JAVIER DE HAEDO
Días antes de las elecciones argentinas, un economista expresaba la dificultad que tenía para explicar los problemas de la política económica en su país, mientras la economía crecía, el salario y el empleo subían y, en general, la impresión de la población era que las cosas andaban bastante bien. Salvando las distancias, algo parecido sucede aquí y ahora, máxime después de conocidas las nuevas proyecciones de crecimiento económico hasta 2009, fundamentadas en el muy buen tercer trimestre de 2007.
Con la excepción de la inflación y, para algunos, de la pérdida de competitividad, se observa complacencia con una situación macroeconómica en la que es difícil encontrar, a simple vista, otros puntos flacos. Sobre todo, bajo la influencia de una visión oficial exageradamente positiva, que pretende imponerse, cual aplanadora. Pero nuestro trabajo, el de los criticados "analistas", consiste precisamente en hilar más fino que el ciudadano común, aún cuando podamos ser objetos de críticas desde las alturas. Y no debemos ser complacientes porque veamos dificultades políticas que compliquen las cosas al equipo económico. Porque no es sólo sobre lo que éste pretende hacer, que analizamos y opinamos, sino también sobre lo que el contexto le permite realizar. Conozco las limitaciones que la política le impone a la economía. Sobre todo, que no es el caso hoy, cuando los gobiernos no tienen mayoría propia y la oposición le juega sistemáticamente en contra. O, como quizá lo sea, cuando la política económica no tiene consenso dentro del gobierno. Pero eso no implica que debamos silenciar críticas y alertas sobre el devenir de las cosas, ya que no se trata de juzgar al equipo económico sino de contarle al lector lo que creemos que habrá de ocurrir. También, a veces, las limitaciones y flexibilizaciones a la política económica pueden surgir desde los mismos ámbitos en que ella es diseñada, cuando a sus autores se les entreveran los roles que pretender desempeñar.
Hubo dos aspectos significativos en el reciente evento de ACDE: la corrección de dos puntos porcentuales, desde 5,25% a 7,25%, en la estimación de crecimiento del PIB de 2007, y la revisión de las proyecciones fiscales para lo que resta del actual período.
Desde esta página, a lo largo del año alerté sobre la política fiscal pro cíclica del gobierno. Desde el gobierno, y desde el BCU en sus comunicados del Comité de Política Monetaria, se respondió siempre lo mismo: "en el marco del mantenimiento de los equilibrios fiscales" no es en la política fiscal donde hay que buscar responsabilidades sobre desvíos en materia de inflación ni centrar preocupaciones sobre el futuro. Dicho sea de paso, "equilibrios fiscales" que no son tales, porque, aunque reducidos, se siguen proyectando como objetivo, déficit fiscales globales.
Más recientemente, en presentaciones como la de ACDE, se ha comenzado a comparar los resultados fiscales previstos para este período, con los de los anteriores gobiernos, que en todos los casos mostraron déficit mayores a los de hoy. Esa mera comparación no aporta demasiado, si los contextos son diferentes. Con la economía creciendo, en un contexto mundial espectacular y sin precedentes, un 34% en el quinquenio, se puede y se debe ser más exigente que con la economía creciendo a tasas históricas, en contextos mundiales menos favorables, como fue lo habitual hasta 2003. Con la deuda pública en niveles todavía muy elevados, aunque con una trayectoria muy auspiciosa y una administración sobresaliente, se deberían generar ahorros que la abatieran más rápidamente de lo que se observa.
En el evento de ACDE, los números del equipo económico confirmaron el carácter pro cíclico de la política fiscal.
