CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC
La pasada reunión anual del FMI y el Banco Mundial enmarcó a la escena internacional económico financiera con acontecimientos pautados en su mayoría por el desconcierto y las opiniones encontradas. También con constataciones que pueden ser históricas. Refiriéndonos a estas últimas, quedó claro que el FMI está sobrepasado por los acontecimientos. Su obsolescencia institucional quedó de manifiesto -fue voceada con diferentes énfasis y estilos por varios de sus gobernadores-, para enfrentar dos hechos cruciales para la estabilidad financiera global: la caída estrepitosa del dólar y su incapacidad para prever y menos para resolver, una crisis de liquidez en los mercados desarrollados -con visos de contagio- disparada por prácticas inadecuadas de valuar riesgos crediticios.
Orbitando esos dos temas cruciales, rondaron el escenario comentarios -no todos coincidentes- sobre el estado de las negociaciones multilaterales de la ronda de Doha, y la conveniencia de crear con el auspicio del Tesoro de Estados Unidos un fondo privado para contener la crisis en el mercado hipotecario.
LA OBSOLESCENCIA DEL FMI. Con una actitud de que todo sigue como hace décadas atrás en la distribución de poder económico a escala mundial, los países el G7 emitieron su tradicional comunicado en vísperas de la reunión del FMI/BM, señalando su preocupación por los efectos de la caída del dólar acompañada de la exhortación de que países con superávit en sus cuentas corrientes permitan flotar libremente sus monedas. En buen romance que China revalúe su moneda. Mas allá de las buenas razones existentes, el hecho es que quien recibe la "recomendación" es un país cuyo Producto Bruto medido en paridad de poder de compra es en tamaño la segunda economía mundial y que no integra ese grupo. En definitiva, es un intento de demostrar fuerza por una agrupación política debilitada por la reciente redistribución del poder económico a favor de los países asiáticos. Reflejo de esa situación, es el alcance de las recomendaciones y la potencia de los instrumentos del FMI en la materia.
Todo eso expuso el agotamiento de la institucionalidad actual para enfrentar los problemas que van surgiendo. Esto lleva de la mano a realizar un análisis impostergable para detectar el nuevo paradigma de funcionamiento de la economía a escala mundial. De ahí surgirían reglas a preservar, sus correctivos y quienes estarían a cargo de instrumentarlos. Eso daría lugar a formular una nueva institucionalidad buscando en su conducción simetrizar la realidad política económica internacional.
En otras palabras, es repetir el ejercicio hecho hace más de cincuenta años atrás en ocasión de la creación de los organismos de Bretton Woods. En aquella ocasión era imaginar el mundo económico financiero emergente después de la segunda posguerra, con sus nuevos liderazgos y desafíos, para arroparlo con una institucionalidad multilateral basada en la apertura comercial, la inversión, particularmente en infraestructura y el equilibrio de sus balanzas de pagos en el marco de movimientos de capital estrictamente controlados.
Este nuevo diálogo no admite demoras, pues su carencia genera el cruce de recomendaciones inocuas para resolver desequilibrios cuya vigencia puede ser de extrema gravedad, pues en general sus costos los pagan los países menos desarrollados.
EL VALOR DEL DÓLAR. Refrendando las limitaciones actuales, la respuesta del mercado fue una caída mayor del dólar respecto al euro y otras monedas que flotan libremente. Su consecuencia es que Europa, Canadá y Australia soportan hasta el momento todo el peso del realineamiento de la cuenta corriente de Estados Unidos. Su envergadura no es menor, pues por primera vez en dos décadas las exportaciones netas de Estados Unidos son la principal fuente de crecimiento de su PIB, y quienes están absorbiendo su impacto en mayor proporción son seguramente esos países.
En tanto China, explícitamente se ha resistido en el foro a acelerar la reevaluación de su moneda esgrimiendo temores de incurrir en riesgos desmedidos. La respuesta del Secretario del Tesoro Henry Paulson fue que se incurría en un riesgo desmedido por ir demasiado despacio. Pero por encima de los intercambios verbales hay una realidad. El crecimiento reciente de China está montado sobre sus exportaciones, pues su consumo doméstico muestra una senda decreciente, pasando del 46% del producto hace una década atrás, al 41% en la actualidad. Debemos recordar, que su matriz exportadora se apoya en buena parte en el procesamiento de insumos semi terminados, por lo cual una rotación hacia mayor consumo doméstico irradiaría cambios en su demanda de importaciones con consecuencias internacionales considerables. Por tanto hay un escenario complejo, que no puede ser una excusa para eludirlo, pero que pone un toque de atención en cómo tratarlo.
