Los actuales avatares financieros

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El País

CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC

Sin ambages puede decirse que el lunes pasado fue el epicentro de una secuencia de acontecimientos que conmovieron al mundo financiero. Sus repercusiones aun no se han agotado y su zaga de sucesos abre capítulos nuevos cargados de constataciones pero también de incertidumbre. Sin duda, estamos ante un comienzo que sepulta viejos paradigmas, pero que también realza viejos preceptos básicos de la sustentabilidad financiera.

Su detonante fue el agotamiento de la liquidez, hecho expresado en las abultadas tasas de interés cobradas en los préstamos interbancarios diarios (6% plus) y las salidas de depósitos a la búsqueda de la seguridad de los bonos gubernamentales. Estaban entonces montadas y operando las fuerzas de un efecto dominó alimentado por la desconfianza que arrastró bancos de tamaño considerable, forzó fusiones, secando aun más la poca liquidez disponible, paralizando la oferta de crédito hasta nuevo aviso. Los hechos más relevantes fueron la fusión de los bancos Citi y Wachovia, la nacionalización casi total de cuatro bancos europeos, entre ellos Fortis, uno de los más grandes de Bélgica En paralelo, el mercado de dinero (money market) operaba con dificultad no pudiendo proveer a satisfacción las necesidades diarias de efectivo de los bancos y las empresas. Sin duda alguna, el fantasma de una quiebra generalizada de instituciones financieras acompañada de una recesión profunda era la pesadilla a evitar. La FED y la mayoría de sus pares concluyeron que sólo con su intervención masiva inyectando liquidez y rescatando instituciones en problemas se podía revertir la situación o al menos mitigar sus consecuencias.

Pero de ahí en más comenzaron a desnudarse las flaquezas del sistema.

LAS CONSTATACIONES. El país con el sistema financiero más grande del mundo carece de una institucionalidad que permita lidiar anticipadamente bajo reglas preestablecidas con situaciones como la presente. Como ya se reconoce, se opera con una institucionalidad con reglas del siglo XX para resolver problemas de un sistema financiero que opera con medios del siglo XXI. La complacencia, muchas veces hija de la arrogancia, hizo pensar que normas nacidas para resolver problemas de la crisis de la década del treinta eran suficientes para resolver problemas surgidos en el sector financiero. Algunas normativas posteriores las modernizaron, pero su capacidad de resolución era marginal e insuficiente para enfrentar crisis sistémicas como la actual.

Es así que hubo hechos patéticos, donde el sistema político de la democracia más grande y antigua del mundo se sublevó ante los requerimientos que imponían las circunstancias. Todo eso resumido en un episodio de claro provincianismo político y cálculo electoral, al no votar una ley de rescate se dejó en el limbo al sistema financiero mundial.

La reacción de este último fue unánime. Conocida la noticia, el desplome de las bolsas en cuestión de horas fue casi instantáneo, y en algunos casos récord: Rusia -7.11%, Brasil -9.36% antes de suspender operaciones, Chile -9.10%, México -6.40%, y Canadá -6.93%. En tanto, los índices emblemáticos de la bolsa norteamericana como el S&P 500 y el Nasdaq cayeron el lunes pasado -9.14% y -8.79% respectivamente.

Como segunda constatación, el desenganche entre el mundo desarrollado y los países emergentes pertenece todavía a la categoría de las aspiraciones. En realidad, el sistema circulatorio que los ata tiene fuentes de liquidez y canales de transmisión comunes. También inversores que reaccionan de manera similar ante la incertidumbre.

En definitiva, los hechos recientes rechazan la idea que el mundo puede operar en islotes que se desligan a voluntad del resto cuando la conveniencia de las circunstancias lo impone. Para las economías emergentes, esta realidad muestra que su financiamiento sigue dependiendo de las conductas que imperan en los centros financieros mundiales.

El tema trasciende la restricción que impone en muchos países emergentes la escasez de ahorro doméstico, hecho que los obliga a recurrir al financiamiento externo. En estas circunstancias, lo local se desdibuja con lo externo. Dos hechos al respecto merecen mencionarse. Uno, la incertidumbre financiera de días pasados impuso presiones sobre las monedas de muchos países emergentes. Ya no basta la evolución de los fundamentos locales para explicar su comportamiento. Ahora eventos lejanos afectan su cotización respecto al dólar, como nueva constatación de la globalización creciente y la erosión de los grados de libertad de las autoridades monetarias locales.

