CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC
Los días pasados mostraron al mundo conmovido por la profundidad abismal que adquirió la crisis financiera y el tipo de medidas adoptadas para remediarla. Sin duda estamos aun en tiempos de espera para conocer el rumbo final sobre el que discurrirán los eventos. Pero por encima de todo, en presencia de una concertación internacional presurosa, instrumentando medidas extraordinarias para lidiar con una situación excepcional.
En este contexto, el Estado a lo largo y ancho del mundo ha sido quien ha dado un paso adelante en un movimiento que puede tildarse de nacionalización del sistema financiero recapitalizando bancos, garantizado préstamos interbancarios e inyectando liquidez.
El primer ministro de Gran Bretaña Gordon Brown lideró el movimiento, azuzado por las circunstancias pero también por la experiencia acumulada en una década al mando de la economía británica. Su propuesta rápidamente captó adherentes e incluso generó conversos como el Secretario Paulson, renuente hasta ese momento a dar pasos adicionales más allá de purgar los balances bancarios de activos hipotecarios insolventes La solvencia del sistema y la regeneración del crédito requerían de la instrumentación de un paquete de medidas, cuya propuesta inicial no resolvía.
En la práctica, la batería de medidas instrumentadas implica grados importantes de nacionalización o intervención de los sistemas bancarios en los países más grandes del mundo, hecho que ya ha comenzado a acaudillar pregoneros del fin del sistema capitalista-financiero tal como lo conocemos. Y algunos quizás con la esperanza ya puesta de que estamos frente al primer paso de una embestida necesaria del Estado hacia otras áreas de la economía.
El debate consiguiente será apasionante y necesario para recalibrar el compás que marcará el derrotero futuro. Nos encontramos entre quienes entendemos que no hay que confundir los altos en el camino con los cambios de rumbo dramáticos, pues de tanto en tanto el ajetreo del camino desajusta los instrumentos de navegación, lo cual requiere mirar los horizontes para reencontrar los nortes absolutos.
En realidad lo que se viene instrumentando son medidas extraordinarias para enfrentar hechos extraordinarios, y nada más. No es el fin del sistema financiero privado y menos del capitalismo, sino de la instrumentación de fórmulas temporales para apuntalar a una de sus áreas básicas desquiciada por excesos magnificados por la interdependencia casi absoluta del mundo. Cuánto durará este estado de emergencia lo dirán las circunstancias. Pero hay certeza que más temprano que tarde las aguas volverán a su cauce original, pues corresponde recordar que a través de la intermediación financiera del sistema, hoy en crisis, el mundo creció y distribuyó bienestar a las tasas más altas que se tenga memoria.
Sin duda habrá que desterrar los incentivos que conducen a los excesos, regular mejor para acotar riesgos buscando retornar a las prácticas básicas de la valuación y disipación de riesgo en el negocio bancario. Pero eso no implica modificar la esencia del sistema, sino corregirle defectos y adaptarlo a los marcos que impone la globalización. Lo que está probado es que lo local rápidamente adquiere dimensión global.
La gran constatación. La particularidad de la crisis es que su epicentro se localizó en el país más desarrollado del mundo, extendiéndose rápidamente hacia el resto. Su virulencia paralizó prestamente la intermediación financiera secando rápidamente toda la liquidez disponible. Sus canales de transmisión hicieron que empresas de primera línea en los países desarrollados comenzaran a financiar su capital de giro con renovaciones que se fueron acortando hasta hacerse diarias. Numerosos bancos corrieron igual suerte, quedando primero ilíquidos y luego insolventes ante el doble juego de la descomposición de sus activos inmobiliarios y sus derivados por un lado, y el corte abrupto del financiamiento interbancario. En esa coyuntura, la estabilidad de todo el sistema está en juego, pues empresas de primera línea rápidamente pueden entrar en cesación de pagos a pesar de que su solvencia está intacta.
Desbocada la crisis, de ahí en más florecieron otras secuelas cuyo denominador común fue captar liquidez en donde estuviera. Su consecuencia práctica fue el giro de recursos desde las sucursales en el exterior hacia las matrices, en un episodio de reversión de flujos de capital inédito, pues es de esperar que en situaciones de astringencia financiera, la banca internacional sea quien aporta y opera con los niveles de liquidez más elevados. Una de las secuelas inmediatas fue el corte del financiamiento del comercio internacional, en particular el de las exportaciones de los países emergentes. Conviene recordar que para la banca extranjera, el financiamiento del comercio exterior es la razón principal de su giro. Por tanto la iliquidez en el centro, de no ser resuelta prestamente, afectaría el nivel de actividad en la periferia.
Otras lecciones. La causalidad de la reversión de los flujos de capital es inédita. Ahora su detonante está en el centro, y no en la periferia. Pero con el agravante que los países en desarrollo pueden entrar en crisis profunda con la locomotora de arrastre del mundo desarrollado en crisis.
Como paliativo podría operar un aumento del consumo doméstico de China. Pero por el momento eso aun pertenece a la dimensión de las aspiraciones y no de las realidades. Cuando más de la mitad del PIB mundial esta en contracción, pocas son las fuerzas que pueden compensarlo.
También se ha debilitado el paradigma del desenganche entre el mundo desarrollado y los países emergentes. El sector financiero por canales diversos los aglutina. Una forma sutil de enganche es el financiamiento del comercio internacional. Paralizado el primero se frena al segundo y de ahí en más una cascada de eventos que hacen que la economía real del mundo marche al ritmo de la disponibilidad de financiamiento de productores y consumidores.
La regulación bancaria deberá entrar en el equilibrio sutil de desincentivar prácticas riesgosas, cubrir el espectro más amplio de operaciones, y mejorar la capitalización bancaria. Quizás llegó el momento de aplicar requerimientos de capital ajustados por el ciclo de los negocios. En los momentos de expansión los niveles de capital deben ser más exigentes para evitar el financiamiento de burbujas y ayudar a blindarlos para los ciclos de baja. Este no es un tema menor, pues los hechos recientes han mostrado que exigencias prudenciales disímiles entre países, han llevado a un "arbitraje regulatorio" cuya consecuencia es la concentración de riesgos en el negocio bancario global que en los eventos de crisis pueden tener consecuencias dañinas para el resto del sistema.
Entendemos que aquí enfrentamos un problema que se puede paliar pero no resolver completamente. Se trata ni más ni menos que domeñar conductas humanas que se movilizan por un exceso de codicia que neutraliza los temores por los riesgos asumidos y sus consecuencias.
Sin duda que esto llamará a más regulaciones y sanciones más severas, Pero de todos modos siempre estará latente esta fuente de inestabilidad inherente a la condición humana
Conclusión. Las crisis profundas generalmente alumbran nuevos episodios de la historia. En este caso las circunstancias, después de los titubeos naturales, empujaron al mundo a actuar de manera concertada para instrumentar una solución. Sin darnos cuenta, las Tesorerías de países que representan a casi las dos terceras partes del PIB mundial han puesto sus balances, y con ello a los contribuyentes, en una operación de salvataje del sistema financiero mundial. Más interesante aun, es que el esfuerzo no discrimina en sus alcances a lo que es doméstico o internacional. Se incluye todo, pues en el mundo financiero globalizado la residencia pierde valor de tal.
Estamos sin duda en los prolegómenos de un episodio histórico que serán los cimientos de una nueva arquitectura financiera internacional adaptada a lidiar con los riesgos que esta actividad presenta en el siglo actual.