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Tiempo de acciones y de señales

JAVIER DE HAEDO

"Me preocupa que todo el mundo dice que estamos firmes. Yo lo pongo en duda: en el año 99 también dijeron lo mismo". Esta cita pertenece al ministro Mujica, de acuerdo con El País del viernes 25 de enero.

Soy uno de los varios colegas que han sido consultados por la prensa en las primeras semanas del año con relación a las turbulencias financieras originadas en los Estados Unidos, y también uno de los varios que, al referirse a los efectos de dichas turbulencias sobre nuestro país en el corto plazo, se ha mostrado optimista. Por otra parte, en la cita que he referido al comienzo, el ministro alude al año 99 como relevante a los efectos de comparar y evaluar la situación actual. Si esa es la comparación que preocupa al ministro, da para estar aún más tranquilos ya que poco tiene que ver nuestra situación de hoy con la de entonces. En 1999, tras la devaluación en Brasil, no estábamos "firmes" y, dicho sea de paso, no "todo el mundo" dijo que lo estuviéramos.

Pero la frase del ministro, sin decirlo explícitamente, dice mucho en forma implícita: si uno teme que pueda tener problemas y se preocupa por ello, debe actuar preventivamente, debe hacer algo. Y ahí es donde estamos de acuerdo con el ministro: los economistas que hemos sido consultados por la turbulencia financiera mundial, también hemos coincidido en que el comportamiento del Gobierno en materia fiscal debe ser más cauteloso que hasta el momento, con el propósito de mitigar lo más posible los riesgos de que la crisis termine impactando por estas tierras. Porque si algo tiene que ver la situación actual con la del 99, es que entonces, como ahora, se estaba en camino hacia elecciones y también que con el gasto público se contribuyó a echar leña al fuego. La advertencia de Mujica es oportuna, ya que se está a tiempo de actuar preventivamente.

Comencemos por ver la situación en 1999, para comprobar lo diferente que es en la actualidad. En los noventa, Uruguay se había integrado crecientemente a la región. El Mercosur se inició al comienzo de esa década y en sus primeros años dio lugar a un efectivo proceso de integración comercial. En otras palabras, se estrechó la vinculación con los vecinos, ya de por sí intensa hasta ese momento. Pero ese proceso coincidió con la estabilización de ambos vecinos. Primero Argentina, en abril de 1991, y después Brasil, en julio de 1994, iniciaron procesos de estabilización que los encarecieron rápida y fuertemente en dólares. El barrio se volvió caro y nosotros, con él. Nos volvimos crecientemente dependientes de una región crecientemente cara. El "resto del mundo relevante" para Uruguay pasó a tener una ponderación muy alta en nuestros dos vecinos.

En 1998 estábamos en la cresta de la ola y vienen turbulencias desde Asia. Al final de ese año es reelecto Fernando Henrique Cardoso en Brasil y a poco de reasumir, en enero de 1999, devalúa el real. En Uruguay ignoramos esto y nos pegamos a Argentina, quien también lo ignoró. Quedamos colgados del pincel argentino. A fines de 1998, el tipo de cambio real global no estaba muy desalineado (no mucho más de 10%), pero, reitero, con relación a un resto del mundo relevante en el que una región muy cara nos significaba mucho. Pero había un "atraso" muy grande con fuera de la región, superior a 30%. Al devaluar Brasil, el atraso crece y sólo quedamos competitivos con Argentina.

En 1998, además, habíamos tenido un resultado fiscal pobre para el contexto en el que se dio. El PIB estaba, como hoy, algunos puntos por encima de la tendencia de largo plazo y sin embargo había un déficit fiscal de 0,9% del producto. En 1999, comienza a caer el PIB y con él, como suele ocurrir, la recaudación de impuestos. Al mismo tiempo, en ese año de elecciones, sube el gasto público. El déficit fiscal trepa al 3,7% del producto.

