Daniel Artana | desde Buenos Aires
Es habitual que en años electorales y si las circunstancias lo permiten, los gobiernos aflojen su política económica tratando de generar una bonanza adicional que sume algunos votos a su causa. La Argentina de 2007 es un ejemplo más de este comportamiento.
El resultado fiscal del primer bimestre del año muestra una aceleración en el ritmo de expansión del gasto público primario (creció ahora al 43% internanual) explicado por un aumento en la inversión pública y porque empiezan a sentirse los efectos de la moratoria previsional más generosa de la historia argentina: el gobierno en los hechos le paga la jubilación mínima a la gente que no hizo aportes para que pueda cumplir con las cuotas de la moratoria reducidas por la decisión de calcular los intereses "resarcitorios" a una tasa real fuertemente negativa. El resultado neto de la adhesión de casi un millón de nuevos jubilados, es que el gobierno terminará gastando alrededor de 6.000 millones de pesos (0,8% del PIB).
Los cómputos originales de las autoridades mostraban una expectativa de adhesión de solamente 300.000 personas. Ante la avalancha en las presentaciones el gobierno postergó la fecha para poder recibir los beneficios y "casualmente" dispuso una contrarreforma parcial al sistema de capitalización que asigna los indecisos y los saldos acumulados en las cuentas de los hombres mayores de 55 años y las mujeres mayores de 50 al sistema de reparto (aunque quien lo desee puede pedir continuar en una AFJP). Esto genera fondos disponibles del orden de 4.000 millones para el año 2007, de modo de proveer algún alivio ante el mayor gasto generado por la moratoria. El efecto de mediano plazo de la contrarreforma es deficitario en el equivalente a 12% del PIB.
Respecto de la inflación, la política heterodoxa de controles de precios y restricciones a las exportaciones mostraba claros signos de agotamiento a finales de 2006. La lógica de la misma es controlar las expectativas para evitar una espiral salario-precios. Varios dirigentes sindicales mencionaban en aquel momento que ellos no iban a discutir en base al índice oficial porque subestimaba la inflación. Si la heterodoxia no servía para encauzar las negociaciones salariales, ¿no era mejor cambiar hacia un sistema más tradicional y efectivo? De hecho, las estimaciones preliminares de enero arrojaban una inflación para el mes de 2%. El gobierno, en lugar de reconocer la necesidad de cambiar de política, manipuló el índice que arrojó un 0,8%. Con menor énfasis, tal manipulación se repitió en febrero y marzo. Basta como ejemplo que en el trimestre el costo de hacer turismo en la Argentina según el Indec se redujo en relación al mismo período de 2006. Tal deflación contrasta con la percepción generalizada de aumentos importantes sostenidos por una temporada veraniega con un boom de turismo interno.
En el frente salarial el gobierno en principio busca alguna moderación respecto del crecimiento de 10% real observado en los últimos trimestres, pero la evidencia indica que se terminará acordando en un valor "prudente" del orden de 18% nominal pero con compensaciones no salariales para los trabajadores o los sindicatos que terminen en un aumento algo mayor en el costo laboral que pagan las empresas.
La única área donde se mantiene alguna moderación es en el tipo de cambio nominal. La gran afluencia de dólares que genera el superávit comercial es absorbida por el Banco Central para evitar una apreciación nominal pero ello no es suficiente para evitar una apreciación real. Con tipo de cambio estable es difícil que la inflación espiralice muy por encima del 15% anual, pero gradualmente se va reduciendo el margen que le brindó a los sectores transables un tipo de cambio real muy depreciado.
El escenario más probable de aquí a las elecciones de octubre es de una continuidad en esta política: acelerador a fondo en la política fiscal, estabilidad cambiaria y política de ingresos expansiva.
De todas maneras hay margen para corregir luego de las elecciones. En el frente fiscal el resultado primario consolidado que era más de 5% del PIB en 2004, terminará por debajo de 3% del producto en 2007. Imprudente, pero corregible si se modera el ritmo de expansión del gasto público luego de octubre, porque la recaudación continuará dando buenas noticias.
La inflación reprimida por los controles es severa en las tarifas de energía y transporte y en la carne donde hay evidencia de mercados negros, pero no sería tan grave en el resto de los bienes y servicios de la economía. En ese marco, un sinceramiento de precios gradual no debería producir una espiral inflacionaria.
Y el contexto internacional luce muy favorable para la Argentina, aún con un aterrizaje suave en Estados Unidos porque la decisión de favorecer el etanol y otros oxigenados tanto en Europa como Estados Unidos dio un soporte adicional al precio del maíz y la soja que se extendió a otros productos agrícolas.
En suma, todavía hay margen para poner en un sendero sostenible a la economía argentina sin generar una recesión.