JORGE CAUMONT
Las noticias no son buenas. En general se sigue pensando que los precios de la zanahoria y de las hortalizas que subieron significativamente el mes pasado; que los ajustes salariales y de tarifas públicas de este comienzo de año; que la inminente aplicación de la reforma tributaria que habría presionado al alza de los alquileres; que la suba de las tasas de interés para depósitos que por la misma razón anunció la prensa que decidiría el Banco de la República, u otras cosas por el estilo, son las causas del rebrote inflacionario de los meses iniciales de este año y de su continuidad en el corto plazo. ¿Se habrá cambiado la definición de inflación?
LA INFLACIÓN. De acuerdo con su definición técnica, tenemos inflación cuando todos los precios suben y lo hacen sostenidamente. La inflación es un aumento generalizado y continuo o sostenido de los precios. No estamos ante un proceso inflacionario cuando uno o varios precios, pero no todos, pegan un único salto o cuando aumenta la tasa de interés. Contrariamente a lo que se piensa habitualmente, si algunos precios suben, como en el caso de las zanahorias, lo que ocurre es que ese aumento afecta al alza por una única vez al índice general pero no implica que estemos ante un proceso inflacionario, ya que no todos los precios suben ni lo hacen continuamente. Del mismo modo, el eventual aumento que puede haber en los alquileres, es también una suba por una única vez. No está el mismo inmueble arrendado subiendo todos los días o todos los meses ni todos los precios crecen. Menos aún es inflacionario el también eventual incremento de la tasa de interés. Por el contrario, en la medida en que afecta negativamente al consumo y a la inversión, el incremento del costo del crédito asociado con una suba del costo de los fondos que captan los bancos para prestar deprime el nivel de actividad y afecta hacia abajo a los precios en general. Muchos pueden discrepar con estas interpretaciones, pero lo cierto es que su definición de inflación es una conceptualización ad hoc de un fenómeno transitorio, de cambios en precios relativos. Si el precio de las zanahorias trepa por razones climáticas, no es de extrañar que en breve sus precios caigan, cuando se normalice la situación, y porque ello suceda no podremos decir que estamos ante un proceso deflacionario, de baja sostenida y generalizada de precios.
Los aumentos de precios no generalizados implican cambios en precios relativos por razones de oferta o demanda que solamente pueden sostenerse si se validan tras indexaciones generalizadas y con aumentos de la cantidad de dinero que hay en la economía. Y eso es así pues la inflación es un fenómeno monetario, no un fenómeno real conceptualizado como aquél en el que cada uno de los bienes y servicios de la economía vale más en términos de los restantes bienes. Ello es imposible. Imaginemos un mundo sin dinero y tendremos de inmediato la explicación ya que en ese mundo sin dinero, la inflación no existe. A lo sumo, cuando el precio de un bien o de un servicio sube lo hace en términos de otros bienes o servicios cuyos precios relativos al que subió, pasan a ser menores. Es por ello que la inflación es un fenómeno monetario. Sólo el exceso de moneda puede causar un aumento sostenido y permanente en el nivel general de precios.
LA INDEXACIÓN. Tampoco la indexación puede generar un proceso inflacionario si no se la alimenta con más moneda. Consideremos el caso de los salarios que se indexan según la evolución de la inflación pasada. Si la cantidad de dinero no varía, por más que los salarios suban, ello no generará un proceso inflacionario sino. Ausente ese monto adicional de dinero que se requiere para validar la mayor demanda nominal que surge de los beneficiarios de la suba salarial, habría una suba de la tasa de interés que generaría presiones a la baja del consumo y de la inversión y con ello una menor demanda por trabajadores, un mayor desempleo y una natural reducción de los salarios. Ello en definitiva se transformaría en una situación recesiva que nos devolvería a estabilidad o, más probablemente, la baja del nivel general de precios.
La tan mentada espiral inflación-salarios-inflación es un invento que ha tomado cuerpo en todos los países en que la cantidad nominal de dinero crece para validar los ajustes salariales y el alza de otros precios en la economía. Lamentablemente, es un error de quienes no ven que la inflación es un fenómeno monetario y que para evitar medidas de choque monetario inventan paliativos gradualistas. Como en nuestro país en que la inflación, a pesar de ser un desequilibrio macroeconómico, se combatió gradualmente durante muchos años, con resultados muy perjudiciales para quienes recibían ingresos fijos. La mejor fórmula hubiera sido la única correcta: restricción monetaria bajo cualquier circunstancia.
LA TENTACIÓN. En Argentina la acción antiinflacionaria no ha consistido en combatir el exceso de moneda sino operar en contra del alza nominal de precios a través de distorsiones brutales en distintos mercados. Congelaciones de precios, impuestos a las exportaciones para mantener precios domésticos por debajo del valor internacional, amenazas, atropellos y exabruptos de la autoridad para frenar subas naturales de precios de bienes y otras distorsiones con similar objeto, han logrado mantener reprimidos numerosos precios, no todos, alineados a lo que el gobierno desea que sea el registro inflacionario. Sin embargo, la tentación por controlar los precios no ha impedido que los que han escapado a la vigilancia y a la cancerbera -e ¿incorruptible?- acción de las autoridades, suban a un ritmo de dos dígitos, del orden del 15 o 17% en los últimos doce meses. Tampoco ha evitado que por las referidas distorsiones se haya provocado la escasez en varios artículos, que aparezcan mercados no formales con los verdaderos precios y que la inversión se haya detenido en los sectores con precios controlados. En Argentina, la irrespetuosidad ante la importancia de la cantidad de dinero óptima para frenar la inflación solo se puede disimular con atentados firmes a la credibilidad que deben tener los guarismos inflacionarios que emanan de la dependencia oficial que calcula la inflación. Una irrespetuosidad que ha provocado el cuestionamiento de los registros inflacionarios que surgen mensualmente del Indec, además del rechazo de sus propios funcionarios hacia las decisiones del poder central. Hoy nadie cree en la inflación que se publica en los primeros días de cada mes y ello ha hecho incluso resentir el funcionamiento del mercado de capitales en el caso de los títulos que se ajustan por inflación.
Es evidente que la "fuerza ciega" que actúa de ese modo para disimular una inflación subyacente mucho mayor y que tiende a "desenroscarse" tan pronto pasen las elecciones de octubre en el país vecino, puede tener sus émulos en nuestro país. Aquí, entre las medidas que tienden a calmar a los mercados aparecen las anticipadas bajas anunciadas para algunas tarifas públicas y, las más peligrosas propuestas de monitoreo del comportamiento de precios para tan pronto se aplique la reforma tributaria. Esta última es una intención que, indudablemente frena al comportamiento natural de los mercados y que, aunque no es por el momento del tenor de las que observamos en la Argentina, de todos modos constituyen un paso en el mismo sentido.
El Banco Central ha corregido su accionar monetario del año pasado, facilitador de la inflación de hoy, y ha propuesto una sustancial reducción de la expansión monetaria que se ha verificado ya en los hechos, en el mes de abril aunque no tanto en el corriente mes de mayo. Ello es lo natural y más adecuado para frenar la inflación aunque no encuentre, por el lado fiscal, la ayuda más conveniente, a juzgar por los mayores gastos ejecutados y que se solicitan para el futuro. Pero al menos desde el Banco Central se observa un esfuerzo -tal vez no tan profundo como sería necesario- por impedir presiones inflacionarias, las que seguramente cederán si se persiste en la rigidez monetaria aún cuando la indexación salarial y de otros precios se presente en el escenario económico.