La situación actual es diferente en varios aspectos. Completamos cinco muy buenos años que nos han permitido atenuar la vulnerabilidad fiscal y financiera que nos dejó la crisis. Los resultados fiscales debieron ser mejores a los observados, en particular en 2007, pero de todos modos casi no hay déficit fiscal. No estamos jugados a la región sino crecientemente al mundo. En nuestro "portafolio" la región pesa la mitad de lo que pesaba entonces, y en particular pesa mucho menos Argentina. Y por el lado de Brasil, que fue quien trajo a estas costas la onda expansiva de Asia en el 99, hoy día los fundamentos económicos lucen enormemente más sólidos que entonces. Los indicadores de competitividad también son muy distintos a los de aquellos tiempos, con una situación equilibrada a nivel global y algo rezagada (10 a 15 por ciento) con fuera de la región.

Se podrá decir que, en una comparación entre los dos períodos, todavía estamos con la deuda pública por encima de la de entonces. Es cierto, pero además de comparar niveles hay que cotejar tendencias. En 1999, la deuda pública crecía velozmente: caía el PIB, subía el déficit fiscal y empezaba un proceso de deflación en dólares. Hoy tiende a caer ya que casi no hay déficit, el producto sube y el dólar se debilita en todo el mundo y acá también. Como vimos en la columna anterior, si se corregía en 1999 la relación entre deuda y PIB, por el rezago cambiario con fuera de la región, esa relación crecía aún más rápido y estaba todavía más arriba. Hoy esa corrección no es todavía significativa. Por otra parte, venimos de un inteligente y exitoso proceso de reperfilamiento de nuestra deuda, que ha despejado el horizonte de vencimientos significativos.

Pero además, nuestra creciente inserción al mundo de hoy día es bastante más natural y sana que la inserción a la región de los noventa. Hoy estamos más vinculados al mundo, la globalización llegó a Uruguay y el mismo mundo que hoy nos muestra la turbulencia financiera, nos ofrece oportunidades reales, en el plano de inversiones en activos y empresas en nuestro país, no sólo originadas en los precios muy altos de las materias primas que producimos.

Sin embargo, tiene razón el ministro Mujica en preocuparse por la situación. Y la consecuencia de esa preocupación no debe ser otra que la acción: debe haber un comportamiento fiscal más cauteloso. El riesgo de que vengan tiempos de vacas flacas ha aumentado y como todavía estamos en tiempos de vacas gordas, hay que ahorrar.

Con el producto creciendo a más de 7% el año pasado, el nivel de actividad estuvo en 2007 aproximadamente 4% por arriba de la tendencia de largo plazo. Con la proyección de crecimiento para este año, de más de 5%, ese indicador no habrá de empeorar y posiblemente subirá algún punto. En esta situación, y en el contexto internacional referido, el objetivo de la política fiscal no puede ser el actual, un déficit de 0,4% del PIB. Sobre todo cuando se ha desplomado el peso de los intereses por la caída del precio el dólar y en menor medida por la pesificación de la deuda pública que implica cupones con menores tasas de interés que en dólares, aún cuando el capital se aprecia extraordinariamente en esa moneda, como vimos hace dos semanas.

El año pasado el gasto primario del sector público no financiero se mantuvo en el 25% del PIB, como en 2004-2006. Pero ese resultado no fue buscado, ya que el gasto nominal subió más de 15%, sino que fue consecuencia de un crecimiento del producto mayor al esperado y de más inflación que la programada. Para 2008, las autoridades proyectan al PIB creciendo al 5,25%, en gran parte por arrastre estadístico desde 2007. El producto tendencial no subirá más de 5% y se programa la inflación en el eje de 5%. En este contexto sería inadmisible que el gasto primario del sector público no financiero subiera más de 10% en términos nominales.

A finales de febrero, cuando se conozcan los resultados fiscales de enero, tendremos un primer indicio acerca de cuál será este año la tasa de crecimiento del gasto público. Mis cálculos me llevan a esperar, nuevamente, algo por encima de 15%. Un comportamiento precautorio, como el que está implícito en la preocupación manifestada por el ministro Mujica y el que reclamamos muchos colegas, implicaría reducir esa tasa de crecimiento del gasto en por lo menos un tercio. No tiene que bajar el gasto, sólo tiene que subir menos. El Poder Ejecutivo tiene los instrumentos para ello, lo puede hacer mediante decretos, topeando la ejecución del presupuesto.

Y, por sobre todo, como también de señales vive la economía, cabe esperar que a esta altura se haya desistido en el propósito de aumentar aún más el gasto en 2009, mediante la próxima Ley de Rendición de Cuentas.



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