No es el final del capitalismo

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El País

JORGE CAUMONT

Cuando ocurre una crisis en las bolsas del mundo resurge la tentación de los marxistas de denostar al capitalismo y a la libertad económica. De las crisis bursátiles a la depresión económica consideran que hay tan solo un paso y que del capitalismo se pasa a otro sistema, el socialismo en el que, entre otras cosas, la propiedad de los medios de producción será del Estado y en el que los precios se determinarán desde una unidad central que se encargará además, de planificar la producción. Al terminar la década de los veinte del siglo pasado y durante algunos años de la siguiente, la acabada elucubración que había realizado Carlos Marx en el siglo anterior, que le llevara a afirmar el inevitable fin del capitalismo, se pensó que finalmente ocurriría. Pero al igual que en otras ocasiones ulteriores, como en la crisis bursátil de octubre de 1987, o durante los problemas del sector financiero norteamericano en 2000 por el "desinfle" de las acciones tecnológicas, o aún en oportunidad de los ataques terroristas al World Trade Center y al Pentágono en septiembre de 2001, la economía mundial ha resurgido con una fuerza que contradijo las predicciones del sociólogo, economista y filósofo alemán. Como no era de extrañar, ante lo que ha venido sucediendo desde agosto de 2007 en Estados Unidos, han aparecido nuevamente quienes sostienen que lo que no ocurriera en instancias anteriores similares o peores, es ahora inevitable. A su juicio, el fin del capitalismo es un hecho o lo será pues la crisis ha llegado a todos los rincones del mundo debido a la para ellos "despreciable" globalización económica.

Lo extraño de todo esto es que no se recuerda que la mentada etapa final de la historia económica, en la que predominaría el socialismo, se derrumbó antes que el propio capitalismo. Recordemos, en ese sentido, que como reacción al enfoque marxista y ante la caída del comunismo a fines de los ochenta y en el comienzo de los noventa, Francis Fukuyama indicaba en "El fin de la historia y el último hombre" en 1992, que la historia de la lucha entre ideologías ha concluido y que el único sistema político y económico perdurable sería el liberalismo, muy distinta conclusión a la de Karl Marx en el siglo XIX.

RAZONES. Hay numerosas razones para pensar que el capitalismo no tiene el fin que los marxistas esperan desde hace ya 150 años. Como las hay para pensar que la vuelta al socialismo es imposible por la propia naturaleza humana y por los perjuicios sobre el bienestar general que ocasionaría. De hecho, los dos sistemas han coexistido en distintas partes del mundo y uno de ellos, el socialismo soviético no pudo competir, en sus realizaciones, con las del sistema que aún se sigue, inútilmente, criticando.

Una razón que no se debe olvidar es que cuando hay una crisis existen por otro lado, fuerzas que se despliegan para sobrellevarla y para sobreponerse a sus consecuencias de largo plazo. Por un lado están las políticas que pueden emplearse para atenuarla, frenarla o, al cabo de cierto lapso, revertirla. En la década de los años treinta en Estados Unidos, las medidas fueron esencialmente fiscales y en menor medida monetarias; en la de 1987 fue fundamentalmente la política monetaria la que devolvió el crecimiento económico. En la de los comienzos de este siglo fue una combinación de políticas fiscal y monetaria y, para la actual, se esbozan también políticas de ese tipo que si bien aún no han dado el resultado al que se apunta, es necesario evaluarlas con el paso de algún tiempo. Las políticas tienden a actuar en contra de los factores que jugaron para provocar la crisis y para promover las variables económicas que pueden mover en sentido contrario a las que provocan el crecimiento económico. Medidas monetarias expansivas por ejemplo, buscan en la actualidad dotar de liquidez al mercado financiero global, abatir el costo del crédito y contrarrestar el efecto depresivo que sobre el consumo y que sobre la inversión tiene la caída del ingreso y de la riqueza financiera (disminución de las bolsas), y real (depreciación del valor de los activos reales, inmuebles, empresas, etc.).

Pero con ello no se acaba con los factores que provocan la reacción. No menos importante que las políticas que emplean los gobiernos para superar las crisis, son las políticas corporativas de las instituciones involucradas y la propia reacción de los consumidores. Aunque en casos específicos no den los resultados buscados y algunas instituciones finalmente deban quebrar, existen otras decisiones empresariales corporativas que pueden dar vuelta la situación. Ejemplos al respecto abundan. Si los problemas son de solvencia o de liquidez, las empresas, financieras, industriales o comerciales buscan el alivio necesario y muchas tienen la fortuna o la profesionalidad requerida para encontrarlo. O los consumidores que por su lado reformulan sus decisiones de consumo.

Y finalmente, el propio mercado puede revertir la situación como ocurre cuando tanto por el lado de la demanda como por el lado de la oferta, la psicología de oferentes y demandantes que pudo haber llevado a la crisis por una falta de confianza, se transforma por determinada evolución de las variables críticas, en un aliciente para la recuperación de la situación. Devaluaciones, bajas de precios, innovaciones tecnológicas y otras cosas por el estilo, son ejemplos de reacciones del mercado.

El Estado es a la vez que un elemento de ayuda bajo determinadas circunstancias, responsable en otras por las crisis que sobrevienen. Es responsable cuando no supo o no entendió que el marco regulatorio es importante ante fallas del mercado, como cuando la transparencia en el funcionamiento de alguno de ellos no está presente. O como cuando los riesgos que se asumen no están dentro de los parámetros que definen los propietarios -los denominados "principales" en la jerga de la teoría de la agencia- y surgen de la actividad de quienes ejercen tareas gerenciales -los "agentes" en la jerga de la mencionada teoría-, con objetivos diferentes a los de los primeros. El Estado es una ayuda cuando comprende que hay casos de crisis sistémicas inherentes a la propia forma como funciona, por ejemplo, el sistema de pagos en una economía en la que si la confianza se pierde, el sistema se destruye.

NO ES EL FIN. Lo que hoy está ocurriendo no pone al capitalismo en el umbral de su desaparición. Estamos en la fase de declinación de un ciclo económico que ha durado bastante tiempo. Y como cuando estábamos en su etapa de auge, en la que pocos pensaban en la crisis actual y durante la cual la mayoría creía que seguiría por mucho tiempo más, ahora también debemos comprender que la crisis no es terminal y que la capacidad del mundo capitalista de sobreponerse a la situación es lo suficientemente grande como para trasladarnos a un nuevo período de auge. Es cierto que el pasaje de una etapa a la otra puede ser lento y extenso pero tampoco en este caso debemos olvidar que en circunstancias anteriores el sistema capitalista ha tenido la fórmula para ir haciendo a los lapsos de receso cada vez más temporales.

El fin sí le ha llegado al socialismo marxista, al comunismo. No ha sido capaz de encontrar la fórmula práctica para, luego de la caída del muro de Berlín y de la ex Unión Soviética, entre otras expresiones, retornar a una fase perdurable. Tan solo un claro acercamiento de países que antes abrazaran al comunismo a una economía de mercado -como Vietnam, China, India y la propia Rusia-, les han salvado de creciente miseria. En algún tiempo aquellos que añoran la utopía socialista verán de nuevo, que el resurgimiento de la crisis actual les alejará aún más del anacronismo con que aún sueñan.

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