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El gobierno no tiene un plan B

ISAAC ALFIE

La presentación de la Rendición de Cuentas (RC) del año 2007, tal como se había anunciado, vuelve a contener un importante aumento del gasto público, poco más de 1% del PIB, al que debe sumarse otro 1% ya previsto desde la ley de presupuesto y las anteriores RC. Más allá de lo adelantado, el texto incluye una serie de disposiciones que, por encima de la preocupación que causan, debe llamar a la reflexión de todos los actores independientemente de divisas, y negar su aprobación.

CONCEPCIONES. Dejando de lado aspectos estrictamente financieros otras normas, por cierto bien importantes, nos hablan de la forma que el actual Ejecutivo encara la administración del poder, alejada de las mejores prácticas de una República. Es así que, entre otras propuestas, se incluyen artículos donde "renacen" tanto los créditos presupuestales suprimidos en reestructuras como los cargos públicos que quedaron vacantes y fueron eliminados. Se autoriza a financiar "reestructuras" con créditos no utilizados en contratos a término, cargos presupuestales, contratos permanentes y funciones de alta especialización. A la vez se crean, por centenas, cargos de "dirección"; se genera algún millar de nuevos cargos públicos; se transforman los contratos de alta especialización, a término por definición, en cargos de dirección, consolidando a las personas a la vez de subirles el sueldo; y el "premio final" es que todos los funcionarios que pasaron en comisión a la Presidencia pueden solicitar quedarse allí en forma definitiva.

Más allá de cualquier valoración, los dos últimos ejemplos son particularmente graves porque:

a) las funciones de alta especialización fueron creadas para otro fin. En general, los administradores las cubren de acuerdo a lo que piensan son sus necesidades en función de sus prioridades y por tanto son con determinadas especialidades y a término. Cuando cambia el administrador, en general el nuevo tiene otras prioridades y por ende necesidades de especialidad y perfiles. No pequemos de ingenuos, salvo casos excepcionales estos cargos son llenados por personal de confianza afín al Ministro. No está mal, son pocos cargos, pero ahora se los trasforma en directores permanentes,

b) los funcionarios que fueron a trabajar a Presidencia lo hicieron en función de su filiación política, afinidad y confianza personal que en las autoridades eso significa. Ello es perfectamente comprensible y por tanto válido, además de ser usual por estrictas razones de cómo funcionan en realidad las cosas. Lo que no es usual, y mucho menos bueno, es querer dejar ese personal de confianza personal de la administración saliente, atando de pies y manos a quien vendrá a ocupar su lugar. De hecho, basta con darse una vuelta por el Edificio Libertad para comprobar el enorme incremento en la cantidad de personal y mobiliario correlativo.

Es claro que el mensaje trasmitido es doblemente malo; por un lado, los dos últimos ejemplos dicen "dejaré gente amiga en cargos claves"; por otro, con los primeras se indica algo así como "si no se precisaron los recursos para funcionar hasta ahora, úsenlos de cualquier manera, el ahorro es algo malo ya que el dinero no es suyo", olvidando que proviene de los impuestos generales que con enorme sacrificio abona toda la población. Por tanto la consigna es posicionar personal afín en cargos claves, ¿espías?, y gastar cómo y dónde sea. El primer aspecto es más criticable que el aumento del gasto, porque aún en las democracias más "caníbales" que se conocen en la región, se podrán borrar los discos duros de las computadoras, pero jamás se deja personal de confianza, recién incorporado o ascendido, en puestos claves.

FINANZAS. En este aspecto el esquema es repetido y muestra claramente, desde mi punto de vista, el poco apego a la austeridad y estabilidad de las finanzas públicas que ha caracterizado desde el inicio todo el accionar del gobierno, pero muy especialmente en su último tramo. El viejo tema de la inconsistencia temporal de objetivos de los gobiernos frente a la vida de las naciones vuelve al tapete con fuerza inusitada.

