El mercado se llena de marcianos

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El País

JORGE CAUMONT

Scripta manent, verba volant: lo escrito queda, las palabras se las lleva el viento. Ese es el sentimiento generalizado de muchos de los que creyeron en las palabras de quienes, en nuestro país, impulsaron la "desdolarización" y destacaron la fortaleza de la economía uruguaya frente a problemas externos. Ninguna de ambas cosas fue escrita más que por la prensa recogiendo las intervenciones de las autoridades económicas salientes. El sentimiento de los agentes económicos refleja hoy una nueva frustración porque otra vez, como en ocasiones pasadas en las que era de marcianos pensar en una devaluación, se ha entrado en una etapa de depreciación del peso que no se esperaba, ya que oficialmente se insistía en la fortaleza de la economía. El símbolo de un país de fundamentos macroeconómicos fuertes es una moneda que no es débil, por lo que la realidad ha desmentido esa sensación que, con distintos vuelos semánticos y pseudo académicos, se ha querido imponer. Ni el dólar ha dejado de ser la moneda de refugio, ni la economía es lo suficientemente fuerte como se afirmaba y reiteraba. Uruguay sigue siendo un país con fundamentos débiles que no se supo fortalecer durante el largo lapso de bonanza de la economía internacional.

La devaluación de 10% de nuestra moneda en poco más de una semana ha dejado a muchos inversores, creyentes de la fortaleza uruguaya, con las "ruedas para arriba", a la inversión en una etapa de espera y al consumo a la expectativa de un futuro diferente al planteado por las autoridades salientes. En nuestro país, todo ello debería reflejarse en breve tanto en el comportamiento de los precios como en el de la actividad económica. El mundo ya no es el mismo y por más que la economía internacional continúa en crecimiento, los males del sector financiero en Estados Unidos y en Europa plantean un contexto diferente al de los últimos años. El mar sereno en el que se movieran las autoridades económicas hasta ahora y al que no le asignaron el papel relevante que ha tenido para lo ocurrido en Uruguay en estos últimos años -pensaron que era por su actuación que se crecía a alto ritmo- se ha embravecido. Es en estas circunstancias, como lo fueran en el segundo semestre de 2002, que se puede valorar con mayor grado de justeza la actuación de las autoridades, las decisiones del capitán del barco que ahora entra a navegar en el Mar Cantábrico de las tormentas y no en el brazo calmo del Río Santa Lucía en el que ejercitan los remeros. Pavada de cambio para el nuevo ministro que deberá conducir a la embarcación en los próximos tiempos, momentos para los cuales los pasajeros han perdido la confianza en el navío y se apuran a alcanzar la tierra firme. En nuestro país se ha perdido la confianza en su moneda, la "desdolarización" ya fue, hay huida al dólar que se acentuará -es la tierra firme- y los perdedores aparecen en mayor número que los ganadores, generalmente un grupo muy menor de especuladores a quienes nada les asegura, de todos modos, un resultado favorable.

LAS ETAPAS. Al salir de la crisis de 2002, la apuesta para convencer a los uruguayos de no huir más de la moneda uruguaya y para preservar el golpeado sistema de pagos de la economía por el fracaso de varios bancos, fue correcta. Después de todo, las reservas internacionales del Banco Central para enfrentar la huida al dólar de los agentes económicos, eran muy menguadas y sin intervención vendedora de la autoridad monetaria el dólar habría trepado mucho más de lo que lo hizo. El "caramelo" que debió ofrecérseles -la tasa de interés que debió pagárseles- les recompensó y se logró el propósito de mantener en buena parte la demanda de moneda uruguaya para transacciones y, posteriormente, como depósito de valor. Pero estabilizada la referida demanda por moneda local, el "dulce" continuó directa e indirectamente acicateando una temporal y muy peligrosa "desdolarización" de activos financieros, como se ha probado hasta hoy. Directamente porque las tasas de interés en unidades indexadas, siguieron siendo sumamente altas hasta hace pocas semanas e indirectamente porque la política antiinflacionaria consistió, en gran medida y con otro contexto internacional, en compensar la suba de los precios internacionales de los commodities, con bajas significativas del tipo de cambio. Hasta hace un par de semanas se consideró que esa baja del tipo de cambio desde 2004, era consistente con la fortaleza de la economía uruguaya y que no afectaba la competitividad de la producción nacional. De hecho se concluía, hasta hace no más de quince días, que el tipo de cambio era adecuado aunque su evolución siguiera significando una brutal ganancia de los ahorristas en pesos y en unidades indexadas. Todo ello disimulado por la evolución económica y fundamentalmente por las bajas tasas de interés internacionales, notoriamente menores que en Uruguay cuando a las de nuestro país se las arbitraba a dólares.

La crisis financiera norteamericana que, en su principio, para muchos de nosotros no afectaría financieramente a nuestro país, ha hecho caer al peso, liquidó la confianza en nuestra moneda como depósito de valor y ha significado un duro golpe para quienes desde el oficialismo, y equivocadamente apoyados incluso desde organismos multilaterales de crédito como el FMI y el Banco Mundial, han señalado la fortaleza de la economía uruguaya. Cuando un país tiene fundamentos fuertes, ellos contribuyen a preservar el valor de su moneda aún en los casos en los que situaciones externas adversas golpeen a las de sus vecinos y en general a otras en el mundo.

LAS CONSECUENCIAS. Bien se sabe que las palabras se las lleva el viento. Lo hemos podido confirmar leyendo entre líneas o, mejor dicho entre palabras, ya que tanto el ministro saliente como las propias autoridades del Banco Central hacen declaraciones que dejan trasuntar que no saben qué hacer. Por un lado, el primero expresó hasta hace dos semanas, que el nivel del tipo de cambio era el adecuado, pero al momento de la despedida, preguntado sobre la depreciación de la moneda, la explicación que brindó es que en el mundo el dólar se recupera. Poco que ver con su insistencia sobre la fortaleza de la economía, la que generalmente se recoge como resumen, en el valor de su moneda. Por otra parte, el Banco Central tiene como función primordial, la "estabilidad de la moneda" y nada ha hecho, a pesar de sus confusos comunicados al mercado, para evitar su pérdida de valor.

Las consecuencias inmediatas de la desaparición de la confianza en el peso es la huida al dólar y su consecuente apreciación; el traslado de la devaluación al precio de los bienes transables que se produce en pocas semanas y que por consiguiente contribuye al alza del índice de precios; el aumento por ahora no marcado pero que lo será, de las tasas de interés en pesos y en dólares con consecuencias similares sobre el costo de los créditos bancarios, también en alerta por disposiciones de las casas matrices de las instituciones que operan en Uruguay; y los reflejos adversos de esas mayores tasas de interés, sobre el sector real de la economía, sobre la inversión y sobre el consumo. Los valores públicos ya han reflejado también la desconfianza en la fortaleza de la economía y, si en algo ayudaba antes al resultado fiscal la revaluación de nuestra moneda, ahora, la simple devaluación del 10% -hasta el pasado 29 de septiembre- ha hecho crecer el gasto público en no menos de 100 millones de dólares, ya que los intereses a pagar por la deuda pública son en su gran mayoría en la moneda norteamericana. En este último caso, a pesar de la reiteración de las autoridades económicas salientes sobre su "seriedad" en la conducción fiscal, también esas palabras de autoelogio se las lleva el viento. Su actuación fue, en este ámbito, como la cigarra que canta durante todo el verano, pues no se crearon las bases para el invierno económico, como lo hace generalmente la hormiga que trabaja y acumula en los lapsos favorables para los momentos difíciles.

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