JORGE CAUMONT
Luego del extenso lapso de estancamiento y recesión de la economía nacional que siguiera a 1998 y tuviera su momento más dramático en 2002, ajustes macroeconómicos y el reperfilamiento de la deuda pública en 2003 devolvieron la confianza en la economía nacional. La producción de bienes y de servicios comenzó su recuperación creciendo a tasas sumamente altas, desconocidas para nuestro país, tanto por su dimensión como por su continuidad.
La influencia de la situación externa luego de los ajustes, caracterizada por la mayor demanda internacional fruto de la expansión mundial, por los altos precios internacionales de los commodities uruguayos, por la bajísima tasa de interés en el mundo y por la depreciación del dólar ante numerosas monedas, ha sido y sigue siendo, conjuntamente con la buena coyuntura regional, la gran explicación del alto crecimiento del producto interno bruto uruguayo de los últimos cuatro años. Se recuperó y se ha superado el pico de actividad que se había alcanzado en 1998. Fruto de esa expansión es la baja tasa de desempleo actual, aún cuando se la relativice por la baja calidad de numerosos puestos de trabajo y la declinación de la población en edad de trabajar debido a la emigración y la inflexibilidad del mercado laboral.
LA TENDENCIA. De acuerdo con lo que nos dice el comportamiento histórico de la producción uruguaya, que corregido por ciclos vividos desde 1988, indica una tendencia del crecimiento de largo plazo de algo por encima del 2% -que podría ser incluso aumentada según estimaciones con otras bases-, hoy nos encontramos en una situación en la que la economía se expande a tasas sensiblemente más altas que la de su tendencia.
Aunque las circunstancias de los últimos años pueden llevar a pensar en una tendencia de crecimiento de largo plazo aún mayor, de todos modos se nos presenta en la actualidad algo que puede incomodar en el corto plazo. Habitualmente se entiende que si ello ocurre, que si la economía crece por encima de su tendencia, más tarde o más temprano deberían plantearse presiones al alza de los precios. Y que si ese crecimiento real supera durante bastante tiempo y largamente -como es nuestro caso- a la tendencia, las presiones al alza de los precios se vuelven muy intensas.
Observando por otro lado lo que ocurre con la demanda por trabajo, sea en la estimación privada de Ceres o por lo que señala el informe oficial del Instituto Nacional de Estadística, es altamente probable que, al margen del arrastre que tendrá el aumento de la actividad productiva nacional de 2007 en 2008, la diferencia entre el crecimiento real y la tendencia continúe siendo apreciable en el presente año.
En otras palabras, la economía seguiría creciendo en 2008 muy por encima de su tendencia de largo plazo, lo que debería presionar al alza a los precios de los factores de producción que se emplean, o sea, trabajo en todas sus formas, capital en todas sus formas, recursos naturales, etc. Asimismo, de acuerdo con la información indicada y dados los efectos sobre los referidos factores de producción, también los precios de los bienes y servicios que se producen con los mismos, deberían soportar presiones alcistas, que se concretarían en tasas de inflación sensiblemente mayores a las pasadas.
Las causas del crecimiento se deben buscar en la influencia de la demanda externa pero asimismo, en las mejores posibilidades de arrastre de la expansión debido al crecimiento que opera en el ingreso nacional en un contexto de alzas en la riqueza real (inmuebles rurales y urbanos, valores de las empresas, etc.) y financiera (fuerte apreciación de los valores mobiliarios). El consumo interno privado ha crecido notablemente en los últimos años y también lo ha hecho la inversión en el agro, en la industria ya instalada anteriormente y en algunos nuevos emprendimientos conocidos, que permiten esperar en el futuro, con su desarrollo productivo, nuevos impulsos a la expansión.
GASTO PÚBLICO. Es con ese marco de presión inflacionaria -al margen de lo que ocurra con la política monetaria y cambiaria-, alimentada por la expansión de la economía por encima de su tendencia, que no se ve conveniente que el gasto público aumente al ritmo que lo viene haciendo, y que seguramente continuará en 2009. No es necesario aumentar el gasto público para mantener el ritmo de crecimiento esperado para 2008, pues el sector privado da muestras de encargarse de lograrlo por sí solo. Si se insiste con nuevos incrementos de las erogaciones del sector público el crecimiento de la economía será, coyunturalmente, más alto, pero por otro lado, las presiones inflacionarias se harán aún más visibles.
Estamos en un momento en el que la conducción económica se encuentra preparando la Rendición de Cuentas, ocasión en la que se fijan entre otras cosas, los aumentos del gasto para el año entrante. Estamos también, en un momento en el que se ha desatado ya la carrera electoral. Como generalmente ocurre en estos casos -al menos la historia y estudios académicos rigurosos así lo demuestran-, el gasto público será una variable de expansión alta. Ya se anuncian además, rebajas de impuestos -de bases imponibles-, que tienen efectos expansivos adicionales sobre el deseo de gastar de los consumidores. Es inevitable entonces, que tanto la decisión de gastar más en el gobierno central o en las empresas públicas, como la de elevar bases imponibles invocando motivos redistributivos para provocar mayor gasto de los consumidores, tengan sus efectos sobre la inflación. La economía no está preparada para una producción mayor a su potencial y responderá con alzas de precios. Llegará entonces el momento en el que por ese motivo, por la mayor inflación, se deban hacer en el mediano plazo ajustes restrictivos de las políticas macroeconómicas, que seguramente afectarán adversamente a la economía. Y ese efecto adverso puede llegar a ser muy intenso si, por otro lado, cambian las condiciones de la economía mundial.
En momentos en que el sector privado -vía mayor consumo y mayor inversión- y que el exterior -vía mayor demanda por exportaciones-, ayudan a la expansión de la producción, y en que esa expansión se concreta en niveles productivos por encima de la capacidad potencial de producir del país, estimular fiscalmente a la demanda agregada resultará en un mal, la inflación, que será difícil de remediar más adelante si no es con una adecuación rápida de la economía a su tasa de expansión natural. Y ello puede venir o por nuevas caídas, y fuertes, del tipo real de cambio o por alzas importantes de la tasa de interés, o por combinación de ambas.
Pero por otro lado, actuando de ese modo, acicateada la toma de esas decisiones por el momento electoral, se niega la posibilidad de acumular recursos para momentos en los que cambios adversos en la región y en el mundo -que no se puede anticipar cuándo llegarán, pero que seguramente llegarán-, afecten a una economía que solo con el consumo privado no puede tener una expansión ilimitada o sostenerla en el mediano plazo.
Es porque la economía ya crece fuerte y con inflación esperada supuestamente baja, que es impostergable congelar el gasto público y acumular reservas fiscales a menos que se tenga confianza -infundada-, que una super expansión con propósitos electorales no tendrá costos en el futuro y acarreará únicamente beneficios para el país.