Hasta el momento, tres factores han contribuido a un mejor resultado corriente del sector público: el crecimiento de la actividad superior al previsto, la enorme apreciación real del peso (depreciación del dólar) y una inflación siempre superior a la prevista. El primer factor genera más recursos corrientes para el fisco vía mayor cantidad de transacciones y empleo; el segundo porque reduce, medida en pesos, la cuenta de intereses y otros gastos en moneda extranjera; en tanto, el tercero puede verse tanto como mayores recursos nominales o menores gastos reales. Ahora bien, el valor observado del resultado fiscal puede, como en la actualidad, no mostrar la verdadera situación de las finanzas públicas. Los tres factores reseñados nos explican una diferencia sustancial. El PIB, según mis cálculos, se encuentra aproximadamente 5,5% por encima de su nivel potencial lo que proporciona unos US$ 420 millones anuales (1,4% del producto) de recaudación no permanente. En efecto, la economía en el corto plazo puede trabajar a marcha forzada, en función de que la demanda presenta una oportunidad y la oferta se "acomoda como puede". Naturalmente que esto no es sostenible y en algún momento, más temprano que tarde, ajusta y pasa a crecer menos o directamente a caer, con lo que se pierde este excedente de recaudación. Algo parecido pasa con el dólar barato. Así, la carga de intereses actual si tomáramos una cotización del dólar más ajustada a su paridad de largo plazo tendríamos, por un lado, erogaciones entre 0,7% y 0,8% del PIB superiores por año, a la vez que sería inevitable que las tarifas públicas fuesen más caras, dejando menos espacio para otros gastos de la población. A su vez, la inflación superior a la programada en al menos tres puntos porcentuales proporciona recursos fiscales del orden de 0,75% del producto anual.

La suma de los términos nos indica que, aún definiendo como regla el equilibrio fiscal (1), deberíamos tener un superávit fiscal del orden de 3% del PIB. En otras palabras, si hoy las Finanzas Públicas nos mostraran un superávit de 3% del producto diríamos que las mismas están en equilibrio de largo plazo. Sin embargo, tenemos déficit de 0,4%. Pero es más, el bajo déficit se logra porque los sectores comercial e industrial del Estado (las empresas públicas) generan excedentes que no vierten al gobierno central por 1% del PIB. Este excedente, en la medida que las empresas no tengan deuda para amortizar de nada sirve porque, a la larga, se gastará en algo.

Las finanzas del gobierno central, BPS, intendencias y Banco Central (el sector público no comercial) que son los que, en definitiva, muestran el comportamiento real de la gestión fiscal, presentan un déficit de 1,4% del producto, que la proyección presentada en la RC no lo mejora, A su vez, el superávit primario (resultado antes del pago de intereses) cae durante toda la gestión del gobierno. Éste era de 2,5% del PIB a fines de la administración pasada, hoy es de 2,1% y la proyección a fines de esta administración lo sitúa en apenas 1,5%. En un país endeudado como el nuestro, este resultado debiera ser muy superior. Es decir que todo el aumento de la recaudación y más que el mismo, se gasta y de la peor manera, casi compulsivamente en gasto corriente.

Por último, la forma de medición del déficit fiscal, que no toma en cuenta la revalorización de la UI, nos dice que hay 1% del producto anual de gasto fiscal que no se contabiliza como tal. Entonces no podría extrañar que cualquier acontecimiento deje a las cuentas del Estado con un déficit grande y necesidades de fondos más importantes aún.

En buen romance, las cuentas del gobierno central están bien lejos de ser razonablemente equilibradas y lo peor de todo, toda la RC ante las notoriamente inciertas condiciones internacionales, se plantea como si el extraordinario escenario mundial, no sólo fuera a perdurar indefinidamente, sino que seguirá mejorando. Ante ello, y recordando que la "solución" de aumentar la deuda es muy acotada, cualquier problema externo, será demasiado grande para corregirlo con medidas chicas. El gobierno no tiene plan B, no hay una sola previsión ante una contingencia negativa, aunque sea pequeña. El pensamiento parece ser, el mundo nos sonríe y sonreirá, todo es maravilloso. Constituye la peor forma de gobernar, es similar a si usted pensara que toda la vida tendrá 30 años, podrá trabajar 16 horas por día y nunca se enfermará, ¿y si se enferma?

A esta altura de las circunstancias, quienes pretenden ser los responsables de dirigir los destinos de todos nosotros dentro de 20 meses lo mejor que pueden hacer es rezar o encomendarse al destino para que el mundo nos acompañe y puedan hacer el necesario ajuste de los desbordes cometidos en suave aterrizaje. Es posible que acontezca y ojalá así sea, pero se deberá tener presente que la cara de bondad ya la mostró esta administración, quien venga deberá poner la casa en orden.

(1) En la situación de endeudamiento que tenemos sería conveniente ir a una regla como la chilena, esto es tener un superávit fiscal de 1% ajustado por el ciclo.

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