente Amplio planteaba hace cinco años, cuando se proponía ir a una tasa de inversión de entre 20 y 25 por ciento del PIB.
Y si, además, se tiene en cuenta que a estos guarismos se llega en medio del quinquenio más extraordinario del mundo de la posguerra, con tasas de interés en el piso que alentaban la búsqueda de nuevos horizontes para la inversión directa en economías emergentes, con Argentina siendo el peor del barrio y mandándonos inversores, y con una ley de promoción de inversiones harto generosa, los resultados son no sólo pobres en términos absolutos sino muy pobres en términos relativos. Es en este contexto que hay que evaluar si los ataques al derecho de propiedad pueden o no haber surtido efecto, limitando las posibilidades del país en materia de generación de inversiones.
Estas reflexiones son mucho más relevantes aún si pensamos en los tiempos que se vienen y no ya en los pasados. El mundo ya no será tan favorable, aún cuando se está saliendo de la crisis antes de lo previsto. Pero en el Hemisferio Norte hay y habrá oportunidades de negocios que competirán como desde hace años no ocurría con las economías emergentes. En la región sólo pueden venir malas noticias desde el lado argentino, que pueden ser buenas de algún modo si siguen alentando la fuga de capitales, pero que nos pueden complicar más de lo que nos ayuden si desde el Norte se nos iguala con ellos por ser del mismo barrio y tener la posibilidad de contagio. ¿O acaso hubo razones autóctonas para que en octubre del año pasado nuestro riesgo país superara los 800 puntos básicos? ¿Cuánto influyó en esa explosión el contagio originado en la confiscación de los activos de las AFJP?
En este contexto, si además vamos a estar jugando en contra del derecho de propiedad y de la inversión, inclinando la balanza hacia los sindicatos aliados con el gobierno con un espíritu de confrontación hacia las empresas en lugar de cooperación entre las partes de la relación laboral, vamos a conocer horas complicadas para nuestro país.