En forma conexa, la falta de liquidez también impondrá una contracción crediticia adicional en aquellos países cuyos sistemas bancarios se nutren de recursos externos para financiar su giro.

UNA NOTA APARTE. Si bien cada crisis financiera tiene su devenir propio y por ende remedios propios, la historia ha enseñado repetidas veces que en estos episodios no se puede operar en cuotas en la aplicación de correctivos. Aquí se trata de recuperar confianza, hecho que se apoya en buena parte en conductas humanas. Por tanto, las baterías de medidas tienen que aplicarse todas al unísono apoyadas sin titubeos por el sistema político. Aun más, confiando en el buen tino de los profesionales a quienes les toca hacer las propuestas y actuar en las circunstancias. Más vale "jugar pasado", aplicando correctivos que ir soltando la soga lentamente. Como descargo, puede decirse que prácticamente nadie a priori conoce la profundidad de una crisis y, por tanto, es difícil calibrar la dimensión de las medidas.

Pero de todos modos, queda la impresión que las restricciones institucionales que enfrentan Paulson y Bernanke los limita en sus intenciones. El proceso de consolidación de instituciones financieras ha sido lento y penoso, aunque ha adquirido ya dimensiones impensables pocos meses atrás, Pero no ha sido suficiente para recuperar la confianza. Tampoco lo han sido los miles de millones de dólares inyectados al sistema y la compra de activos fallidos por parte de la FED. Muchas de las acciones fueron producto de urgencias con medidas a veces contradictorias. Y por encima de todo, un sistema político que fue mirando desde afuera lo que venía ocurriendo, y que cuando se requirió su apoyo no estuvo a la altura de las circunstancias.

Todo esto nos hace recordar nuestros episodios de la crisis bancaria del 2002. Todo comenzó a reencauzarse una vez que se aplicó de manera conjunta una batería de medidas drásticas apoyadas en un aporte de liquidez de envergadura, ligado al cierre de bancos insolventes y una reprogramación temporal de depósitos. Pero por encima de eso, operó como pieza clave el mensaje de mayorías parlamentarias que como expresión de la ciudadanía aprobaron en tiempo récord y casi a tapa cerrada una salida que contenía medidas drásticas y en muchos casos impopulares.

LO QUE SIGUE. La única certidumbre por el momento es que nos encontramos ante el comienzo de una nueva etapa caracterizada por una caída del nivel de actividad mundial, con repercusiones diferentes y cuya reversión tomará su tiempo.

En el corto plazo, la contracción del crédito será una restricción importante. Las insolvencias bancarias generalizadas muestran que el sistema operaba subcapitalizado. Recuperar su solvencia implicará recapitalizarlo, detrayendo recursos de otros usos. O en su defecto, aumentando su costo. Sin duda, entraremos en una fase donde el financiamiento fácil será una cuestión del pasado. Eso impondrá nuevas restricciones a las finanzas públicas de los países emergentes cuya dependencia del ahorro externo es importante.

Por otro lado, la cuasi nacionalización de partes importantes del sistema financiero mundial, como contrapartida, justificará el activismo de parte de los sectores públicos como promotores del nivel de actividad y empleo. El signo del ciclo político venidero en Estados Unidos, las fuerzas imperantes en el mapa europeo y la intervención de hecho que lleva adelante el Estado en los países asiáticos no permiten suponer otra cosa. Coadyuvando con esa presunción hay un cierto agotamiento de la idea basada en que la actividad privada es el motor principal para generar aumentos de bienestar. O al menos que en momentos de crisis, la participación del Estado es indispensable para apresurar una salida. Es así que están dadas las condiciones para que una especie de nuevo empuje keynesiano se convierta en una suerte de nuevo paradigma en el diseño de las nuevas políticas económicas. Pero será una carta que no todos los países podrán operar. En especial es cierto para los países en desarrollo, salvo en aquellos que explícitamente aplicaron reglas de políticas fiscales ajustadas por el ciclo. Chile es el ejemplo al respecto.

Finalmente, vamos hacia un nuevo mundo financiero más regulado, más tradicional en su operativa y con seguridad más pequeño. Quizás más estable, pues estará menos posibilitado de incurrir en excesos.

Pero también menos capacitado para financiar la expansión del sector privado.

En suma, por un lapso aun difícil de precisar, el crecimiento del mundo estará bajo un cono de sombra.

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