JAVIER DE HAEDO
La aceleración registrada en los últimos meses en la tasa de crecimiento del IPC no sólo puso sobre la mesa, tras algunos años, el tema de la inflación. También dio lugar a un intercambio público de ideas y propuestas de medidas que dejó al descubierto los diversos puntos de vista que hay en la sociedad, y en particular hacia el interior del Gobierno.
En materia de precios se ha dicho casi de todo, y por suerte no se pasó demasiado del dicho al hecho. Al tema no lo puso sobre la mesa el clima ni los precios de los commodities, sino el propio Gobierno, que desde el año pasado venía diciendo que cuando entrara en vigencia la reforma tributaria bajaría la inflación. En realidad no era la inflación lo que iría a bajar sino en todo caso el IPC, y por una sola vez, en el caso en que los precios reflejaran las rebajas impositivas. En las Jornadas de Economía del BCU de 2006, Fernando Lorenzo estimó en algo menos de un punto porcentual ese efecto, lo que en los hechos se terminó verificando entre junio (tarifas mediante) y julio (en el resto de los precios). Sin embargo, como se preveía que la reforma entrara en vigencia en verano, el pasado primero de enero, pero terminó rigiendo en el invierno más crudo que se recuerda, no se esperaba tener la mala suerte de que otros efectos llegaran a eclipsar al de la vigencia de la reforma.
El MEF subió la apuesta cuando anunció que reforzaría el efecto deflacionario de la reforma con un "seguimiento de precios a título meramente informativo", lo que dejó sentadas las bases para que otros empezaran a plantear controles, pesquisas acerca de en qué escalón de la cadena es que estarían agazapados los especuladores de siempre y hasta "escraches" para los eventuales transgresores.
Y como no todo el Gobierno reside en Paraguay y Colonia, en julio se exacerbaron las presiones desde dentro del oficialismo para tomar medidas que permitieran bajar precios. Así fue que se llegó al extremo de replantear las detracciones sobre las exportaciones de carne, olvidándose que desde 2004 eso ya no se puede hacer por decreto, precisamente después que quien ahora las propuso enfrentara con dureza una propuesta similar. Después se supo que sólo se trató de una amenaza para asustar y negociar algo menos, que no fue otra cosa que la desgravación parcial y transitoria del IVA a la carne, una nueva perforación al recién estrenado sistema tributario.
A esa medida siguió el anuncio de negociaciones y persuasiones para que otros rubros "sensibles" bajaran de precio. Curiosamente, el denominador común a todos esos rubros es un precio internacional alto y creciente y, en algunos casos, además, el impacto de la crudeza de las heladas sobre la producción. Esto último, por otro lado, es la causa exclusiva del mantenimiento de los precios de las verduras en las nubes.
Lo mismo que con nuestras materias primas, ha venido ocurriendo con el petróleo lo que se ha traducido internamente en sucesivos y graduales aumentos de los precios de los combustibles, constituyendo el caso de Ancap, la excepción a la norma de trasladar al consumidor los efectos de la reforma impositiva sobre la estructura de costos de las empresas públicas.
Todo lo referido en materia de precios ha dejado en evidencia algunas paradojas. Por un lado se escuchan voces que empiezan a reclamar controles y otro tipo de medidas que están en ebullición del otro lado del Plata y que allá terminarán explotando. Hay quienes se disgustan cuando se pone de modelo lo bueno de Chile, pero quieren replicar lo malo de Argentina. Pretenden influir para que bajen precios domésticos que son el fiel reflejo de crecientes precios internacionales pero no se conmueven ante distorsiones sobre las que podrían actuar en los mercados del azúcar o los pollos. La situación externa es permanente o transitoria, lo vimos hace pocas semanas al analizar la situación fiscal. Si es permanente, habrá que adaptar las pautas de consumo a la nueva realidad. Si es transitoria, es cuestión de esperar a que pase.
Se me ha ido la mitad del espacio de esta columna en contarles los capítulos de esta novela y tengo aún varios temas en el tintero.
