Más medios de acceso a la tierra

JULIO PREVE FOLLE

Los fuertes cambios en la economía agrícola están generando como es lógico una nueva sociología rural no exenta de tensiones muy comprensibles. No es igual una agricultura de 100 dólares la tonelada de trigo que otra de 350. No es igual una ganadería de 40 centavos el kilo de novillo, que una de 1 dólar u otra de 2. Por supuesto es diametralmente opuesta una actividad desarrollada sobre una tierra de valores expresados en cientos de dólares que otra medida en varios miles. Estos mismos valores atraen inversores completamente diferentes: desde entidades imposibles de identificar con uno o pocos dueños, hasta propietarios que no hablan nuestro idioma, pasando por gerentes de empresas que pueden esperar décadas para lograr beneficios, pasando por otros que invierten sobre la tierra un valor muy superior a la hectárea comprada. Y claramente la vida en el medio rural, en los pueblos y ciudades de base agraria, es completamente diferente. El ritmo cansino del trote se ve apabullado por la velocidad del "mosquito" de la siembra directa. Hasta se recorre en moto; y quizás donde vivían y conversaban varios tamberos, hay hoy un desierto verde de soja o eucaliptos…

Del mismo modo, tampoco es igual trabajar hoy la tierra sólo con el riesgo derivado de la propia actividad, que hacerlo en un contexto de inestabilidad en las reglas de juego que proponen los gobernantes. Entre todas ellas no termina de concretarse la tensión existente en el propio gobierno con el tema de la tierra en manos de extranjeros; para algunos de sus miembros hay que limitar la propiedad, aunque no se ha señalado con precisión cómo. Para otros, por ejemplo los que han autorizado proyectos de miles de hectáreas en manos de extranjeros, presumo que la cosa será diferente. Lo mismo ocurre con la concentración de las explotaciones, fuente de comentarios con olor a naftalina.

UNA PRECISIÓN PREVIA. Yo quiero recordar un hecho referido a estos temas tan sensibles de la tierra, que unos y otros eluden explicar y yo no dejo de reiterar. Me refiero a lo ocurrido con el número de explotaciones en diez años, exactamente los transcurridos entre el censo general agropecuario del 90 y el del 2000. Y bien, en ese período el número de explotaciones agropecuarias creció, pasando de 54.816 a 57.131, interrumpiendo así y cambiando de signo, lo ocurrido desde que se llevaban registros. Los que durante todo ese lapso se la pasaron señalando que todos los días se iba un productor del campo no tenían razón. Lo que los números indican es por lo menos una fenomenal estabilidad social, probablemente única en el mundo. Porque lo que de verdad está probado es que el número de explotaciones no cambió en la década, que la concentración de la tierra se redujo, y que este fenómeno de estabilidad que llama la atención, se dio en todos los departamentos del país, y en absolutamente todos los estratos de tamaño. A lo mejor la tierra se concentró en algún lado; quizás de algunas zonas se fue mucha gente. Pero a nivel nacional o a nivel departamental esto simplemente no ocurrió en la década del noventa. En las anteriores sí; en la actual, con toda seguridad también; pero en la del noventa no. De manera que cuando alguna gremial repite sus reclamos en materia de éxodo rural esta semana como desde hace treinta años, debería hacer la excepción de la década del noventa.

En realidad nunca me ha parecido totalmente decisivo este indicador, porque así como hay factores de expulsión del campo, económicos y sociológicos, también hay factores de atracción desde la ciudad, y el éxodo es la resultante de estas dos fuerzas, y no el producto de una sola. Además, tampoco me parece claro que para el bien de la sociedad sea necesario mantener a cualquier precio un número fijo e inmóvil de productores rurales. Lo que sí definitivamente debe preocupar es a dónde van los que abandonan su lugar de origen, y cuál es la calidad de su nuevo destino. Eso es en mi opinión quizás lo más importante. Hoy como ayer.

Pero en cualquier caso la academia nos debe una explicación: por qué aquél fenómeno del llamado éxodo rural paró, en una década en la que pasaron tantas cosas. Yo tengo mi propia explicación pero espero oírla de otros.

Dicho lo anterior, es claro que existen hoy como siempre los mismos elementos de atracción de las ciudades, y algunos elementos de algo difícil de llamar expulsión, ya que se trata más bien de demanda por tierra. Pero en definitiva lo que está ocurriendo es que los productores tradicionales enfrentan una feroz demanda a precios muy importantes pagados por empresas dispuestas a lograr como lo están haciendo, a fuerza de una gran inversión por hectárea, producciones récord.

