JORGE CAUMONT
Menos horas de trabajo con la misma retribución es una fórmula que aparentemente beneficia en grado sumo a los trabajadores. Más horas de ocio con el mismo ingreso por trabajar menos no es algo que se pueda despreciar. ¿Quién de nosotros, trabajadores, no estaría dispuesto a aceptar un convenio laboral que modifique en esos términos la relación contractual con una empresa a la que brindamos nuestros servicios laborales? La respuesta que inmediatamente surge es por la afirmativa: trabajaré menos y ganaré lo mismo. La nueva relación laboral genera dos alternativas que en ambos casos permiten aumentar el bienestar. Por un lado, ante la menor cantidad de horas a trabajar manteniendo el ingreso inalterado, se podrán dedicar más horas del día al ocio, y menos a la negación del ocio, al negocio sin perder ingresos. Por otro lado, la segunda alternativa es que se abre la posibilidad de dedicar más de las horas ahora libres, a otras actividades, en este caso, rentadas: negar la posibilidad de más ocio y trabajar más, por lo que se ganará más, el ingreso crecerá y más consumo, inversión o ahorro se podrá tener.
En ambas alternativas los resultados aparentan ser beneficiosos para el trabajador. Bajo las nuevas condiciones su bienestar aumenta claramente si, efectivamente como se indica, la decisión de bajar las horas de exigencia en un contrato laboral de trabajadores de una empresa manteniendo la retribución intacta, no genera otros efectos que los indicados. Y si extendiera esto a toda la sociedad para que todos trabajemos menos y ganemos lo mismo, el bienestar de los uruguayos parecería que mejoraría, también, considerablemente. E, incluso, la medida tendría efectos potenciadores pues trabajando menos los que ya trabajan, podría haber más oportunidades de empleo para otros que hoy no las tienen y como la demanda de trabajo será mayor, más trabajadores podrán ingresar voluntariamente a la fuerza laboral. La consecuencia sería una tasa de desempleo menor.
Hasta aquí lo que es la creencia popular a partir de alguna noticia que se conociera en estos días sobre el tema: una empresa ha acordado con sus trabajadores o con un grupo de ellos, que les reducirá el horario de trabajo manteniendo su retribución. En otras palabras, menos horas de trabajo con el mismo salario.
¿ES CIERTO? Todas esas conclusiones del razonamiento general ¿son realmente ciertas?, ¿se concretarán en la realidad?, ¿tendrá la economía un menor desempleo?, ¿nadie pagará más que antes por la nueva situación que se crea? Finalmente, ¿habremos encontrado la fórmula indiscutible para aumentar nuestro bienestar como trabajadores?, ¿o habrá algún gato encerrado y el "free lunch" no es tal?
La fórmula recientemente dada a conocer por la cual la empresa acordó con sus trabajadores la reducción de las horas de trabajo sin sacrificar la retribución -así fue divulgada-, genera un antecedente a la vez que interesante para el análisis, peligroso cuando se evalúan las consecuencias que puede tener su generalización, para la sociedad, para el futuro de los convenios colectivos y para el propio bienestar de los trabajadores.
Sin acudir a la enumeración de las características particulares de tal acuerdo, las que -me adelanto a decir no conozco ni me interesa conocer-, debemos sí ir a las repercusiones que ha tenido la noticia porque en general ella se ha brindado por los interesados, a la población, como algo positivo y que podría generalizarse y aplicarse al resto de las firmas que funcionan en el país. Sin embargo, desde el propio Ministerio de Trabajo y Seguridad Social se ha advertido, de manera muy clara, que la medida difícilmente pueda ser emulada por otras empresas.
VEAMOS RAZONES. La retribución a un trabajador debería ser el reflejo de la productividad de su trabajo y de las condiciones del mercado de la firma que lo emplea. Ello es lo más justo para la empresa, para los propios trabajadores y para los consumidores de los productos que la firma fabrica y vende. En términos de justicia no hay mejor alternativa. La retribución ajustable por la variación de los precios al consumo en el pasado y en muchos casos con tasas superiores para recomponer situaciones de pérdida de poder de compra, configura una rutina injusta para la empresa porque su capacidad de competencia disminuye al aumentar sus costos laborales por encima de las condiciones de compra vigentes en su mercado. Es injusta para los trabajadores que se deben alejar de la firma por dicha causa o porque la empresa les sustituye por otros servicios para mejorar su competitividad. Es injusta además, para aquellos trabajadores que habrían tenido posibilidades de ingreso a la empresa pero que se diluyen por la pauta salarial. Y es injusta para los consumidores que verán aumentado el precio de adquisición de los bienes que la empresa pasará a volcar en el mercado. Un criterio de ese tipo, generalizado, desconocería la productividad del trabajador, lo que rinde en términos de lo que contribuye a producir y, en consecuencia, no facilita ni siquiera el buen funcionamiento de la organización.
Hay varias avenidas para el análisis. Una es si la rebaja de las horas de trabajo manteniendo la retribución sin cambios, es o no compensada por un aumento de la productividad del trabajador. Otra tiene que ver con que si la empresa tiene o no un carácter monopólico o se encuentra en competencia monopólica, y si con mayores costos laborales puede no solo aumentar su precio sino asimismo, mantener la utilidad que tenía antes de la medida. Todos estos puntos pueden solamente ser determinados concretamente en términos casuísticos, entre una empresa y sus trabajadores y de ninguna manera a nivel general en discusiones de consejos de salarios, por lo que es muy acertada la declaración ya referida del ministerio del ramo.
Si una empresa que opta por bajar horas y mantener la retribución, no logra compensar esa reducción con aumentos de la productividad de los beneficiarios, o se encuentra en alto grado de competencia con otros proveedores de iguales o similares bienes y servicios y no puede aumentar sus precios sin perder mercado, el resultado será un proceso de sustitución de mano de obra por otros factores productivos: maquinaria, equipo, otros bienes de capital, otras tecnologías, más capital humano, o cosas por el estilo. En esas condiciones, el empleo se verá afectado a la baja y su contribución al desempleo general, sería mayor. O sencillamente, la reducción del beneficio puede ser tal que culminaría en menor producción con resultados similares: menos empleo en la empresa. Por otro lado, aunque la empresa no se encuentre en alta competencia con otros proveedores y tenga cierto poder monopólico -aunque más no sea temporal-, entonces el precio de sus productos igualmente subirá, venderá menos, ganará menos y el resultado será el mismo: una mayor contribución al desempleo y un castigo a sus consumidores. O si intentara seguir ganando lo mismo, deberá subir sus precios, invertirá más para bajar sus costos laborales y de ese modo, nuevamente, el perjuicio será sobre el número de trabajadores y sobre sus consumidores. Si por algún arreglo específico, se asegurara una mayor productividad de los trabajadores se podría neutralizar la baja de las horas con esa mayor productividad y la situación permanecería incambiada respecto a la anterior. Pero, reitero, asegurar una suba de la productividad del trabajo es prácticamente imposible de mantener en cierto plazo sin discusiones que traen ineficiencias, aún con metas cuantitativas de producción por hora, mayores que las previamente existentes.
Lamentablemente lo que parece ser una buena medida general no lo es por las razones indicadas y además resultaría en un perjuicio para la masa de los trabajadores, justamente a quienes se les desea favorecer dejándoles más horas de ocio con la misma retribución o más horas para otras oportunidades laborales, las que difícilmente puedan redundar dicho sea de paso, en mayor eficiencia de la economía.