Primero, en el contexto referido, se vuelve relevante plantearse si la inflación se ha acelerado o si lo que hay es un impacto transitorio de ciertos shocks sobre algunos precios en el IPC. La inflación se ha acelerado, indudablemente, y se encuentra desde hace algunos meses por encima del techo del rango objetivo establecido por las autoridades.
Sin embargo, el desvío no es tan notorio como parece indicarnos el IPC, que, por su propia definición, refleja el impacto de shocks de oferta como los que han estado afectándonos en los últimos meses. En los 12 meses a julio, por ejemplo, el IPC subió 8,0%; las frutas y verduras, que tienen un peso de 3,4% en la canasta del índice, subieron 61,0%, y el restante 96,6% del IPC subió 6,4%. A diferencia de lo que ocurre con las materias primas que exportamos, en el caso de frutas y verduras el shock es esencialmente transitorio y una vez que se normalice el clima volverán a valores también normales, aproximadamente 20% inferiores a los de julio. En ese nivel, el IPC de los últimos 12 meses estaría mostrando una variación de 7,1%. Parece razonable esperar que antes de fin de año, la variación interanual del IPC aterrice en esta tasa, o incluso algo abajo del 7%.
Segundo, de todos modos se está por encima del 6,5% del techo del rango, y más aún del 5,5% del centro del rango, que debería ser la referencia natural a considerar. Coadyuvan a ello varios factores.
Por un lado, los salarios privados, con indexación y recuperación, contribuyen a aumentar la demanda interna y los costos de las empresas. Obsérvese que el clima hace subir los morrones y como éstos hacen subir al IPC, siendo éste el indexador de los salarios, un shock transitorio termina contribuyendo a acelerar el crecimiento del IPC.
Por otro lado, el gasto primario del sector público no financiero sigue creciendo firmemente, por encima de lo que crece la economía, pero al MEF no le preocupa mientras el superávit primario cumpla la meta. Es decir que todo peso que entra por aumento del gasto privado se termina gastando, realimentando la demanda interna. Cuando el sector privado gasta, una parte va al Estado, vía impuestos. El sector privado demanda bienes y servicios por la parte que no incluye impuestos. El Estado puede ahorrar esa parte y mejorar sus cuentas, o puede gastarla. Si la gasta, como lo está haciendo, también demanda bienes y servicios por la parte de impuestos que había pagado el sector privado. No es cierto que el Estado sea neutral sobre la demanda interna, mientras no aumente su déficit. Al gastar esos mayores ingresos está siendo pro cíclico y contribuyendo a recalentar la economía. En particular lo hace, cuando demanda servicios y bienes no transables, que no se pueden importar, y que con su demanda sumada a la del sector privado, contribuye al aumento de sus precios.
Tercero, la política monetaria es difícil de entender. En el segundo trimestre, la base monetaria estuvo 15% por encima de la de un año antes y los medios de pago, 22% arriba. Estos números se dan de frente contra el 9% que por segunda vez se anunció en julio como objetivo para la expansión monetaria. El discurso es contractivo, pero el dinero no. Sin embargo parece que sí, porque dejan que el dólar caiga, buscando un nuevo equilibrio real, en un contexto de fuerte inflación importada (concepto acertado con el cual algunos se refieren al mismo fenómeno que en los primeros años de los noventa llamaban, equivocadamente, atraso cambiario).
No se toca el gasto, salvo para subirlo, se mantiene la indexación a pesar de los shocks de oferta, no se actúa sobre el dinero y todo el peso de la lucha contra la inflación recae sobre el tipo de cambio. Pero a este le queda poco margen, si le queda algo, para ayudar.
En el primer semestre, según los indicadores de competitividad del BCU, hubo un leve deterioro en la competitividad global, de 1,5%, y uno más significativo, de 4,7%, con relación a fuera de la región. En el primer caso, en junio se estaba 4,3% por encima del promedio histórico (1977-2006) y en el segundo, 7,2% por debajo. Los indicadores referidos a la extra región, que son hoy los más relevantes, no dan la impresión de que quede mucho margen para que siga bajando el dólar en nuestro país.
La mira deberá ponerse donde es más difícil y se evita hacerlo: en el gasto y las reglas de indexación.