Tengo un amigo en Carmelo, extraordinario estudiante en su época, que optó, calidad de vida mediante, por quedarse a vivir en su querido pueblo. Pescando en su arroyo, cuidando sus raíces, trabajaba como asesor de productores más bien chicos, que cada año aumentarían supongo unos litros o kilos su producción, desarrollando así en el tiempo una amistad entre asesor y productor rica en matices, en intercambio de conocimientos técnicos, de afecto, y hasta de dulces y embutidos. Hace poco me lo encontré. Estaba algo triste. Por su arroyo atracan yates que no lo dejan pescar; su pueblo se ha llenado de ruidosos argentinos y más allá, en Colonia, de europeos. Aquellos productores con los que intercambiaba todos los años, ven pasar sus horas aburridos en los boliches de su ciudad. Y aquella su tierra querida, feraz y amistosa, es hoy un silencioso y solitario desierto verde. Hay que parar esto, me decía. Es imposible obviamente; y no me olvido que aquel productor de 250 hectáreas que mal vivía pese a su asesoramiento, se fue al pueblo con un millón de dólares en su cuenta, lo que no puede considerarse una tragedia, aunque duela y duela mucho.

LOS 50 KILÓMETROS. Con su manía de querer organizarlo todo, que afecta especialmente al actual MGAP, parece resucitar una idea vieja, que se aplica en algunas partes, que nadie pregunta cómo es evaluada hoy donde se la aplica. Se trata de una propuesta que a lo mejor tuvo sentido, pero que hoy supone un criterio de defensa de la soberanía, como si su ataque a través de la extranjerización siguiera pautas de ejército de infantería. En otras palabras, un programa para el siglo 17 o 18, no más. En el momento actual, en el que las transacciones se hacen en tiempo real desde un punto del planeta a sus antípodas, donde no hay un solo punto del territorio que diste de alguna frontera más de tres o cuatro horas de auto o 15 minutos de avión, en este momento pretender que una faja de 50 kilómetros detenga algo es ridículo. Paradójicamente se podría entender más desde la ideología, que se prohibiera a los extranjeros comprar campos o casas, que pararlos en una faja con criterio de trinchera de infantería. Esto dicho sin considerar la necesidad de indemnizar a quien viera desvalorizarse su tierra por una norma de éstas. Claro está que siempre se puede hacer un saludo a la bandera y prohibir la propiedad pero hacer la excepción a quien consiga cédula, o residencia, o cualquier otro papel que se puede lograr y vivir en París. Así se hizo con las sociedades anónimas, que se las prohibió pero con excepciones de todo tipo, dejando la norma hecha flecos y con la cancha flechada.

QUÉ HACER. Yo creo que lo primero es facilitar por todos los medios que un productor pueda vender digamos la mitad de su tierra, para aplicar lo percibido por su venta si lo desea, en la propia intensificación productiva de su otra mitad. En estos casos, que serían algo así como una autocanalización del ahorro, habría que desgravar por completo las operaciones, así como la constitución de una nueva sociedad, si el mismo efecto de duplicación de la inversión por hectárea, derivara de la aparición de uno o más socios. Se señala que hay ahorro de uruguayos en el exterior por un monto del orden de los 3 mil millones de dólares. Y hay ahorro de muchos uruguayos aquí que a lo mejor, dentro de apropiadas figuras jurídicas societarias, en explotaciones dinámicas, bien administradas y con escalas adecuadas de extensión y capital, pondrían dinero. Estoy seguro. Pero el gobierno va por otro lado. Prohíbe las sociedades anónimas en el campo, que podrían convocar ahorro uruguayo si además hubiera reglas claras; amenaza terminar con la libre contratación en los arrendamientos rurales; propone regular la inversión extranjera con criterios de brigada de infantería; y amenaza con "administrar" el crecimiento, del mismo modo que se dedica a contar cajones de cebolla, autorizar pasar camiones de zanahoria, o contar y manejar unas bolsas de papa.

En definitiva, las tensiones lógicas de un cambio tan grande de precios relativos en la economía agraria, que amenazan costumbres productivas de generaciones enteras (quién viera soja en Vichadero o en Cardal), requiere propuestas modernas, ingeniosas, y que convoquen ahorro nacional. No que lo corran más lejos.

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