Precios libres, índices controlados

| Los datos oficiales contrastan con la percepción de los consumidores sobre la evolución de precios.

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Néstor O. Scibona | LA NACIÓN

La recurrente manipulación del índice de precios al consumidor suele sacar de quicio a consumidores, economistas, técnicos estadísticos e inversores. En cambio, no parece inquietar a los máximos ejecutivos de las empresas líderes: desde que el gobierno de Néstor Kirchner decidió, mediante Guillermo Moreno, meter mano en el Indec, sienten que han recuperado la libertad de precios para la mayoría de sus productos. Lo que ahora pasó a estar más regulado es el IPC.

Esta insólita situación marca un cambio notable de tendencia. A lo largo de 2006, y para frenar expectativas inflacionarias, el Gobierno forzó acuerdos con las empresas para contener caso por caso los precios de los productos con más gravitación en el IPC. Cuando esa estrategia comenzó a resquebrajarse, en 2007 optó directamente por alterar la metodología de medición del IPC. O sea que, sin atacar ni las causas ni los efectos de la fiebre, decidió virtualmente romper el termómetro. Desde entonces, la pérdida de credibilidad del IPC ha sido tan alta, que muchos consumidores presumen que el Gobierno fija primero la variación inflacionaria que le gustaría ver y luego la acomoda en los índices, que reflejan algunos aumentos de precios, pero no todos ni los más relevantes.

¿Por qué hay muchas empresas satisfechas con esta situación? Porque desde que el Gobierno se dedica a controlar los índices, ha autorizado varias flexibilizaciones y le presta mucho menos atención a los precios de la canasta de productos acordada en su momento con las principales industrias y cadenas de supermercados del país. Una prueba de ello es que los precios "acordados", que hasta fines de 2006 estuvieron prácticamente congelados, registran en los últimos meses un aumento promedio anualizado del orden de 7,6%. Otra es que las listas con aquellos precios desaparecieron virtualmente de los supermercados. Y una tercera evidencia es que estas cadenas, a su vez, dejaron de denunciar a los industriales ante la Secretaría de Comercio, como ocurría el año pasado cada vez que recibían algún ajuste de precios. Tan buena convivencia también tiene una explicación: todos se benefician con el mayor consumo interno fogoneado por el Gobierno en este año electoral, que se traduce en aumentos de hasta el 20% en la demanda.

Hasta los rubros regulados desde hace años, como las tarifas energéticas domiciliarias (que a su vez significan un contrapeso para el índice) entraron en esta tendencia, aunque con efecto retardado. En los últimos dos meses ha habido flexibilizaciones retroactivas (caso Gas Ban para la segunda mitad de este año, o las tarifas de Edenor y Edesur a partir de 2008), diluidas en más de medio centenar de cuotas mensuales. También el Gobierno autorizó un ajuste del 5% en los precios de las naftas premium, probablemente para compensar a las petroleras por la obligación de importar gasoil a valores más altos que los vigentes en el mercado interno, y ha hecho la vista gorda con el "servicio de playa" que decidieron cobrar unilateralmente muchas estaciones de servicio del interior para pagar aumentos salariales a su personal. Cada retoque que se autoriza este año es un problema menos para después de las elecciones, sobre todo si no se refleja plenamente en el IPC.

Quizás el efecto de estas flexibilizaciones haya hecho pronosticar a la ministra Felisa Miceli que la inflación "oficial" se mantendrá este año en niveles de entre el 9,5 y el 10%, pese a que el IPC acumula en los primeros cinco meses de 2007 una variación casi un punto más baja (3,4%) que en el mismo período de 2006 (4,3%).

Pero difícilmente vaya a producirse un sinceramiento integral del índice. Sin ir más lejos, los propios datos de mayo difundidos por el Indec hacen sospechar que se mantiene el manoseo en la medición de precios. Por ejemplo, llama la atención que el decisivo rubro alimentos y bebidas haya subido apenas el 0,1% el mes pasado, cuando el propio Gobierno autorizó aumentos en los productos lácteos (2-3%, que se elevarían al 8% si se considera la supresión de descuentos) y los precios de algunas verduras se dispararon. En cambio, el Indec registró (al igual que en abril) bajas en el precio del pan y el asado que ningún consumidor pudo percibir (lo mismo que en restaurantes), las cuales compensan aquellas subas y también las verificadas en indumentaria y alquileres, dos rubros con menor peso en el nivel general. Durante el verano, vale recordar, no sólo se había diluido por arte de magia el aumento de la medicina prepaga, sino que el rubro turismo mostró precios insólitamente más bajos que en la temporada anterior, pese al boom de las últimas vacaciones.

Por lo visto, las subas reales en algunos precios (ya sea por mayor demanda o autorizaciones oficiales) se contrarrestan con bajas o estabilidades imaginarias en otros rubros artificialmente "administrados" por el Indec.

Estos datos oficiales contrastan, sin embargo, con la percepción de los consumidores: una encuesta que realiza mensualmente el consultor Hugo Haime revela que, en mayo, el 90% de los consultados percibió aumentos relativamente importantes de precios, principalmente en el rubro alimentos y bebidas.

Además, las manipulaciones y cambios metodológicos en el IPC hacen que la estimación de la inflación, pasada y futura, haya entrado en una dimensión desconocida, lo cual equivale a quitarle una señal importante a la economía. Para los cinco primeros meses de este año, por ejemplo, varios consultores privados calcularon aumentos acumulados superiores al 3,4% registrado por el Indec. Es el caso de Finsoport (4,7%); BBVA-Banco Francés (5,3%); y Ecolatina (5,5%). Pero también el propio Indec, al medir la inflación minorista en las provincias, muestra una suba del 4,5% en el mismo período y del 15,4% anualizada.

DIMENSIÓN DESCONOCIDA. No es la única discrepancia. Si bien la mayoría de los analistas privados estima que la inflación "real" se ubicará este año entre 2 y 4 puntos por encima del índice oficial (o sea, en un rango entre el 12 y el 14% anual), quienes participan del Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) que realiza semanalmente el Banco Central se han dedicado mayormente a calcular otro número: el aumento con que el Indec finalmente cerrará el IPC al cabo de 2007.

Aquí se produce otra situación curiosa. Mientras los economistas no se ponen de acuerdo sobre si la actual inflación "real" de dos dígitos anuales habrá de estabilizarse o acelerarse, en el REM las expectativas sobre la inflación "oficial" apuntan hacia abajo: pasaron de 9,9 en diciembre a 8,8% anual en abril. Una mala noticia para los tenedores de títulos públicos ajustables por CER, el equivalente financiero del IPC, que se hizo notar en los últimos días en los mercados.

Sin embargo, quizá la peor noticia es que casi nadie espera cambios sustanciales que permitan recuperar la credibilidad perdida del IPC, y también del Indec, por lo menos hasta las elecciones presidenciales de octubre. Cuando la tasa de inflación se transforma en un dato político, el fin termina justificando los medios.

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