JULIO PREVE FOLLE
En diciembre del año pasado escribí un artículo titulado "El agujero negro del azúcar" en el que, luego de formular algunas hipótesis sobre lo que el tema azucarero le cuesta a la gente común, solicitaba a las autoridades que, democráticamente, hicieran públicas las cifras que permitirían a la sociedad valorar la utilidad de lo que le quitan. En lugar de ello continuamos mirando por la televisión propaganda oficial tonta, que pretende presentar a la población un panorama idílico de producción y progreso, que sólo es posible en base a una fenomenal digestión de recursos de todos nosotros común allí aplicados.
EL BUQUE INSIGNIA. El anterior ministro de ganadería llamó al fenómeno Bella Unión el buque insignia del país productivo, término éste que no olvidaré ya que constituye toda una definición de lo que al país le espera de prosperar este tipo de modelo "productivo", ahora sí entre comillas. Como todo el mundo lo sabe, la caña de azúcar plantada en Bella Unión constituye una rareza agronómica comparable a sembrar trigo en el Sahara o maíz en Groenlandia. Es posible, siempre hay formas de producir en cualquier lugar, hasta con calefacción o aire acondicionado. Y siempre hay un precio para atender a un determinado costo, solo que hay que encontrar alguien que lo pague, libremente o forzado por la política pública.
Hasta hace algo más de un año, ALUR -el piloto del buque insignia- pagaba a sus productores 310 dólares la tonelada de azúcar en la caña, es decir antes de ser industrializada. Poco tiempo después ese precio se elevó a los 400 dólares la tonelada, que es hoy en día el precio internacional del azúcar blanco pronto para ser comercializado en el país de origen. En otras palabras, se paga a los productores por el azúcar antes de industrializarla, lo mismo que en el mundo ya elaborada.
Desde este valor que ALUR paga por la materia prima, para llegar al precio al público se debe incluir un costo industrial que no puede bajar de 150 dólares la tonelada, el flete a Montevideo -otros 50-, y otros gastos y márgenes de comercialización. Agregado el IVA, se llega a un precio al público parecido al de hoy de $ 16,80, que me parece que muy escasamente remunera toda la actividad. Si no lo hiciera, se trataría de pérdidas que también pagamos todos, en este caso en el surtidor.
En cuanto a la protección del 35%, que hoy representa entre 3 y 4 pesos de diferencia entre importar azúcar blanco con o sin aranceles, ella supone un máximo de ayuda del consumidor, para 60 mil toneladas de azúcar consumidas, de alrededor de 10 millones de dólares anuales. Continuando con la cuenta de este costo social, a ella habría que sumarle la amortización de lo invertido por ALUR en la planta industrial de 70 millones de dólares, las deudas que ha cargado para sí, las pérdidas de estos años, la adquisición o arrendamiento de tierras, etc.
Hay otro negocio político que consiste en importar azúcar crudo sin impuestos, para vender azúcar blanco protegido en un 35%. Este negocio del refinado, que supone un proceso industrial muy simple, se ve muy favorecido hoy, por la especial diferencia que existe entre el precio internacional del crudo y el del refinado. En efecto hoy podría importarse azúcar crudo a 320 dólares, y venderlo refinado en un valor bastante más barato (unos tres pesos por kilo) al actual precio al público. Este valor como se señaló equivale en cambio al equivalente de importar blanco pagando un arancel del 35%, lo que posibilita un margen extraordinario.
LOS RECLAMOS. Pero ocurre que la prensa nos informa que los plantadores de caña, los productores y asalariados, los cortadores de caña -la vieja UTAA- los obreros de Calnu, los camioneros y los productores independientes, sostienen que es imposible trabajar con los valores que les paga la empresa. Desconozco cuál sea la representatividad de todos ellos, pero la crónica sugiere que se trata de una buena porción de interesados.
No me llamaría la atención que sus reclamos fueran certeros. Con el aumento experimentado en todos los costos de producción, y la alegría repartida en empleos y salarios por razones políticas, no me extrañaría nada que fuera necesario ajustar aquellos 400 dólares a los 500 solicitados. Si su cuenta fuera correcta habría que pagárselos, porque el suyo es uno más entre un conjunto de precios políticos alejados de toda referencia a valores internacionales o a productividades físicas o económicas, ¿por qué no remunerar el costo de producción si eso es lo único posible para mantener la producción?
Claro está que si se aumenta el precio al productor habría que aumentar el precio al público, y eso tendría dos efectos fantásticos: el primero, aumentaría enormemente la ganancia de la empresa de Paysandú que sólo refina, que no es lo que busca la política, cuyo buque insignia está en Bella Unión y no en la "heroica"; el segundo que el 35% de protección sería absolutamente insuficiente para detener importaciones. En definitiva sería un nuevo problema de pronóstico incierto.
Nos quedaría todavía otro efecto que podría ser el de aparecer frente al mundo como algo francamente curioso: no ya por producir azúcar en un lugar llamativo, sino por pagar a los productores tres veces y media más que a sus colegas de Brasil, que reciben hoy unos 145 dólares por tonelada de azúcar, sólo que producen dos veces y media más por hectárea y sin riego.
ALCOHOL. Con el alcohol hay también un espejismo. Las mismas razones que hacen inviable el azúcar se dan en el alcohol. Como es sabido éste es apenas rentable aún en los países que son muy competitivos desde el punto de vista físico. Esto quiere decir que siempre será más barato importar etanol de Brasil sin aranceles, porque produce mucho más, a mucho menor costo, sin riego, con otras economías de escala (475 millones de toneladas de caña contra 350 mil de Uruguay el año pasado) en las zonas geográficas correctas. Véase a este respecto que hay que recorrer muchos grados de latitud para encontrar un ingenio en Brasil o Argentina; no los hay por ejemplo en Rio Grande del Sur. De manera que para hacer rentable el alcohol en Uruguay a partir de caña también habrá que cerrar fronteras. Para todo esto está la más que proteccionista ley de agrocombustibles, que al igual que con el biodiesel, hace obligatorio mezclar con ellos pero para eso sólo si se producen con materia prima nacional, inventándose así otro precio político trucho, el del etanol y el de biodiesel, con más aniquilación de riqueza nacional.
DIGNO DE RECHAZO. No se crea que estoy en contra de plantar caña de azúcar en Bella Unión. Se trata de una forma de destruir recursos, pero con todo no es más grave que lo que ocurre con la industria avícola, la vitícola, o la automotriz. Lo que de verdad me parece digno de rechazo son dos cosas.
La primera, la del mensaje bucólico de la propaganda oficial, engañosa y tonta, también pagada con nuestros recursos, que son el combustible del buque.
La segunda, todavía más importante, la falta de explicación con números de cuánto estamos poniendo en total los uruguayos para el funcionamiento de esta política: cuánto en sobreprecios, en pérdidas industriales, en compra de carteras. Con todos estos datos valdrá la pena contrastarlos -cómo no- con los beneficios, que alguno habrá. Y pasar raya cada tanto.