Esto conduce a que nos volquemos hacia el bando de los que opinan que el mundo emergente está enganchando en los resultados o en la forma de resolver este desequilibrio. Es un cambio estructural, que agregará nuevas demandas de importaciones y abandonará otras. En definitiva, dado el tamaño de los flujos comerciales implicados, cualquier cambio tendrá consecuencias importantes sobre la estructura del comercio mundial y en el precio internacional de los bienes, en particular insumos y alimentos. Su resultado final serán cambios en las tasas de crecimiento de los países, dependiendo su signo y magnitud de su grado de apertura y las características de su matriz exportadora.
LA CRISIS HIPOTECARIA. La globalización financiera ha hecho posible que una crisis hipotecaria en Estados Unidos trascendiera fronteras. Esto revele varias cosas. Primero, el cambio en las reglas de juego. Ya no hay espacio para lo local, todo es global, independiente del lugar de la causalidad inicial. Por tanto la prevención o las acciones correctivas también deben ser globales. Es otra manera de justificar una nueva institucionalidad con dimensión mundial en la materia.
Segundo, tomando en cuenta este aspecto es difícil aceptar que esto no tenga consecuencias sobre la forma de valuar riesgos, y por tanto en el costo del crédito. ¿Cuál es la diferencia ante los ojos de un inversor del riesgo de un mercado emergente y el de una inversión hipotecaria? Dada su complejidad o carácter exótico, el inversor en ambos casos recurre al dictamen de una agencia calificadora, las cuales hasta el momento han mostrado falencias serias en su capacidad de calificar correctamente los riesgos inherentes. En consecuencia, el prestamista, actuando racionalmente agregará una prima al riesgo como forma de protegerse de un evento adverso. Esto lleva a un aumento del costo esperado del financiamiento.
Es así que los emisores de deuda de los mercados emergentes son afectados adversamente por sucesos generados fuera de sus fronteras y en clase de instrumentos diferentes. Por suerte, la mayoría de los soberanos se han auto asegurado ante un evento de esta naturaleza, incluso ante la eventualidad de una astringencia temporal en la oferta de financiamiento, acumulando reservas y llevando adelante operaciones de manejo de pasivos para extender plazos.
Este panorama de incertidumbres surcado de riesgos latentes mayores es propenso a las improvisaciones. Su última expresión es el lanzamiento de un "superfondo" privado con un monto inicial de 75.000 millones de dólares financiado por bancos de primera línea, entre ellos Bank of America y JP Morgan. Su objetivo es la recompra de paquetes de hipotecas con problemas para tonificar su precio como forma de ayuda a los bancos cuyos balances están debilitados por la tenencia de esos activos. El gestor de la propuesta es el Secretario del Tesoro Henry Paulson, y no la FED de New York, lo cual hace deleble la fina línea entre los cometidos básicos del Tesoro de Estados Unidos y la idea de preservar la salud del sector financiero.
Como era de esperar, la idea en general no fue aplaudida. Alan Greenspan explicitó su disconformidad argumentando que se generaba más ruido, pues las compras del citado "superfondo" distorsionarían el precio de esos activos y por tanto la valuación real de su riesgo. Otros, con argumentos parecidos se sumaron a las críticas lo cual muestra que el tema de la crisis hipotecaria está vivo. También confirma que el sistema de supervisión bancaria y financiera tiene falencias, donde el FMI es parte de la institucionalidad que estuvo renga frente a las circunstancias.
¿HACIA DÓNDE VAMOS? Todos los episodios corroboran que estamos frente a una situación compleja, cuyo desafío mayor es proyectar una dinámica de la economía global que busca y necesita un nuevo equilibrio que tiene implícitos cambios estructurales profundos.
Para complicar el panorama, hay una crisis en los centros financieros mundiales que todavía no está resuelta, y cuya profundidad presenta ciertas incógnitas.
Sin duda nos estamos adentrando en una fase del ciclo económico mundial signado por volatilidad en lo financiero, la magnitud de los flujos comerciales, los precios de los bienes, y para algunas áreas del mundo en sus tasas de crecimiento.
Ante ello, es aconsejable una actitud cautelosa, basada en la austeridad fiscal como forma de sobrellevar lo mejor posible las posibles turbulencias. Mirando en lontananza, es imperioso comenzar de inmediato un diálogo internacional para relanzar una nueva institucionalidad multilateral que ayude a prevenir y resolver estos eventos.