Cuando se elaboró el presupuesto, el MEF incluyó, por primera vez, un excelente informe de contexto macroeconómico, con una vasta presentación de indicadores para todo el período. En el caso del PIB, la variación acumulada que se proyectaba, era de 20,5%, lo que llevó a algunos colegas a considerarla excesiva, poco conservadora, por llevar implícita una tasa de crecimiento superior a la de largo plazo. A mí no me pareció que así fuera, en parte porque tengo la opinión de que la tasa de crecimiento tendencial es bastante superior a la histórica, tras las reformas de los noventa, y en parte porque había que considerar desde dónde partíamos, todavía bastante por debajo del máximo producto anterior, de 1998. Pero, convengamos, se trataba de una importante tasa de crecimiento económico, basada en un entorno mundial que debería ayudar y en un adecuado manejo macro local. Ahora el gobierno estima que el crecimiento en el quinquenio será de 33,9%. Parece razonable considerar que semejante exceso (11,1%), imprevisto por los más optimistas, ha de deberse al contexto mundial excepcional que vivimos desde 2003 y que tiende a afirmarse. Seamos claros: no todo el crecimiento es gracias al mundo, pero sí lo es todo el exceso de crecimiento respecto a lo previsto, algo así como un tercio del crecimiento total.
Ese mayor crecimiento ha dado lugar a mayor recaudación de impuestos. También ha contribuido a esto la mayor formalización de la economía que se viene dando por mejor fiscalización y administración tributaria, en BPS y DGI. Y, además, se están generando ahorros en pagos de intereses por el menor precio del dólar con relación al previsto en 2005. En aquellas proyecciones se estimaba el dólar promedio de 2007 en $ 25,59, y en realidad será inferior a $ 23,50, brecha que se ampliará en 2008 y 2009.
Ahora bien, todos los mayores recursos (netos de algunas reducciones impositivas que se prometen) y todos los ahorros de intereses referidos en el párrafo anterior, lo que en las presentaciones del MEF se denomina "espacio fiscal adicional", se gastarán. Esto lo dice el propio MEF, cuando mantiene, para el final del período, el mismo déficit fiscal global que proyectó en 2005: 0,4% del PIB. Y con el gasto subiendo como proporción del producto.
El gobierno reduce su objetivo de superávit primario en la misma medida en que bajan los pagos de intereses, gracias al menor precio del dólar. Y aumenta el gasto primario en una magnitud equivalente al aumento de ingresos (excepto por eventuales reducciones de impuestos) y al ahorro de intereses. Veamos más aritmética: el gasto primario del sector público no financiero, ubicado en 24,9% del PIB en 2004, se proyecta en 27,3% del producto en 2009. Con el PIB (en el denominador) subiendo 33,9% en el período, el gasto (en el numerador) ha de subir 46,8% en los cinco años. ¡46,8% en términos reales!
Esos son los números, que no son míos sino del MEF. Ahora vienen mis opiniones, que no son las del MEF, pero que tampoco son sólo mías, sino que son las habituales ante circunstancias externas excepcionales como las que estamos viviendo. Ante un desvío tan significativo como el que se está dando en la evolución del PIB con relación a lo previsto, debió corregirse la meta del superávit primario hacia arriba y no hacia abajo. Sobre todo cuando, con el anunciado crecimiento de 7,25%, nadie puede tener dudas de que hoy estamos por encima del producto tendencial, por más regresiones que corran los expertos.
Ahora se promete una reducción de impuestos para mediados del año próximo: se habla de subir un 20% el mínimo no imponible (MNI) del IRPF y de bajar en un punto la tasa básica del IVA. Esto, como lo hizo en 2004 mi vecino de página en este suplemento, es preferible a subir más el gasto. Si ello no se hiciera, los números que vimos serían aún más complicados. Pero debemos tener claras las magnitudes: ese ajuste en el MNI costaría unos US$ 40 millones. Si en 2007 el gasto primario hubiera subido en lo que se proyectó el PIB (4,5%) más lo que se proyectó la inflación (6% promedio anual), y no en el 15% que está subiendo, se habrían ahorrado US$ 220 millones, o sea la mitad del IRPF, cuyo MNI podría haberse duplicado desde su inicio.
¿Hacia dónde nos conduce la explosión de gasto público iniciada este año y que se profundizará en el bienio restante? A presiones inflacionarias propias, no importadas, que se pueden sumar a éstas, si se mantienen, como ocurrió en 2007. Y que, con un objetivo de inflación dado, habrá de conducir a mayores endurecimientos de la política monetaria, que no tendrá aliados en las políticas fiscal y salarial. Y eso, a su vez, habrá de continuar afectando una competitividad que según cifras oficiales ya tocó el promedio histórico en el nivel global y que lo perforó en un 13% en el extra regional.