CARLOS STENERI, DESDE WASHINGTON DC
Como es tradicional a esta altura del año, la reunión anual de primavera del FMI y el Banco Mundial aglutina opiniones sobre la marcha de la economía mundial. Otra vez más, el consenso muestra por delante un camino benigno en materia de riesgos apuntalado por un crecimiento robusto impulsado por China y su periferia, el despertar de una Europa liderada por Alemania y el aterrizaje suave de la economía norteamericana creciendo a un ritmo despejado de presiones inflacionarias.
Sobre esta base, el resto del mundo emergente sigue movilizándose con comportamientos estelares. América Latina en el 2006 acaba de cerrar un trienio de crecimiento récord no visto desde mediados de los años setenta.
El continente asiático sigue su marcha triunfal donde India se presenta, de continuar la senda de crecimiento, como uno de los hitos de la humanidad. Este desempeño viene generando cambios estructurales de envergadura, cuya dinámica presenta desafíos y también oportunidades. Y como en todo promedio, en ese panorama benévolo se esconden comportamientos diferenciales que muestran a nuestra región y, por tanto, a nuestro país en áreas de sombra. En otras palabras, no estamos aprovechando todas las posibilidades que la situación ofrece y, lo más preocupante, es que esto puede ser fuente de riesgos potenciales.
LA OFERTA LABORAL. La fuerza laboral activa a escala mundial agrupada, ahora por la globalización, se ha multiplicado por cuatro entre 1980 y 2005 si se toma como ponderador el grado de apertura comercial de cada país, siendo su mayor incremento a partir de 1990. Justamente Asia y, en particular China e India, explican la mitad de ese crecimiento a través de la apertura creciente de sus economías.
Y aunque ese aumento en gran parte tiene como origen la conversión del campesinado en obreros fabriles de calificación baja, lo más importante es que la oferta relativa de obreros calificados aumentó cerca del 50% durante los últimos veinticinco años. Los nuevos países europeos y Rusia, aunque también el sudeste asiático, explican ese comportamiento. Por tanto, en el pool laboral a escala mundial hay más trabajadores compitiendo entre sí, y también consumiendo, a través de los canales del comercio con una participación creciente de mano de obra entrenada.
Si se enfoca lo que pasa a nivel del comercio, la participación de los productos manufacturados provenientes de los países emergentes en las importaciones de los países desarrollados se ha duplicado desde principios de los noventa, especialmente las provenientes de China. En ese escenario, América Latina viene perdiendo posiciones, estando su presencia en las corrientes comerciales mundiales realzada por la exportación de materias primas o productos con baja intensidad laboral en su producción.
Otra manera de ver la cosa es confirmar que los países de nuestro continente no se benefician de la captura de actividades que desde las naciones industrializadas se desplazan hacia destinos donde es más barato producir. Hoy el destino predilecto es Asia.
En definitiva, nuestro crecimiento depende casi exclusivamente de proveer los insumos básicos y alimentos que hacen posible esa evolución, que lentamente nos segrega de la parte más dinámica del nuevo proceso a escala mundial. De alguna manera nos vamos convirtiendo automáticamente en una periferia de nuevo tipo, que replicaría lo acontecido a comienzos del siglo pasado donde revertida o agotada la expansión de nuestras exportaciones caímos en un lapso prolongado de estancamiento.
Algunos estudios muestran que la mitad de la tasa de crecimiento regional se explica por la situación internacional, manifestada para la región en una mejora de los volúmenes y precios de sus exportaciones tradicionales. Siendo así, una "normalización" del entorno externo hacia niveles menos eufóricos nos llevaría a tasas de crecimiento que pondrían en riesgo la consolidación fiscal, los programas sociales y la modernización de la infraestructura.
Si estamos en lo cierto, se trata de riesgos cuya reversión depende de nosotros mismos y para lo cual no hay tiempo infinito.
LA PRODUCTIVIDAD. A pesar de sus indicadores de crecimiento económico robusto, América Latina todavía sigue por detrás de otras regiones. Es así, que el crecimiento del PIB per cápita para el período 2000-2005 (1.5%) es menor que el promedio que alcanzó en 1970-2005 (1.7%). Y en términos relativos a otras regiones es casi 2,6 veces menor que el correspondiente al Asia emergente. Más impactante es si se compara la tasa anual de crecimiento de la productividad del trabajo entre ambas regiones. En 1990-2005, en nuestro continente, esa variable crece a un ritmo anual inferior al 1% en tanto que en China supera el 3.5%. Y para el mismo período, su productividad global fue más del doble que la de nuestra región.
Y ese comportamiento es válido tanto para el sector servicios como para la industria, siendo Chile prácticamente el único que escapa a esa conducta. Esto quiere decir que nos estamos alejando cada vez más de ser un destino apetecido para la radicación de nuevas inversiones, cuando a esos niveles de productividad que crecen lentamente se los corrige por los niveles salariales. En otras palabras, ofrecemos una mano de obra cara para el valor de lo que produce.
LAS CONSTATACIONES. Lo que parece ser una recolección de estadísticas hoy tiene constatación práctica. Brasil pensaba que estaba llamado a ser potencia mundial automovilística. A mano tenía los insumos, la mano de obra y las empresas con tecnología de punta. Hoy todo ha cambiado, rebajando su aspiración al abastecimiento de un mercado doméstico protegido, archivando proyectos de vender algunas líneas de autos en el exterior y esperando ansiosamente la competencia de China como nueva potencia automovilística. Observamos cómo fábricas de calzados cierran sus factorías para abrirlas en China, usando la misma marca. Algo similar ocurre en México, donde las firmas trasladan hacia destinos más convenientes tramos de sus cadenas productivas.
De esta manera particular, estamos en presencia de un proceso de desindustrialización que no se corrige levantando barreras arancelarias como piensan algunos, sino derribando las trabas que impiden el aumento de la productividad global, entre ellas la del trabajo.
Y otra manera de ver lo mismo es analizar lo que sucede con los flujos de inversión directa externa. Hoy en Brasil, en términos netos es cero, pues sus empresas invierten afuera lo mismo que reciben. Lo concluyente es que atraemos escasa relocalización de inversiones, presenciando cómo la mayoría se afinca en otras partes del mundo.
CONCLUSIONES. Esta mirada a vuelo de pájaro nos da una perspectiva de lo que debemos hacer en materia de políticas. No podemos dejarnos ganar por la complacencia de los ritmos elevados de crecimiento que disfrutamos, pues el edificio sobre el que están montados presenta debilidades cuando se hurga por debajo de la superficie.
Y esto nos obliga a comentar aspectos reiterados, pero que vale la pena repasar una vez más.
La productividad total se acelera modernizando los carriles por donde se moviliza la gestión productiva, sea ésta la calidad de la infraestructura física, el precio de la energía y las comunicaciones, y marcos institucionales adecuados que aseguren el imperio de la ley. Esto se instrumenta a través de reformas que no pueden esperar, donde el Estado debe potenciar la productividad del capital acumulado en sus empresas a través de concesiones o asociaciones con otras del sector privado.
El aumento de la productividad del trabajo es la conjunción de más inversión en capital físico y humano. Esto se llama crear las condiciones para reforzar el proceso de inversión tanto doméstico como de origen extranjero. Y el entrenamiento de la mano de obra es una labor conjunta que tanto obreros como empleadores con el apoyo del Estado deben explorar prestamente.
Si no lo hacemos nos condenamos a repetir errores del pasado, pues cuando el mundo avanza de manera lineal, no podemos caminar en círculos.