Cómo crecer si la gente se va

JORGE CAUMONT

Hay ocasiones, cada vez más numerosas, en que la preocupación por la situación macroeconómica impide ver hacia dónde vamos, lo que ocurrirá más adelante, en el mediano plazo, de acuerdo con la combinación de políticas que se emplean. Sucesivos gobiernos se han preocupado por diseñar un marco y llevar adelante un conjunto de acciones para alcanzar determinados objetivos más allá del corto plazo. Los resultados no han sido siempre los que inicialmente deseaban. Desde hace más de treinta años y hasta mediados de la década pasada, la liberalización de precios, del tipo de cambio, de la tasa de interés y del comercio exterior con marcadas rebajas arancelarias, culminaron en forma relativamente exitosa ya que contribuyeron a elevar, aunque escasamente, la tasa de crecimiento potencial de la economía.

De hecho, muchas de esas decisiones referidas al marco económico se mantienen en la actualidad. Desde 1995 hasta el presente, poco se ha avanzado en reformas de tipo estructural, con la excepción tal vez, de las decisiones adoptadas en materia forestal. Razones de coyuntura, crisis externas y regionales y, sobre todo, la oposición a cambios en escenarios políticos divididos y con sus actores obstruyendo, frenando e impidiendo el progreso, han sido las más evidentes al poner un ineludible paréntesis a todo intento por repensar al Uruguay económico del futuro.

Desde 2005, sin embargo, muchas de esas razones han desaparecido. El escenario regional ha cambiado notablemente impulsado por un más notable aún, cambio en las condiciones internacionales. Y, por otro lado, la oposición a los cambios ha declinado, al menos la que se manifestaba hasta entonces por los adversarios políticos de las administraciones de turno.

Como nunca había ocurrido desde hace mucho tiempo, con la excepción del lapso de la interrupción democrática, el gobierno actual está en las cúpulas políticas y técnicas de todos los ministerios, tiene mayoría absoluta de legisladores en el Parlamento, es el administrador absoluto tanto política como técnicamente, de las empresas públicas y también gobierna en los principales departamentos, los de mayor población y los que más recaudan. Además, son figuras pertenecientes o afines a la coalición electoral que gobierna, quienes administran la enseñanza y la salud, y quienes dirigen a los sindicatos en general y al PIT-CNT, en especial. Se trata de una acumulación de poder impresionante en el marco de un contexto regional e internacional excepcionalmente favorable, como no se conocía en el segundo de los casos desde la década de los sesenta.

PAÍS PRODUCTIVO. Con esa acumulación de fuerza, pensar un Uruguay productivo no debería ser una tarea difícil. Cuando se plantea considerar ideas y acciones que lleven a un crecimiento sostenido de la producción de modo de arribar a una situación mejor que la del punto de partida, se debe tener presente que la producción es el fruto de la acción conjunta de varios factores de producción y que a través del empleo de tecnologías y de métodos de producción más adecuados, se aumente la productividad de esos factores: recursos naturales, capital en sus variadas formas, trabajo en sus diversas modalidades, etc.

El país productivo al que hoy se apunta como meta pasa, entonces, por ensamblar todos esos factores de modo tal que su rendimiento sea, en términos de producción por unidad de empleo de los mismos, el máximo posible y el de menor costo. Ese objetivo es sin embargo, un destino transitorio al que luego hay que tomar como punto inicial para seguir en un proceso dinámico de cambios para mejorar aún más.

Sin olvidar la importancia de la inversión como factor que mejora la combinación de factores productivos y que tiende a aumentar su rendimiento, importa destacar otro de los factores de gran importancia en el proceso. Se trata del factor trabajo, cuya evolución cuantitativa y cualitativa en el futuro se verá fuertemente limitada, de acuerdo con los últimos datos que conocemos sobre la evolución de la población.

Para el Instituto Nacional de Estadística, la población uruguaya es de algo más de 3.3 millones de habitantes; la tasa de natalidad es 14,8 por mil habitantes y la de mortalidad es de 8,39 por mil. En Uruguay nacen por año aproximadamente 49 mil personas y mueren alrededor de 28 mil lo que deja un saldo neto de 21 mil personas que se incorporarían a la población si no fuera que, por otro lado y a juzgar por lo que se informa sobre la emigración en lo que va del año hasta octubre, 22 mil personas abandonaron el país. El cálculo nos deja con una variación de la población nula. De acuerdo con un trabajo de Juan José Calvo y de Adella Pellegrino, quienes abandonan el país son parte de la población de entre 25 y 49 años por lo que la conclusión es que la población uruguaya se estanca y envejece. La información agrega que el 25% de los emigrantes tiene estudios terciarios terminados, lo que representa una sangría importante de capital humano para el país.

Pensar el Uruguay de los próximos diez años, con la misma cantidad de gente que hoy, o tal vez menos, nos mostraría que será difícil si no hay un proceso de inversión alto para compensar la sangría poblacional, que la producción pueda sostenerse en el tiempo y ser en 2017 significativamente más alta que la actual o la que puede ser en cualquiera de los años que vienen.

ESFUERZOS. Los esfuerzos por mejorar e incrementar la inversión que parte del gobierno realiza, chocan contra deseos y reclamos de otras facciones del propio partido en el poder. La pérdida de oportunidades como la del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos o el empecinamiento por mantenerse dentro de un esquema de integración que muchos cuestionan, son ejemplos que corroboran lo señalado. Es difícil pensar que el convencimiento que parte del gobierno tiene sobre la necesidad de la inversión sea validado por los sectores apegados a visiones anacrónicas, que ven en la inversión privada y sobre todo extranjera, al "pirata" que busca un fin de lucro sin derramar efectos favorables sobre la población. Es ésta la razón por la que emigran quienes tienen mejores posibilidades de defenderse en el exterior con su acervo de capital humano. Quienes se van, ven a un Uruguay estancado en 2017 y en retroceso relativo con respecto a otros países.

Será imposible sin un cambio de mentalidad de esos grupos que, por otra parte, son minoritarios en la sociedad, que se pueda compensar la desilusión de los que se marchan a buscar nuevos horizontes, y lograr un aumento progresivo de la producción y del bienestar general. Sería ese mayor bienestar la causa que llevaría a una menor emigración en los años que vienen y a mayores tasas de natalidad.

Pero no solamente las políticas que incentivan a la inversión debieran formar parte de los esfuerzos que parte del gobierno realiza. También debe haber políticas que vuelquen seguridad sobre la propia población para que dejen de calificarse aspirando solamente a obtener un cargo público u otro mal remunerado o, de lo contrario, emigrar. En este sentido, se deben rever todas las trabas no naturales que existen para obtener un empleo, sobre todo a quienes ingresan a la fuerza de trabajo por primera vez, desarmando todas las sindicales que tienden a perjudicar a los propios trabajadores. Entre ellas, por citar algunas, el mantenimiento del trabajo cautivo en numerosas empresas por exigencias de los sindicatos de mayor salario sin movilidad laboral cuantitativa o cualitativa, y las regulaciones que se imponen desde un sector de la administración que pesan en mayores costos de las empresas privadas, son elementos a considerar y mejorar. Y no menos importante es la necesidad de desregular la actividad de las empresas públicas, permitiendo la competencia que redundará en mayor empleo para la población.

Si no se reconocen estos aspectos que limitan la inversión y el acceso a puestos de trabajo a quienes pueden mejorar la productividad de las empresas privadas, en 2017 seguiremos pensando en el Uruguay productivo, eso sí, con menos gente.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar